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Una nueva etapa en las relaciones de Colombia y los Estados Unidos

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


La invitación del presidente de los Estados Unidos al presidente de Colombia para reunirse este 20 de abril en la Casa Blanca, ha generado en el país –en los medios de comunicación– distintas impresiones, entre las cuales están las de quienes festejan dicha invitación –me refiero a los medios no comprometidos con poderes económicos ni con sectores políticos, la mayor parte de ellos periodistas y personas que opinan en las redes sociales– y quienes han mostrado incomodidad e irritación con esta noticia, casi todos movidos por el fundamentalismo de la derecha, que les impide transigir con los triunfos de la izquierda. Me refiero a los que siempre habían sido medios oficiales, como el canal de noticias Caracol TV, por ejemplo, que en un claro acto de incultura política tituló esta noticia con el rótulo de “Pesadilla”.

La realidad es que las relaciones con los Estados Unidos siempre, en cada gobierno, se cubrían de expectativas acerca de si ellos tendrían interés o no en reunirse con nuestros gobernantes recién posesionados. Se trataba de una situación de intrigas políticas, soportada sobre la consideración de que ellos eran el imperio y nosotros la colonia: los norteamericanos ordenaban y nosotros debíamos obedecerles. Insólitamente, la clave diplomática o el factor más importante para medir el éxito de un gobernante colombiano, era su capacidad para no romper dicho desequilibrio.

Con todo, la necesidad de ser reconocidos por un imperio del cual legalmente no somos colonia, proviene desde el inicio de estas mismas relaciones. Cabe recordar que cuando Colombia alcanzó su independencia y la hizo oficial, los Estados Unidos –pese a conocer de primera mano las causas justas que la motivaron– se tardaron varios años en reconocer al gobierno bolivariano como dueño y soberano de estos territorios.

Desde entonces se ha venido repitiendo puntualmente: los Estados Unidos se toman el tiempo que ellos creen necesario para validar los gobernantes nuestros, quizás en respuesta a una táctica de simple inteligencia de seguridad nacional, que conlleva el perfilamiento del presidente como de su grupo político. Algo muy lógico, si tenemos en cuenta la complejidad que geopolíticamente implica guardar una relación estable con un país, no solamente cercano, sino además bien posicionado por tener acceso a dos océanos.

Sea como fuere, lo cierto es que estas relaciones han estado supeditadas a que sean los estadounidenses quienes las aprueben o certifiquen y nunca ha sido al contrario. El equilibrio intrínseco de la palabra bilateralidad, de la que tanto se habla en las relaciones internacionales, resulta difícil de comprender si vemos que en dichas relaciones (militares y comerciales) siempre los Estados Unidos han tenido más peso, en una balanza que para los colombianos no ha sido justa, ni fiel, ni sensible.

Podría alguien argüir que dicho desequilibrio es consecuencia de los favorecimientos económicos y militares que los norteamericanos nos brindan, por cuanto nosotros poco le aportamos en transacciones comerciales, mientras que ellos nos compran más de la tercera parte de nuestra oferta exportadora para todo el mundo.

Aun cuando, ante los países pobres, los países acorazados tienen mayor posicionamiento y ventaja a la hora de hacer negociaciones económicas, políticas o diplomáticas; lo cierto es que los Estados Unidos –el país más acorazado del mundo– sólo ha tenido con nuestros gobernantes –excepto ahora con el presidente Gustavo Petro– relaciones de traza capitalista; es decir, dadas a favorecer los negocios y empresas de los ricos y dadas a maltratar, laboral y humanamente, a los pobres.

Desde 1823, cuando se establecieron por primera vez las relaciones entre las dos naciones libertarias, todos los gobiernos de acá y de allá han sido de derechas. De ahí la tendencia de nuestros gobernantes a plegarse a ciegas a la ideología de los gobernantes norteamericanos. Por eso han sido fieles a sus directrices políticas y han sido muy prestos a la hora de mantener –sin escrúpulos de ninguna índole– las formas del capitalismo salvaje en nuestro hemisferio.

Por todo eso llama la atención que el presidente Joe Baiden se haya interesado por consolidar las relaciones con Gustavo Petro, no sólo ahora en ocasión de esta reunión personalizada, sino desde el triunfo del presidente colombiano. Un interés que ha venido siendo develado en informaciones de prensa surtidas por funcionarios de todos los niveles del poder administrativo norteamericano.

Valga decir, sin embargo, que estas “nuevas” relaciones, si bien no están fundadas en la tradición de conformidades entre estados de derecha, ni tampoco lo están en la tradición de repulsa de los Estados Unidos hacia los gobiernos de izquierda, sí están fundadas en afinidades personales de ambos mandatarios. Afinidades o inquietudes que van más allá de lo que siempre se ha planteado en las relaciones y/o negociaciones entre ambos estados.

Pero, bueno, ¿cuáles son los temas comunes a ambos mandatarios? Sin lugar a dudas se trata de asuntos que también son comunes en el pensamiento autocrítico del siglo XXI, como reconocer los daños que el desarrollo capitalista inescrupuloso le han ocasionado al planeta y a los seres vivos. De ahí la necesidad de cuidar el medio ambiente, el establecimiento de energía limpias en reemplazo de las llamadas energías fósiles, el reconocimiento de los derechos humanos y, especialmente, el amparo a los menos favorecidos.

Esas mismas preocupaciones y coincidencias programáticas de trabajo político entre Biden y Petro, a mi juicio, son las que dan solidez a este encuentro y son también las que fundan expectativas promisorias en unas relaciones tradicionalmente condicionadas por la dependencia económica, y cargadas de solemnidades cortesanas de sumisión.

De tal suerte, luego de este encuentro del día jueves 20, no es difícil prever el comienzo de una nueva etapa en las relaciones de Colombia y los Estados Unidos, pues esta se dará por primera vez en un plano de mutuo respeto, como deben ser las relaciones diplomáticas entre países que se consideran cultos en cuanto al correcto ejercicio del derecho internacional.

En tal contexto, quienes se oponen a este coyuntural encuentro entre Biden y Petro –porque se oponen a la consolidación de la paz y a las reformas del cambio–están en verdad pensando más desde el lastre que desde la ingravidez. Están replegándose en los rincones de sus propios miedos, en vez de afrontar una realidad que no es negativa para nadie, como lo es el fortalecimiento de un planeta donde se respete al medio ambiente, en el que los derechos humanos no sean tema de debate, sino de atención y soluciones, y donde las relaciones geopolíticas dejen de estar concentradas en las consideraciones del poder militar o en los desequilibrios económicos.

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.

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