Se tumba una estatua, se cuenta otra historia

Para Andrés

Por: Guillermo Segovia Mora. Columnista Pares.


El derribamiento, por jóvenes del pueblo misak, nasa y pijao, de la estatua ecuestre de Sebastián de Belalcázar entronizada en el cerro-pirámide Tulcán, lugar sagrado de los pubenses originarios pobladores de Popayán, al finalizar una de sus ya históricas marchas de apoyo a la paz y reclamo de satisfacción de sus demandas sociales, cobra doble significado en estas épocas de irreverencia y desenmascaramiento de versiones de la historia acomodadas al querer de los vencedores e impuestas a rajatabla sobre la base de narrativas garantes de servilismo, mansedumbre y resignación.


De una parte, es una reivindicación identitaria de los pueblos indígenas del Departamento del Cauca, junto con los afrodescendientes esclavizados, las expresiones del sojuzgamiento colonial que devino a las hazañas “civilizatorias” de los invasores, que no se desconocen pero requieren contexto y balance.


De la otra, el desquite de una de las tantas marrullas de la aristocracia terrateniente descendiente de los colonizadores que, a propósito de un aniversario de la fundación de Popayán, cambiaron -como es costumbre- el acuerdo de elevar una efigie del cacique Puben y, en su lugar, instalaron una del español. “A quien le va a gustar que le monten una estatua del responsable encima de sus muertos”, dijo en elocuente descripción un dirigente indígena caucano.


El gobernador del departamento quiso resolver por la fuerza la situación desconociendo el gesto y el derecho de los indígenas y ofreció recompensas para quien los delatara a la autoridad y denuncias penales, actuación anacrónica y despótica, digna del periodo que se impugna y vigente en sectores de la sociedad payanesa.


Otra actitud asumió el Gobierno Nacional, a través de los ministerios de cultura y el interior -tal vez enmendando los recientes alevosos insultos a los indígenas en una conversación de funcionarios- en una mesa de concertación con las Autoridades Indígenas del Sur Occidente. Se acordó que la estatua no será restituida, los indígenas honrarán sus antepasados y declarar el cerro Territorialidad Sagrada, Ancestral, Identitaria y Cultural del Pueblo Misak. Lo que se haga allí será por iniciativa y en diálogo con las autoridades indígenas y don Sebastián apeado y descalabrado no se sabe a dónde irá a parar.


Para comunicar el acuerdo, el delegado del Ministerio del Interior señaló que fue un logro del “diálogo social, el diálogo intercultural y la integración intercultural”, posición consecuente con los postulados constitucionales de un país multiétnico y pluricultural.


No obstante que, en demostración de la incoherencia gubernamental en estas materias, nadie menos que el director del Archivo Nacional de Colombia, Enrique Serrano, en alarde de su hispanismo dijo que casi el cien por ciento de los colombianos “Nos identificamos más con el caballo, con el penacho, con la espada, que con el traje del indígena, que con las plumas, que con el bastón”, para luego hablar de que tirar estatuas de opresores es violencia simbólica y cuestionar la beatería del gobierno, laicismo radical. Lo contrario, no.


La defenestración del exterminador de indígenas y fundador de ciudades -lo positivo no puede encubrir lo inhumano- aunque pionera en Colombia, hace parte de un movimiento mundial con epicentro en EE.UU., que desde hace años cuestiona que se rinda honores a personajes responsables de la esclavización y el genocidio de millones de seres.


Antes, las expresiones de repudio habían bajado de sus pedestales y desbaratado efigies de Stalín, Ceausescu y Sadam Hussein. En EE.UU., hace bastante es objeto de juicio crítico la veneración pública al “descubridor” Cristóbal Colón y, a raíz del asesinato policial de George Floyd y las fuertes protestas que desató, tomó fuerza la reivindicación de movimientos como Black Lives Matter de desentronizar símbolos de explotación y odio, que fue escuchada en todo el mundo.

La figura escultórica de Colón rodó por el suelo y quedó sin cabeza en Boston, fue pintarrajeada en Miami y ardió, de paso al lago donde la tiraron, en Richmond, Virginia. La historia constata las preferencias del navegante por el sufrimiento atroz de los doblegados indígenas -sometidos a feroces mastines, destrozados con el filo de las espadas, atravesados por lanzas de acero, aplastados por los caballos- y su avaricia sin límites. Imágen: Pares.

Para un hiriente relato de su hazaña basta leer testimonios de sus contemporáneos como la Relación de la Brevísima destrucción de Indias de fray Bartolomé de Las Casas o La visión de los vencidos de Miguel León Portilla. Y si se quiere una narración dolida desde el presente, el capítulo La invasión del libro Huellas de Germán Castro Caycedo. La grandeza ética del navegante la refleja una de sus cartas: “los indios son tan sencillos en el trueque y tan pacíficos frente a la guerra que con las astucias de un comercio honesto, o con la violencia de las armas será fácil de obtener de ellos cuanto se quiera”.


La estatua del comerciante de esclavos y líder civil Edward Colston en Bristol, Inglaterra, fue derribada y empujada a las aguas del puerto con disgusto de las autoridades pero Gran Bretaña ha ido cediendo en la necesidad de revisar el motivo de sus cultos para sancionar símbolos de pasados que avergüencen. Por esa razón la que conmemoraba al fundador del Museo Británico fue retirada por sus directivas por su vinculación con el sojuzgamiento de hombres negros al igual que se dejó sin nombre un edificio de la Universidad de Liverpool. Grandes marcas como Nike, Adidas, Nestlé, Qaker, Netflix, Facebook y Disney han replanteado sus mensajes e imágenes.


