Miguel Ceballos, un comisionado intrascendente

Por: Fredy Chaverra


Acorralado por una indignación histórica y alejado del set de televisión (en el cual descubrió su verdadera vocación), al presidente no le quedó más remedio que salir de su burbuja y dialogar. Del Duque monolítico de “Prevención y acción” al Duque que rápidamente montó un cronograma de diálogos sectoriales, reviviendo la congelada “Conversación nacional” derivada del 21N, hay un cambio de tono; una transformación necesaria en el punto más bajo de su gobierno, cercado por una potente narrativa de indignación juvenil y apuntalado por una inconsulta reforma tributaria.


Tras la debacle, el presidente se dispone a escuchar para encontrar consensos y, de paso, darle cierto sentido a los “pactos” de su malogrado Plan de Desarrollo: algo positivo. Sin embargo, delegó la articulación del diálogo en un funcionario gris, poco eficiente e intrascendente: Miguel Ceballos, la cabeza de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, también conocido como el “comisionado de la guerra”. Casi tan desconectado del país como el mismo Duque.


La Oficina del Alto Comisionado para la Paz fue creada en 1994, iniciando el gobierno de Samper. Su creación obedeció a la necesidad de contar con una instancia permanente que direccionara la política de paz y buscara canales de comunicación con los grupos armados. El primer titular de la Oficina fue Carlos Holmes Trujillo. Su principal tarea