Twitter: una nueva pared para los canallas

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda.


A la edad que tengo, es claro que me tocó usar -ya en su última fase- la comunicación epistolar. De hecho, al redactar la que sabía era mi última carta escrita a puño y letra sobre una hoja rayada y que enviaría por correo aéreo, la impresión experimentada fue tan impactante que decidí realizar, como lo hice, un poemario titulado “La última carta” (publicado luego por Ediciones Catapulta). Lo cierto es que aquella impresión ocasionada por la sola imaginación y sus ocurrencias acerca de un futuro sin cartas, no sólo me condujo a mí, sino también a nuestra generación, a creernos el cuento de la extinción de la comunicación escrita y hasta de la desaparición de los libros.


Se trataba de una reacción natural, ocasionada por el advenimiento de la telefonía celular y de la red informática de internet que, a nuestro juicio, descontaban la escritura y significarían, como finalmente ocurrió, el desinfle del auge del correo aéreo. En efecto, visualizábamos para el siglo XXI la muerte de la comunicación escrita. No obstante, y para sorpresa de todos, el resultado fue inverso: el intenso cruce de correos electrónicos y los mensajes remitidos por internet -vía celulares o desde computadoras personales- hicieron más corriente la comunicación escritural entre amigos, entre familiares y entre negociantes.


Se abría paso una nueva manera de la comunicación escrita, facilitada esta vez por el desmonte de los formalismos y de las solemnidades, aunque fuera en contravía de las rigurosas exigencias de la epístola. Formalismos como las convenciones (fecha y señas del emisor y del receptor) o solemnidades como el lenguaje respetuoso y afectivo, quedaron de repente en desuso y fue instaurado en su remplazo un estilo de comunicación desprendido de tales rigores que, siendo honestos, hacían menos democrática la herramienta de la comunicación escrita.


Al principio, o mejor, recién desmontadas las formalidades y las solemnidades, en lógica respuesta se esfumaron el lenguaje delicado (el afable y sensible) y el preconcebidamente solemne (el prudente y acartonado). De igual modo, se perdió el seguimiento a las normas de la gramática y, aun sin tener claridad sintáctica ni precisión ortográfica o atinada tildación, la gente empezó a expresarse con más libertad que cuando se las exigían. Hubo muchos mensajes llamativos, pues develaban errores corrientes que oralmente pasan desapercibidos, como escribir hoy sin “h” (oi). En fin, muchos errores que, a los ojos de alguien con experiencia escritural o con nostalgia de los modos de la epístola, resultarían tan garrafales como insultantes.

Con todo, ese fenómeno, el de la opción libertaria de expresarse por escrito -no importando sin con mala ortografía o sin la puntuación y tildación adecuadas- llevó a que la naturaleza, o quizás la lógica de las cosas verdaderas, equilibrara la balanza en favor de la estética y de la coherencia: quienes escribían a raja tabla -la mayor parte jóvenes o adultos iletrados- empezaron a preocuparse por escribir bien y rápidamente aprendieron a hacerlo. En el presente, cualquier persona a la que le hayan negado la educación escolar y los formalismos académicos, puede comunicarse por celular o desde una computadora personal, y hacerlo muy rápido y con textos limpiamente escritos.

Sin embargo, con respecto al desmonte de lo solemne ha ocurrido algo distinto: despuntadas las camisas de fuerza de la expresión señorial, se dio paso al lenguaje coloquial y atrevido, al lenguaje emocional. Un modo de socialización directo donde la crítica a los gobiernos, por ejemplo, y las anécdotas sobre chistes de barrio o sobre sí mismos, aparecen redactadas con idénticos códigos de comunicación, especialmente con los códigos del desenfado.

Con el surgimiento y auge de las redes sociales, aparecieron lenguajes como los de Facebook, messenger, whatssapp y twitter, que han hecho posible conversar por escrito en tiempo real, y hacerlo de una forma tan simple y expedita como lo permite una llamada telefónica para enterarse de lo más reciente; pero, sobre todo, cada vez más cercanas al seguimiento de las normas gramaticales y de los buenos modales, excepto el twitter -que motivó esta nota- porque en dicha aplicación, si bien se atienden las normas de la gramática, nada queda de la solemnidad y de los buenos modales.

Quizás por la brevedad de su formato y por la rapidez con que se propaga, twitter no da tiempo para escribir en frío, lo cual le hace, entre las formas de comunicación personalizadas, el medio menos diplomático, o mejor, el más irrespetuoso. De twitter me hice usuario hace exactamente un año y dos meses, en razón a que escuchaba en las reuniones de amigos que se hablaba de twitter como de una batalla campal entre ideas personalísimas, y eso me atrajo.

Desde luego, aunque mi idea era participar en él con las buenas maneras que me son características, cuando empecé a hacerlo, quizás a la vuelta de mis primeros diez mensajes, me di cuenta de cómo -sin advertirlo racionalmente- mi lenguaje escrito había caído en el rol de los malos modales; pero además en el espacio de las críticas sensatas. Una especie de ghetto, tan amplio como el mundo del lenguaje vulgar.


Por todo ello, twitter es como una plataforma de salto alto, como una montaña rusa, en fin, un megáfono autónomo. Esta red es para eso: para desahogarse contra el estado, contra la sociedad, contra la familia e incluso contra sí mismo, y hacerlo con arengas, diatribas o peroratas. En tal condición, twitter tiene una larga tradición histórica: de la antigüedad procede, por ejemplo, la popular frase: “la pared y la muralla son el papel del canalla”. Una frase que, teniendo talante de frase twittera, fue concebida y es usada por quienes son víctimas de los improperios de aquellos que se sienten descontentos y agredidos por gobernantes o por quienes, contando con algún poder, lo usan malamente.

De ese formato crítico hacen parte también los llamados anónimos de la Edad Media, cuya funciones esenciales eran enamorar y amenazar. Los anónimos medioevales negativos –los amenazantes- evolucionarían a la forma del pasquín; que es de igual manera un escrito anónimo, satírico y sobre todo crítico, cuya proveniencia, la del nombre, refiere según la RAE “una estatua de la antigua Roma en la que solían fijarse libelos o escritos satíricos”.

De igual manera, más recientemente y antes de la aparición de las redes sociales, a la muralla, al escrito anónimo y al pasquín, los reemplazó en ese papel de la función crítica y de la clandestinidad, el denominado grafiti, que es un texto crítico realizado sin autorización en lugares públicos. Aquí en Colombia muchos han hecho carrera dando noticia de lo que todavía hoy sigue siéndolo: de la corrupción y de la perversidad de quienes administran los dineros de los otros. Pienso ahora, por ejemplo, en el grafiti realizado en alusión al desfalco que les hiciera monseñor Abraham Gaitán Mahecha a los ahorradores de la Caja Vocacional. El texto crítico rezaba: “Al César lo que es del César y adiós porque yo me voy. /Gaitán Mahecha”.


En fin, desahogarse y protestar a través de los escritos es una tradición de la comunicación humana y así seguirá siendo mientras sea la única posibilidad del diálogo con aquellos que no quieren escucharte. Esa es una justificación suficiente para darle licencias a los twitteros y para consultarlos; porque en sus mensajes, siempre, no importa lo ofuscado que esté el usuario, se habla desde la verdad emocional, desde la experiencia de escribir usando la integridad personal y la espiritual.

 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.