Los políticos y el maquiavelismo

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


Para los políticos de los últimos tiempos y del presente, el libro más atrayente y también uno de los más dicientes en el propósito de alcanzar el poder es, sin duda alguna, “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo. Escrito en 1513 y publicado en 1532, el famoso libro hace una descripción muy real acerca de los métodos que usaban los gobernantes de la Edad Media en su apuesta por el poder.


Por tal razón, los métodos a los que hace referencia en su libro el nombrado padre de la teoría política moderna, al provenir de una época de la historia política que se caracterizó por la ausencia de principios éticos y morales, están plagados por los modos de la barbarie. De ahí su distancia de los derechos humanos y de la equidad social, pues de esas urgentes necesidades poco o nada se intuía en la Edad Media.


En efecto, para los años en que Nicolás Maquiavelo escribió su tratado sobre ciencia política, la degradación social era lo común y corriente en la bota itálica. César Borgia, por ejemplo, expandía desde Florencia sus posesiones a la brava; y en la Iglesia –ya consolidada la denominada “doctrina de las dos espadas”– dirigían campantes los llamados “malos papas”.


De modo que en ese libro se muestran las características inescrupulosas, no de gobernantes futuros proyectados por un visionario politólogo, sino de los que en calidad de agregado diplomático de Florencia para asuntos exteriores y de la de guerra, Maquiavelo había visto ascender al poder y gobernar en tiempo real.


En el ejercicio de esa labor diplomática privilegiada, el autor de “El Príncipe” fue testigo de buena parte de lo que cuenta en su libro, especialmente sobre los métodos de los gobernantes para conseguir el poder. Un libro que, por verdadero, rápidamente se convirtió en una suerte de carta de navegación para los políticos de la época, como quería Maquiavelo que lo fuera para Lorenzo de Médici, a quien se lo dedicó, luego de que este se hiciera gobernante de facto en Florencia.


Con todo, además del libro –que en la Ciencia Política es el más significativo desde el punto de vista de la descripción de estrategias para obtener el poder político– a Maquiavelo se le endilga una de las frases más célebres en el campo político: “El fin justifica los medios”. Lo cierto es que esta frase no aparece en ninguna página de su libro, aunque la suma de sus capítulos la contienen implícita.


Sea como fuere, los políticos siempre han interpretado la célebre frase de manera negativa, entendiendo a raja tabla que “los medios”, por imprescindibles a la hora de alcanzar el objetivo final, sólo deben importar por su eficacia y no por los daños colaterales que producen. Una respuesta calcadora de lo observado por Maquiavelo, pues las estrategias de los gobernantes objetos de su estudio consistían en alcanzar el poder y mantenerlo usando los medios más expeditos, aunque estos fueran bárbaros e injustos.


Si Maquiavelo hubiera tenido en su haber investigativo gobernantes benévolos, y si estos hubieran sido descritos en su libro, tal vez la percepción de los políticos de hoy sería que los medios usados por los buenos gobernantes tendrían que ser igualmente benévolos y justos. Quizás Maquiavelo lo entendiera así: “El fin justifica los medios; pero los medios han de ser consecuentes con el fin buscado”. Ni siquiera hay que explicarlo; pero, si los políticos comprendieran que el fin es conseguir el bienestar común, entonces los medios serían aplicados bajo ese mismo principio moral: haciendo el bien a los demás.


En el campo de la política actual –como si no hubiéramos superado a los Médici y a los “malos papas”– los medios para acceder al poder pueden ser de cualquier naturaleza y se descuenta la opción de que sean estrictamente benévolos. Estamos ante una tradición inculta que entiende la acción política como una actividad guerrerista y que ve la oposición entre personas que debaten con ideas, igual a la oposición entre personas que lo hacen con armas.


Proliferan las interpretaciones equivocadas o malsanas de “El Príncipe” de Maquiavelo, como también las que son inequívocamente viles. Basta, citar acá tres ejemplos dicientes:


- “Nunca intentes ganar por la fuerza lo que se puede ganar mediante el engaño”: las llamadas fakenews de los medios de comunicación y los entrampamientos de los investigadores judiciales, validan con vigencia este principio perverso.


- “El que desea ser obedecido debe saber cómo mandar”: la mala interpretación de esta frase lleva a pensar a la mayoría de los políticos que mandar es dar garrote con zanahoria y no bienestar y trabajo.


- “Es mejor actuar y arrepentirse que no actuar y arrepentirse”: el mensaje sano de esta frase es hacer y no procrastinar, sin embargo los políticos la usan para decir mentiras infames y luego retractarse, lo cual configura, si consideramos que el daño queda irremediablemente hecho, una de las formas legítimas de la impunidad.


Pero bueno, se me ocurrió este tema porque demuestra la vigencia de “El Príncipe” en nuestros días y, especialmente, movido por un comentario –a mi juicio tan desacertado como infame– que hiciera Daniel Coronell sobre Isabel Zuleta, el lunes 9 de mayo, al escucharla decir que ella y sus electores –incluido el Pacto Histórico– habían quemado electoralmente a Sergio Fajardo.


Esto fue lo que dijo Daniel Coronel: “Es terrible descubrir ahora que la electa senadora del Pacto Histórico, Isabel Cristina Zuleta, no perseguía la verdad ni la justicia para las comunidades de Ituango cuando reclamaba. Solo buscaba el exterminio político de Sergio Fajardo, quien fuera el principal contradictor de Gustavo Petro”.


No se necesita mayor preparación cognitiva para ver cómo la postura de Coronell está plegada a las interpretaciones políticas que ven en “los medios”, en su caso claramente inclinado al quemado Fajardo, un arma para atacar a sus adversarios; porque Isabel Zuleta, de quien señala que “le debe su curul a esa tarea dura y ruin que empañará para siempre su carrera”, sin usar “medios malignos” y en honor a la verdad, ha confesado sin ocultamientos maquiavélicos haber contribuido a quemar políticamente a Sergio Fajardo.


Lo cierto es que, gústele o no a Coronell, lo dicho por la senadora electa es políticamente correcto y es festejable por una sencilla razón: no ha atacado a Fajardo injustamente, no lo ha quemado elaborando mentiras, ni basada en resentimientos infundados, ni en calumnias, ni en ambiciones de poder; sino denunciando los atropellos contra los pobladores de la comunidad de Ituango, a quienes ella ha defendido sin tener el menor poder, mientras que Fajardo, habiéndolo tenido todo, les dio la espalda.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.