Tantos obstáculos y miedos para un cese al fuego



La situación es así: desde que se iniciaron las conversaciones, hace más de tres años, el ELN ha insistido en acordar un cese bilateral al fuego y hace poco el presidente Santos dijo que estaba dispuesto al acuerdo. La visita del papa Francisco le ha metido una enorme presión al asunto. También las elecciones que se avecinan y la tranquilidad que traería el silencio de los fusiles en una contienda electoral que se anuncia incierta y reñida como ninguna. Es algo que parece tan sensato, tan pleno de beneficios, que llama a que de inmediato se instale en Quito una mesa técnica que dé luz a los compromisos y obligaciones de las partes y que establezca los protocolos que regirán el pacto. Pero cuando se empieza a hablar en público o en privado de los detalles, comienzan a saltar los miedos y los obstáculos y la cosa se enreda tanto que el tema empieza a perder fuerza de inmediato. El escepticismo es enorme. Ni los medios de comunicación ni la opinión pública le paran mayores bolas al debate.

La primera discusión que aparece es el tipo de cese al fuego. Para el ELN lo mejor sería la suspensión temporal de los ataques entre los contendientes y unos arreglos humanitarios específicos. Para el gobierno, en cambio, adquiere sentido un cese al fuego si tiene vocación duradera y si está acompañado del abandono del secuestro, la extorsión y la voladura de los oleoductos.

Recientemente, el ELN ha abierto un poquito las puertas estableciendo una lista de lo que ellos consideran hostilidades que el gobierno debería suspender o acabar para, ahí sí, ampliar sus propias obligaciones. Exigen –en su lenguaje– el cese a la agresión contra el movimiento popular y tomar medidas concretas contra los miembros de la fuerza pública aliados del paramilitarismo; el incumplimiento a las garantías de derechos humanos acordadas con el movimiento social; las acciones que provocan el confinamiento de las comunidades; la judicialización de los líderes y l