Mis recuerdos del proceso constituyente del 91

Por: Luis Eduardo Celis. Columnista Pares.


Este viernes 5 de febrero se cumplieron 30 años de la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente, elegida por voto directo el nueve de diciembre de 1990 y que sesionaría hasta el 4 de julio de 1991, promulgando la Constitución nacional vigente.


La primera vez que escuché hablar de una Asamblea Nacional Constituyente fue en el año 85, leyendo el periódico Revolución del Partido Comunista de Colombia – Marxista Leninista, el PC d C ML, y empecé a leer el periódico Revolución porque bajando de mis clases de Francés de la Alianza Colombo Francesa de la 19 con 3, me lo encontré en una caseta de libros en la 19 abajo de la séptima, debió ser en el año 1981. Mis primeras impresiones de esa iniciativa de “Asamblea Nacional Constituyente”, eran lejanas, confusas y medio en chino. No casaban en una ruta de actuación política que estaba por la revolución y no por reformar el orden institucional establecido.


El que lideró la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente desde el PC de C ML, fue Óscar William Calvo, fue su vocero público en el marco de unos diálogos de paz con el presidente Belisario Betancur, el PC de C ML, tenía una ligazón con la guerrilla del EPL, estos diálogos se frustraron y el mismo día en que Óscar William anunció en una rueda de prensa que terminaban los diálogos, fue asesinado, el 20 de noviembre de 1985.


Los años 80 los viví entre los sueños de poder popular y una barbarie que cada día traía muertos y malas noticias, como este presente, ese discurrir de apuestas por las grandes rupturas y una barbarie creciente, tuvo su punto de ruptura con la decisión de Carlos Pizarro Leóngomez de salir de la violencia, dijo de manera profética, que mantenerse en la guerra era entrar en un camino de mayores degradaciones y barbaries, que eso no valía la pena y no llevaba a ningún logro de transformaciones, que de esa cancha estrecha de fuerzas y contrafuerzas había que salirse, y el acuerdo de paz del M-19, abrió una época: la de cambios institucionales y un reformismo incremental, en medio de grandes dificultades y con logros muy importantes, están a la vista, o que otra cosa es el impresionante espacio que han ganado Gustavo Petro y Sergio Fajardo en las elecciones del 2018.


El año 90 tuvo su vértigo: acuerdo de paz firmado por el M-19 el 8 de marzo, los magnicidios de Bernardo Jaramillo en marzo y el de Carlos Pizarro Leóngomez en abril, ambos los lloré y a ambos los acompañé en las multitudinarias marchas que los despidió en el cementerio central, la enorme expectativa por el rumbo del acuerdo firmado por el M-19 y verlos persistir en su palabra empeñada, honrando la voluntad de Pizarro, días históricos, que presencie sin ser consciente de la magnitud de lo que se jugaba.


Cuando se empezó a hablar de la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, se abrió una importante discusión en el Movimiento Político A Luchar, en el que era un militante más, unas voces por la participación, otras voces por la abstención y la denuncia de esta iniciativa como una jugada más de la “manipulación y las apuestas burguesas”.


Afortunadamente para nuestra historia política y personal de quienes fuimos parte de ese agrupamiento político, ganó la línea de participación y la valoración positiva de que se jugaba mucho con un proceso constituyente. A Luchar se articuló con la Unión Patriótica y se conformó la lista por la vida, la numero 48, encabezada por Alfredo Vásquez Carrizosa, quien siendo un destacado líder del Partido Conservador, se volvió amigo del Partido Comunista en los aciagos días de la tortura y las arbitrariedades en el duro periodo del estatuto de seguridad nacional, durante el gobierno del Presidente Julio César Turbay Ayala.


Sin ninguna experiencia en la acción electoral, las elecciones del 9 de diciembre de 1990 para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente fueron mi irrupción en el ejercicio del voto, la lista de la vida logró dos escaños: Alfredo Vásquez Carrizosa y Aída Avella. A Aída la había visto de refilón en la sede de la CUT y al señor Vásquez Carrizosa le tenía respeto por andar con los comunistas.


Las sesiones de la Asamblea Constituyente supe que transcurrían en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quezada, que las oficinas de los constituyentes y las cuatro constituyentes estaban en el Hotel Tequendama y poco y nada participe del impresionante activismo que se dio tratando de influir en esta construcción de nuevo ordenamiento constitucional. Se dice que la Constitución del 91 fue un tratado de paz, que allí llegaron parte de los alzados en armas y que era un derrotero para persistir en la transformación democrática de Colombia, todo ello lo comparto y me siento parte de ese relato.


A los pocos meses de promulgada la constitución del 91, mi amigo Camilo Castellanos escribió un ensayo que tituló: “A la nueva República le falta el sujeto” y allí afirmaba: “La constitución de 1991 no es el fruto de un cambio político real. En las elecciones de 1990 se expresó el país posible del futuro, no una nueva correlación de fuerzas consolidadas como hecho definitivo. Por ello, en oposición al viejo país, pero incapaz de derrotarlo, la nueva Carta propone las condiciones para que la nación colombiana se exprese políticamente de un modo diferente”.

Mucha razón tenía Camilo Castellanos. La carta constitucional del 91 es una promesa en parte incumplida, en una Colombia donde se vulneran sistemáticamente muchos derechos, empezando por la vida, es una carta que es una promesa de derechos y de ciudadanía de calidad, pero hace falta un sujeto político y social que la haga plenamente real, porque la constitución del 91 no rige de manera plena en todo el territorio nacional ni para todas las comunidades.


Hay mucho por analizar de estos 30 años de vigencia de esta carta constitucional, que sin duda nos dio un nuevo referente institucional y de acción ciudadana, con enormes logros y déficits.