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Por fin el Estado colombiano reconocerá su responsabilidad en el asesinato de Guillermo Cano

Por: Redacción Pares


Foto tomada de: El Espectador


El 17 de diciembre de 1986 Gabriel García Márquez disfrutaba de una fiesta en La Habana cuando la joven periodista María Jimena Duzán lo encontró. Gabo, al verla con los ojos hundidos, supo que no le tenía buenas noticias. En Colombia un sicario acababa de asesinar a Guillermo Cano al frente de El Espectador mientras esperaba en su auto a que cambiara un semáforo. El Nobel sintió que un hueco se abría en la tierra y se lo tragaba.


 Desde que el periódico había sacado una vieja foto de Pablo Escobar con una placa policial, el capo le juró la guerra. Era 1984 y Escobar había llegado a la cumbre gracias a sus conexiones políticas y empresariales. Había limpiado de tal manera su reputación que llegó a ser suplente en la Cámara de Representantes. Su sueño de verse con la franja presidencial no estaba muy lejano. Pero la coherencia de El Espectador, de su director Guillermo Cano, quien fue uno de esos periodistas que no se dejó tentar por la plata del capo, echó por la borda sus intenciones. Escobar era desenmascarado, avergonzado delante de todo el país. Entonces, en una de esas decisiones de sicópata, ordenó quemar todas las ediciones del periódico de ese día. Ocultar la verdad ya le era imposible.


Desde entonces se juró venganza. Cano sentía el gélido aliento de la muerte en su nuca. Las amenazas obligaron a irse del país a periodistas de su círculo, como la aguerrida María Jimena Duzán, quien fue la que encontró en un archivo la foto que desenmascaró a Escobar. Su larga mano alcanzaría a Guillermo Cano en diciembre del 86.


 Los detalles de lo que encontró la policía en el lugar del homicidio se los contó María Jimena a Gabo. Lo que más dolió al escritor fue saber que, en la parte trasera del auto, venían, empacados, los regalos que Don Guillermo había comprado para sus nietos. Nunca se los dio. Gabo, periodista hasta los huesos, reconocía a Cano como uno de sus maestros, al lado de José Salgar. Sus columnas en El Espectador cuando era un muchacho de la Costa, que burlaba el hambre a punta de cigarrillos y café, le empezaron a dar notoriedad. Era una pérdida irreparable. Gabriel García Márquez pensó que este país jamás se iba a levantar de este golpe.


La guerra de Escobar al periódico no se detendría allí. Un par de años después mandó a volar la sede. Esa persecución le pasó factura a la familia Cano. Al final de los años noventa, por problemas financieros, El Espectador dejó de ser diario. Se levantaron a pulso y haciendo un periodismo independiente y sólido, dos atributos que no suelen encontrarse en el país.


La reparación a los Cano ha sido lenta pero este 8 de febrero se ha dado un paso importantísimo. Según declaró la nieta del periodista, María José Medellín, el Estado colombiano está listo para pedir perdón por el asesinato de Guillermo Cano. Por orden de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se reconocerá la no protección al derecho de vida del director de El Espectador, la negligencia judicial que hubo en la investigación de este crimen y la no protección a su familia y a los investigadores que indagaron el caso. La familia Cano recibirá una compensación económica que será destinada a fortalecer el Premio Mundial de la Libertad de Prensa Guillermo Cano, que se entrega anualmente.


El maestro de Gabo y de tantos grandes periodistas en este país, por fin empezará a descansar en paz.

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