En Washington, la senadora demócrata Nancy Pelosi agitó el debate al pedir que se retiren las esculturas a los jefes confederados del sur de los nichos del Capitolio esclavistas e inspiradores del supremacismo blanco. Reclamo que otros hacen llegar hasta los “Padres fundadores”. En Amberes (Bélgica), el gobierno local decidió desmontar por su cuenta la estatua del rey Leopoldo II, ante los reclamos por sus iniquidades y los más de 15 millones de muertos durante la dominación colonial en el Congo. En la Universidad de Edimburgo revocaron el nombre del filósofo David Hume por su pensamiento racista.


Como contrapartida afirmativa al grafiteo (vandalización lo llaman otros) de figuras de la revolución y la república por sus posiciones colonialistas, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, anuncia que levantará una estatua en homenaje a la lideresa negra guadalupana, Solitude, heroína contra la dominación francesa en El Caribe, en reconocimiento a las luchas antiesclavistas. El periódico Los Ángeles Times acaba de pedir perdón por sus tradicionales posiciones racistas y a favor del domino blanco y promete “hacerlo mejor en adelante”. La disputa por desmontar íconos y discursos dominantes y elevar nuevos referentes es un síntoma de las nuevas realidades y mentalidades que relacionan a los ciudadanos con su historia.


Regresando al país, tal vez el primer intento por resignificar los símbolos dominantes en el pasado de Bogotá, lo realizó Gustavo Petro desde la Alcaldía, al descolgar el cuadro del fundador colonial Gonzalo Jiménez de Quezada, cuya crueldad con los nativos y codicia están bien documentadas, del salón que llevaba también su nombre y reemplazarlo por una pintura del libertador Simón Bolívar, ataviado con ruana, llamada “El Chamán” y de autoría de Luís Luna, y rebautizar el auditorio con el nombre de “Los libertadores”.


Un poderoso mensaje que apenas duró su gobierno, pues al asumir el “gerente” Peñalosa, ordenó reponer a Jiménez de Quesada y embellecer el monumento que lo homenajea en la Plazoleta del Rosario. Dos visiones de la historia de la ciudad en disputa: la sublimación del pasado colonial o la exaltación rebelde de las luchas de Independencia. Todavía “El chamán” está en las bodegas de objetos en desuso en el Palacio de Liévano.


En la conmemoración de los 200 años del Grito de Independencia (2010) , la agenda oficial, plena de auto celebraciones de la “seguridad democrática” como supuesta continuidad de esas jornadas heroicas, en la cabeza afiebrada del uribismo, se distrajo con un hecho disruptivo: el escultor Nelson Fory al cubrir con pelucas afro al fundador de la ciudad y los precursores de la Independencia, caballeros blancos o blanqueados, sitos en el Camellón de Los Mártires de Cartagena, envió un mensaje imposible de ignorar contra la invisibilización de los afrodescendientes y mestizos en las célebres jornadas libertarias de “La heróica”. “De la historia nuestra caballero”, llamó su intervención concientizadora, tomando un verso de “La Rebelión” de su paisano Joe Arroyo, que es un canto contra “la esclavitud perpetua”.

Los monumentos, como el lenguaje, comunican visiones de mundo, revelan en un objeto artístico los hechos y personajes preferidos por quienes predominan en la sociedad en un momento histórico -unos con más consenso que otros, algunos con ninguno- sea para ensalzar a los tiranos o en gratitud a sus liberadores y héroes, ora para respaldar una esperanza o venerar un engaño colectivo y dejar un legado a la posteridad. Imagen: Pares.

Tanto en esa efemérides, como diez años después en la celebración de la Batalla de Boyacá (2019), uno de los hechos más notorios, desde la academia, pasando por los medios de comunicación, hasta las movilizaciones sociales, fue la emergencia de las regiones, los territorios, la mujer, los indígenas y los afrocolombianos reafirmando su papel en las gestas libertadoras y en las nuevas luchas para hacer realidad su reconocimiento y derechos.


Inolvidable que esas dos fechas hayan sido enaltecidas con movilizaciones indígenas, “mingas” en respaldo a la paz, las demandas por justicia social y reconocimiento a su autonomía, acompañadas por organizaciones sociales de diversa índole. Fue la forma de decir que ya la historia no se escribe a punta de perfiles laudatorios, justificaciones de injusticias y vergonzosas exclusiones.


Ahí están si no para corroborarlo, los monumentos al holocausto, al soldado desconocido, al memorial al “Che” Guevara en Santa Clara, a los horrores del estalinismo, el Bolívar desnudo, las “Auras solas” de Beatriz González en los columbarios de la 26 en Bogotá para que no se olviden los miles de masacrados y los “Fragmentos” de Doris Salcedo, las armas de las Farc hechas suelo para que pisemos y reflexionemos sobre los males de la guerra. Y las víctimas esperan que el Centro de Memoria Histórica de Bogotá sea un reconocimiento a su padecimiento y no una reivindicación acomodada de algunos actores del conflicto, como con ironía describe el engaño de los homenajes, Juan Manuel Roca en el poema La estatua de bronce.


Desde la alteridad, irrumpiendo con grafitis, performances e intervenciones, se publican las reivindicaciones, luchas, duelos y lealtades de los pueblos. Con imaginación interpelan al pasado para reclamar su lugar en la historia, al presente para potenciar la justeza de sus luchas y al futuro con la utopía de una sociedad sin exclusiones ni inmerecidos privilegios, garante de derechos y diversidades, en armonía del hombre y la mujer con la vida y la naturaleza y orgullosa de su historia común. Una estatua es algo más que un adorno y los pueblos del mundo ya lo saben.