¡Mil gracias, Duque!

Por: León Valencia, para @infobae


Se va Iván Duque y —si algunas cosas que hizo no hubiesen desatado verdaderas tragedias— la izquierda debería darle las gracias.

En El regreso del uribismo, un libro que terminé de escribir en febrero de 2019, cuando ya Duque se había derrumbado en las encuestas y el gobierno había entrado en una crisis de la que nunca se recuperaría, escribí este escenario probable para el final de su presidencia: Duque logra sobrevivir mediante acuerdos burocráticos con los clanes políticos y avances momentáneos en las encuestas, llega cojeando a las elecciones de 2022 y le abre el camino a un triunfo de la izquierda.

Duque, desde luego, no fue el único factor que facilitó la victoria de Gustavo Petro. Pero con su incapacidad para responder a las demandas populares, su disposición a favorecer a los más ricos ampliando las gabelas tributarias, sus impresionantes fracasos en la política exterior y su grave interferencia en el proceso de reconciliación del país, crearon un ambiente propicio para que la izquierda, por primera vez en la historia, llegara al poder.

A finales de 2018, cuando apenas empezaba su gobierno, los estudiantes se volcaron a las calles en manifestaciones creativas y profusas para pedir incremento del presupuesto y reformas a la educación media y superior. Duque, en vez de sentarse a negociar con el liderazgo estudiantil, acudió a maniobras para dividir al movimiento e hizo pequeñas concesiones que no alcanzarían a aplacar la inconformidad de la juventud. Esa inconformidad volvería a manifestarse muy pronto en acciones que involucraron a las centrales obreras.

El río de insatisfacción empezó a crecer hasta que se desbordó con rabia en el estallido social de abril de 2021. El ministro de hacienda, Alberto Castilla, en la mayor indiferencia ante la difícil situación que vivían las clases medias y los sectores populares a raíz de la pandemia desatada por el Covid 19, propuso una reforma tributaria que lesionaba a los estratos medios y bajos de la población y ampliaba los privilegios de los más ricos.

Ese fue el “florero de Llorente” que llevó a más de siete millones de personas a la protesta en seiscientos municipios del país. Algo nunca visto. Algo que estaba en línea con las manifestaciones en Chile y en otros lugares del continente y que, por tanto, tendría que haber alertado a Duque para responder de manera inteligente. No lo hizo. Se fue lanza en ristre contra las manifestaciones. Militarizó el país. Atacó por igual a las manifestaciones pacíficas, que eran la inmensa mayoría, y a los actos vandálicos, que eran la minoría. El resultado fue un verdadero desastre: ochenta y nueve muertos y más de mil heridos.

Esta política interna se complementaba con una torpeza diplomática difícilmente superable. Aún hoy suscita burlas esta altisonante frase: “Maduro tiene los días contados”. Duque estaba interviniendo descaradamente en la vida interna de Venezuela y se había unido con Juan Guaidó, un filipichín que empezó a alardear en el mundo entero con el cuento de que tenía a Maduro cogido por el cuello y muy pronto derrumbaría al régimen chavista.

Las tensiones desatadas por la intervención de Colombia en los asuntos de Venezuela marcaron toda la política exterior colombiana y ahondaron la crisis en la frontera más extensa e importante de nuestro país.

Lo de la paz fue otra burla. Tenía dos discursos. Uno, en el interior del país, donde fustigaba los Acuerdos de Paz realizados con las FARC porque a su parecer están anclados en una base de impunidad; otro, en el exterior, donde afirmaba que estaba cumpliendo a cabalidad con los compromisos hechos por el Estado.

La tapa del asunto fue el descubrimiento de un robo de quinientos mil millones de pesos a los recursos destinados para la paz, perpetrado por funcionarios de su gobierno que ahora están en líos judiciales por la infamante estafa. Había bautizado su política con el remoquete de “paz con legalidad” y en las redes sociales empezaron a circular memes tachándola de “paz con robadera”.

Así, de esta manera trágica, fue como el último alfil del uribismo contribuyó a la victoria de la izquierda. Gustavo Petro debería decirle este domingo en su discurso de posesión: ¡Mil gracias presidente Duque!