¿Qué pasó el M29 y qué viene?

Por: Guillermo Segovia Mora

Abogado y politólogo


En la primera vuelta de las elecciones presidenciales para el período 2022-2026, el pasado 29 de mayo, el Pacto Histórico, con el liderazgo de Gustavo Petro, 8 millones 500 mil votos y el 40% del electorado, se convirtió en la principal fuerza política del país. Federico Gutiérrez, afectado por el desprestigiado gobierno de Iván Duque, la decadencia de Álvaro Uribe y las enmohecidas y emperezadas maquinarias, apenas logró el tercer lugar con un 23%. Y la alianza de centro, con Sergio Fajardo a la cabeza, se diluyó en inconsistencias, falta de entusiasmo y ambigüedades.

La sorpresa, el segundo lugar, con el 28% de la votación, del exalcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández, catapultado por una hábil estrategia de marca que supo advertir la demanda emocional del momento —el hartazgo con la corrupción a la que se asocian todos los males—, el potencial de una personalidad contradictoria (novedosa, pero anticuada), excéntrica e irascible, y la popularidad en las redes sociales. Acertó en centrar su oferta en “quitarle la chequera a los corruptos”, con un lenguaje desabrochado y la promesa de medidas que, por su carácter efectista, lograron eco en un amplio sector del país.


El Pacto Histórico —la ampliada Colombia Humana de las presidenciales de 2018—, obtuvo en primera vuelta la votación que la Colombia Humana alcanzara en segunda, consolidando su caudal gracias a una estrategia de alianzas dirigida a sumar bajo su égida fuerzas progresistas, en particular del Partido Liberal y un sector reticente del Partido Verde, ante la constatación de los límites de las izquierdas coaligadas. Conquistó la mayor votación de propuestas alternativas en la historia nacional, pero no cumplió el reto de imponerse en primera vuelta, y el hecho de que el rival no sea el candidato oficial del uribismo, lleva a la cautela en la medida que desajustó los presupuestos políticos de la campaña. Federico Gutiérrez aparecía derrotado en todas las encuestas, mientras que un recién aparecido Rodolfo Hernández creció en forma sostenida.


La región del Pacífico (Nariño, Cauca, Valle del Cauca y Chocó) golpeada por el conflicto armado, la criminalidad y el asesinato de líderes sociales, los altos índices de pobreza, la proliferación de cultivos ilícitos y otras expresiones de economía ilegal, se ratificó como bastión alternativo del país. En Nariño y Cauca se dio la mayor votación por el Pacto (70%). En Valle y Chocó ganó, pero estuvieron por debajo de las expectativas. Petro también logró imponerse en toda la costa Caribe con promedios cercanos al 50%, Putumayo, Amazonas y Vaupés; tuvo una gran votación en Bogotá; se impuso al uribismo en Risaralda y Quindío, y, a pesar de las dificultades, obtuvo mayoría en varias poblaciones de Antioquia, único departamento donde ganó Federico Gutiérrez, y subió en la capital, Medellín.


En el no logro de la meta por el Pacto, los directivos y la militancia reticentes a los resultados han mencionado: triunfalismo y dificultades provocadas de transporte (Petro afirma que esto afectó un 20% de votación), falta de presencia de la campaña en algunos departamentos, regiones y medios locales, y la persistente sospecha de irregularidades en el proceso de preconteo, debido a que la auditoría internacional a los programas informáticos no ha sido posible en medio de dilaciones y contradicciones de la Registraduría, asunto de suma gravedad.


También es conveniente señalar la eficacia de una inadvertida, pero eficaz, estrategia de distorsión y desprestigio de las propuestas de Petro. Más allá de algunos opinadores, medios y adversarios políticos en público; de forma soterrada, en poblaciones y barrios, tiendas, supermercados y taxis, donde corre de boca en boca, como en las previas del plebiscito por la paz, el rumor de que un gobierno del Pacto Histórico expropiará viviendas y pequeñas y medianas empresas, los ahorros de los pensionados, la pensión de los jubilados, que promoverá la violencia para imponerlos y otro sartal de falsedades, que, quiérase aceptar o no, han calado y restado posibles apoyos al no haberse prestado debida atención a la necesidad de una estrategia pedagógica para traducir a sectores populares y medios aspectos conceptuales y técnicos de las reformas, de por sí complicados para ciudadanos informados.


