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Uribe en sus huesitos

Foto de Publimetro

He dicho en varias columnas que el liderazgo de Álvaro Uribe se ha derrumbado y he recibido una cascada de réplicas de sus seguidores. Me dicen que pienso con el deseo; que el sesgo ideológico o el odio hacia el expresidente me llevan a consideraciones que no tienen ningún piso en la realidad; acuden a consultas de opinión que lo exaltan como el mejor presidente que ha tenido el país; señalan que 19 senadores y un número igual de representantes a la Cámara son una muestra contundente del arrastre electoral que aún tiene el expresidente.

Quienes me recomiendan espantar la animadversión y las ideologías a la hora del análisis tienen toda la razón. Me esforzaré aún más en este propósito en mi labor de columnista. Les sugiero, a la vez, disipar un poco la bruma del fanatismo para mirar la historia de los datos electorales y las encuestas. Se sorprenderán al ver la declinación paulatina de su líder y el impresionante rechazo que despierta.

Álvaro Uribe Vélez ganó en primera vuelta las elecciones de 2002 y obtuvo 5.829.958 votos que representaban el 53,04 por ciento de los electores; luego venció en 2006, también en primera vuelta, conquistando 7.397. 835 votos que representaban el 62,35 por ciento de la votación. A lo largo de sus dos mandatos el promedio de su favorabilidad alcanzó el impresionante registro de 72 por ciento y en su momento culmen, en julio de 2008, su favorabilidad llegó al 85 por ciento. La mayoría de los formadores de opinión atribuyó el fenómeno a los éxitos en seguridad y la izquierda dijo que se trataba de “un embrujo autoritario” para eludir alguna legitimación de esta nueva y extraña realidad de la política colombiana.

Consciente de la novedad, Uribe se propuso cambiar el mapa político colombiano y le apostó a la formación o al fortalecimiento de nuevos partidos y en esa tarea surgieron o se proyectaron el Partido de la U, Cambio Radical y el Partido de la Integración Nacional ahora Opción Ciudadana. Logró además la adhesión plena del Partido Conservador y los viejos caciques políticos de esta y otras fuerzas encontraron un árbol frondoso de opinión al cual arrimarse. Por eso, Uribe, al finalizar su segundo mandato, era el árbitro indiscutible de la política colombiana.

Ejerció de árbitro durante muy poco tiempo. Muy pronto se desilusionó; muy pronto dijo que no había una manera de influir decisivamente en el gobierno de Santos, según lo cuenta Óscar Iván Zuluaga en el libro Enemigos de Vicky Dávila; muy pronto se lanzó a la oposición y buscó afanosamente la ruptura de la coalición de gobierno y el alineamiento a su favor del Partido de la U y del Partido Conservador. Empezó a perder batallas clave.

Se fue lanza en ristre contra la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, contra el marco jurídico para la paz, contra el replanteamiento de las relaciones exteriores del país. Convirtió el Twitter en un cincel para taladrar cada anuncio del gobierno de Santos. Los partidos que él había formado o fortalecido lo abandonaron o, dicho de otra manera, Santos se los arrebató de las manos. Solo algunos congresistas aislados mantuvieron su adhesión. Se metió entonces de lleno en el escenario electoral y para las elecciones de 2011 le apostó a plazas clave como Antioquia y Bogotá. No las pudo conquistar.