No hubo felicidad más grande



Sé bien que los lectores, los generosos, que buscan en mis escritos alguna explicación a los acontecimientos del país o del mundo, y también los de mala leche, los que ojean mis columnas buscando un pretexto para hilar diatribas que me socaven o me hieran, esperan siempre un relato político. Pero en estos días, en medio de la celebración del aniversario de Cien años de soledad, no he podido escapar al recuerdo de las conversaciones que tuve con mi padre mientras leíamos juntos la novela que cambió de un tajo la manera de narrar de los colombianos. Quiero hablar de esa intimidad.

Hacía muchos años había tenido la alucinante experiencia de oír a mi padre, durante varios meses, leer en voz alta, en la sala de mi casa, las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Era un niño al que un grupo de amigos le daban licencia, para que se sentara en un rincón a escuchar la lectura que mi viejo hacía para ellos de las obras clásicas de la literatura en un pueblito perdido de Antioquia.

Fue, quizás, en noviembre de 1973, tenía ya 18 años, cuando cayó en mis manos un ejemplar de la asombrosa historia de los Buendía. Leí esa entrada triunfal a la narración, esa página y media que termina en el primer punto y aparte, en la que dice “José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil” –el imán que había llevado Melquiades a Macondo- “para desentrañar el oro de la tierra”.

Y fui con el libro a donde mi padre para decirle que ahí estaba redondo y puro un personaje, que seguramente nos llevaría a la memoria indeleble que compartíamos de Don Quijote. Ahora era yo quien le leía al viejo, en su lecho de enfermo, una historia y unas palabras que le eran familiares porque había vivido 15 años en las orillas del río Magdalena, en territorio sin duda macondiano.


No hubo felicidad más grande. Por días y días leímos y comentamos uno por uno los episodios de una historia familiar en un lugar imaginario del que después se dijo que contenía el universo entero o que allí se cifraba toda la historia de la América Latina. Mi padre, que era tan