La sobreposición en el mapa electoral de la votación por Hernández a la expresada en el plebiscito por la paz de 2016 asombra por su coincidencia, lo que permite deducir que se trata de un electorado sin duda inconforme con la situación actual, pero de estirpe conservadora, adverso a la izquierda por asociación con la guerrilla y sus actuaciones en el pasado, atraído por el autoritarismo y reacio por imposición ideológica a ir más allá de correctivos funcionales y simbólicos a la grave problemática de la corrupción, desentendiéndose de la agenda social y económica.


Allí, Hernández, consciente de ello o no, desplazó a Federico Gutiérrez en la medida en que este fue demostrando incapacidad para liderar la alianza derechista. En esa situación, coincidente o provocada, encontraron los dirigentes uribistas la justificación para anunciar su apoyo a la “permanencia del uribismo”, en palabras de José Obdulio Gaviria o al candidato “antiestablecimiento”, incluido Gustavo Petro y el Pacto Histórico, al decir de la oportunista y fabuladora María Fernanda Cabal. Gutiérrez, derrotado, no demoró en cantar su voto antipetrista, como era obvio. De ello se colige que los 5 millones de votos que logró, en buena parte se trasladarán al ingeniero.


De otra parte, partidarios de los grupos ubicados en el centro, alrededor de la Coalición de la Esperanza, desencantados ante la falta de entusiasmo de Fajardo en la cruzada anticorrupción y de verlo enredado en episodios de la misma —se trate de persecución política o de fallas propias—, encontraron en Hernández una alternativa aparente a las maquinarias tradicionales. El crecimiento del uno a expensas del descenso del otro parece corroborarlo. Sin descartar, tampoco, que simpatizantes del Pacto Histórico, ante la llegada a la coalición de miembros de los partidos tradicionales, también hayan virado en esa dirección, restándole votos.


Puestas las cosas en este escenario, la matriz mediática ha tratado de establecer la casi segura victoria de Rodolfo Hernández, el uribismo se ha hecho vocero de la candidatura —muy a pesar de la resistencia sincera o táctica del candidato— y sus votantes, hastiados de la política tradicional e identificados con una figura que reivindica el regionalismo y la vida vecinal, aumentan en el frenesí de los vencedores. Al tiempo, el periodismo crítico toma distancia y denuncia defectos protuberantes del “outsider”, como el simplismo de sus propuestas, el cúmulo de denuncias de agiotismo, maltrato, machismo, violencia y corrupción en su ejercicio empresarial y como alcalde, y el sospechoso posicionamiento de última hora, cuando la victoria del Pacto Histórico parece inminente.


No obstante que un personaje democrático y crítico como el escritor William Ospina, quien le ha expresado apoyo público, y el publicista Ángel Becassino, que orienta su campaña, resaltan en Hernández su originalidad y un genuino interés por contribuir a solucionar de manera progresista los males del país, para lo cual destacan su respaldo a la paz o al restablecimiento de relaciones con Venezuela, sus posiciones de imponer el orden mediante medidas de excepción como primer acto de gobierno, recortar el gasto público con una visión de almacenista o considerar el trámite legislativo un estorbo, dejan serias dudas de su conocimiento del Estado y talante democrático.


Para el Pacto Histórico el desafío está en lograr la votación plena de sus simpatizantes y replantear la comunicación de su programa para atraer un porcentaje importante de abstencionistas, revertir el crecimiento de Hernández, sustraer algo de sus simpatizantes no uribistas y sumar el mayor número de aliados de la Coalición Verde Centro Esperanza, el liberalismo y sectores afines, como está ocurriendo, con el objetivo de llegar al poder e iniciar una era de trasformaciones.


Petro, agudo observador y analista, comprometido con un futuro de paz, ante la presentación por Hernández del documento “Los 20 puntos que me diferencian del uribismo”, muchos de los cuales asumidos a última hora coinciden con puntos del programa del Pacto, le ha propuesto, con independencia de quien sea elegido, un acuerdo por un cambio verdadero. Una respuesta positiva sería saludable.


Tras décadas de organización y luchas, represión y aniquilamiento de sus figuras, militantes y hasta el genocidio de un partido entero como la Unión Patriótica, las fuerzas progresistas han logrado colocar como referente —ante la crisis social, moral y política—, la necesidad de transformaciones a la estructura económica y el modelo de desarrollo para modernizar el país y superar las desigualdades, con un programa robusto orientado a la justicia social y ambiental. A esa propuesta, ad portas del triunfo, se atraviesa, con apoyo de la reacción, una fórmula exprés de aparente ruptura, popularizada desatando pasiones pero, en su atractiva demagogia, cargada de incertidumbres. A ese dilema se enfrenta Colombia en las urnas el 19 de junio.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.