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Pedagogía para elegir y votar

Por: Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


Votar es una tarea relativamente fácil; basta con inscribir la cédula y asistir el día programado a depositar en las urnas los tarjetones. Lo difícil, paradójicamente, es decidir a quién apoyar. En 2022, votemos o no, será tiempo de elecciones en Colombia. Este año, la tarea política más importante para la ciudadanía será, tal vez, elegir democráticamente a sus mandatarios nacionales.


Se designará a las personas que ocupan los principales cargos en el Poder Ejecutivo –el presidente de la República– y en el Legislativo –senadores y representantes–. Así mismo, se dejará claro el camino para la elección de los otros poderes públicos en el país. En estas elecciones los candidatos son muchos y las ideologías son muy variadas; de allí que la tarea de elegir debería haber iniciado hace tiempo. Incluso, si fuéramos juiciosos, hacer balances y proyectar preferencias debería ser una práctica permanente de toda la ciudadanía.


Entre las teorías más usadas en la política para la toma de decisiones está la de la elección racional. Esta plantea que la mejor forma de elegir en una democracia es conocer todas y cada una de las opciones que se nos ofrecen y escoger entre ellas la mejor –para uno o la comunidad a la que pertenece–. Le sugiere al votante estudiar muy bien cada alternativa, luego ordenarlas de la mejor a la menos buena y, finalmente, entregar su apoyo a la opción que mayor beneficio le ofrezca.


Sin embargo, la misma teoría reconoce que elegir de esta manera es una tarea muy difícil. En primer lugar, porque generalmente las ofertas programáticas de los candidatos son muchas, lo cual dificulta enormemente a un ciudadano promedio conocer al detalle todo el espectro de opciones posibles y para que así pueda ordenar sus preferencias. Este es el panorama en Colombia para las elecciones del 13 de marzo de 2022. Según la Registraduría, serían 2.835 candidatos al Senado, la Cámara de Representantes y las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz.


En segundo lugar, es una tarea compleja porque estudiar cada propuesta conlleva altos costos para el elector como tomador de decisiones, partiendo del hecho de que se requiere mucho tiempo para conseguir la información de todos los políticos y procesarla. Pongamos como ejemplo los candidatos a la Presidencia de la República, cuyo número –a pesar de reducirse cada día– hoy está alrededor de las cuatro decenas, por tanto, el esfuerzo de una persona por conocer a cada uno de los candidatos sería muy alto.


De allí que la misma teoría sugiere al votante que se relaje, que no pretenda ni conseguir toda la información para decidir por quién votar, ni hacer grandes inversiones para comparar uno a uno de los candidatos y elegir finalmente a quien apoyar. La teoría propone simplemente limitar la racionalidad, reduciendo el espectro a unas pocas opciones y a partir de esta corta lista hacer la elección final. Esto, pues reconoce que el votante no elige la mejor opción sino a la opción menos mala entre las que conoce –cómo pasa al elegir restaurantes, vamos al que más nos gusta–.


Además, advierte que no es conveniente para el sistema político que el votante se impaciente, se ofusque y se llene de angustia ante tantas opciones. Podría pasar algo similar al niño que entra a una tienda repleta de juguetes para que elegir un regalo. Dado que no tiene claro la propuesta que le harán ni lo que desea, el infante, finalmente, se llena de ansiedad y desespero, y esto lo conduce a la inacción. En la política se ha demostrado que, en estos casos –donde el votante se encuentra con muchas opciones–, aumenta la posibilidad de que no se vote, ni elija nada.


Para no pasar por esta situación, que podría ser la del 13 marzo en Colombia, donde el votante le pida a otro que le indique por quién votar –sin criterio–, o que lo haga por cualquiera –usando el azar–, o que decida no salir a votar –que sería la peor situación–; la recomendación que hace de manera pragmática la teoría es: sea selectivo. Dese a la tarea de reducir la lista de candidatos, por ejemplo, a media docena, y ponga en esta lista corta a las o los candidatos que más le llaman la atención –ya sea por su afinidad política, ideológica o programática–.


Una vez tenga la lista corta –un puñado de opciones– lo que debe de hacer es buscar información sobre los candidatos y sus propuestas. Indague por la experiencia, por su trayectoria política y conocimiento acumulados. También mire atentamente qué propone y qué ideas lo identifican con él o ella. Frente a cada opción, diga si estaría dispuesto a dar su voto por esa opción o si se equivocó en la selección inicial. Y, finalmente, ordene la lista de la mejor opción hasta la menos buena y decida por quién votar.


Hay que advertir que usted, si así lo desea, puede complejizar todo el proceso de selección; usted decide hasta dónde quiere invertir su tiempo y recursos. Por ejemplo, puede ampliar el número de opciones al Poder Legislativo hasta el número total de aspirantes –los 2.835 para el Congreso de la República o los más de 40 a la Presidencia– y estudiar a cada candidato. Puede revisar su pasado político, su trayectoria administrativa, su experiencia en el puesto al que aspira y los nexos que tiene con otros candidatos y personas. Incluso, podría indagar por la procedencia de los recursos con que financia su campaña.


También, podría hacer un estudio detallado de sus propuestas como candidato, pues todos deben de tener al menos una idea para vender. Estudie los temas en que enfatiza, las ideologías que cimientan sus propuestas, la posibilidad de que el candidato, una vez llegue al cargo, pueda realizar su programa –apuestas legislativas o programa de gobierno–. Inclusive, exagerando, use programas computacionales que le permitan calcular beneficios y costos privados y sociales de esta elección –haga prospectiva–.


Finalmente, si desea y tiene tiempo, mire la votación como un juego donde su decisión depende de los que realicen los demás ¡y actúe! Piense como un estratega: calcule las posibilidades reales de que su candidato llegue al cargo, de que una vez elegido mantenga su propuesta inicial o la cambie al ser capturado por un grupo de interés contrario a sus preferencias de votación. Y sobre todo, pregúntese qué tan alejado está usted con su elección de otras opciones que benefician el interés general o lo que más le conviene al país.


Usted decide hasta dónde complejizar su bella labor de elegir, lo cual depende de los recursos con que cuente –del tiempo suyo y de sus amigos o asesores, de las horas que consulte en internet o de los derechos de petición de información, entre otros caminos–. Lo importante, en todo caso, es que participe en el proceso democrático. Además, que aproveche la oportunidad de ejercer y ampliar su conocimiento sobre la política.


Imagínese en esta situación: supongamos que a usted le guste el fútbol y que está viviendo cuartos de final de un campeonato mundial. Piense este momento como una buena oportunidad para disfrutar y, al mismo tiempo, para actualizar y ampliar sus conocimientos deportivos. Al final habrá realizado lo más humano que tenemos: usar la pasión y la razón. Una situación similar la vivirá este año al enfrentar el ejercicio de la política.


En todo caso, recuerde que su voto es importante –el valor de su voto es el mismo de cualquier ciudadano colombiano–. No olvide que el voto es el mecanismo de comunicación en la política –sirve para expresar lo que siente y desea–. Y que ejercer o no el derecho al voto conlleva beneficios y costos: los de vivir y sentir una dirigencia política por cuatro años –gobierno y los partidos de gobierno–.


Pero, lo más importante, saber elegir con responsabilidad le dota de mejores elementos para hacer el balance y proyectar preferencias. Le legitima a usted para participar en revocatorias del mandato, en proponer juicios políticos y en asistir a rendición de cuentas. En especial, le permite juzgar con razón –para que no lo callen– por el buen o mal gobierno que le tocó vivir o padecer durante cuatro años.

 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.