Medio ambiente, una víctima silenciosa del conflicto

Por: Juan Camilo Rodríguez Guerra. Investigador Pares.


Reconocer a la naturaleza como víctima del conflicto es avanzar hacia una sociedad ecológica que se asuma como parte del sistema biológico en el que se desenvuelve. Hoy se conmemora el día nacional de la memoria y solidaridad con las víctimas del conflicto armado. Se eligió el 9 de abril porque fue el día, hace 72 años, en el que fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, uno de los caudillos más importantes en la historia política de Colombia.


Nuestro conflicto armado ha sido uno de los más duraderos y complejos en el mundo. Esto se debe a las abundantes rentas que producen las economías ilegales a los grupos en confrontación. La minería ilegal, el cultivo y procesamiento para la producción de cocaína, el despojo y acumulación de tierras, la deforestación, todas se relacionan por una cosa: la afectación permanente o a largo plazo del medio ambiente.


Es urgente priorizar la restauración de los ecosistemas afectados por la guerra y dar pasos hacia una reparación integral del territorio y las comunidades que los habitan.


El medio ambiente, una víctima silenciosa del conflicto


En 2019 el Comité Internacional de la Cruz Roja se pronunció al respecto, asegurando que el medio ambiente es una víctima silenciosa de los conflictos armados y que, entre 1946 y 2010, los conflictos fueron el principal factor que permitió predecir la disminución de especies silvestres.


En Colombia la Jurisdicción Especial para la Paz – JEP aseguró que “con ocasión del conflicto armado colombiano se adelantaron múltiples acciones, que, de manera intencional, accidental o negligente, ocasionaron daños y alteraciones sobre los ciclos naturales de los ecosistemas, con efectos temporales o permanentes”.


Además de ello, aseguró estar comprometida con el reconocimiento del ambiente como víctima silenciosa del conflicto y con la búsqueda de mecanismos para su reparación efectiva, propendiendo por garantizar la no repetición.


Muchos mecanismos de reparación se tornan ineficientes si no se abordan desde una perspectiva ambiental. Es un dilema actual que la restitución de tierras se plantea primordialmente a partir de la devolución de la tierra, a pesar de que su vocación y sus usos han sido permanentemente alterados.

Donde antes se producían cultivos de pancoger no se pueden producir ahora porque en muchos casos se privilegiaron los monocultivos y el exceso de agroquímicos durante el conflicto armado.


Los ríos de Colombia como sujetos de derechos


Con los ríos ocurre algo similar. Según un estudio de 2019, Colombia es el tercer país que más contamina al medio ambiente con mercurio, esto debido a la minería ilegal (que se da tanto artesanal como criminalmente). En Segovia (Antioquia), el municipio más afectado, se prevé que el 70% de la población está contaminada en diferentes grados por el mercurio.


La relación de las comunidades con los ríos también cambió a raíz del conflicto armado. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, más de 1.080 cuerpos fueron recuperados de por lo menos 190 ríos colombianos, una práctica común para cometer desapariciones forzadas. Esto impactó permanentemente en la cosmovisión de comunidades negras, campesinas e indígenas, que no volvieron a ver sus ríos con los mismos ojos.


La Corte Constitucional ha avanzado mediante jurisprudencia contra las afectaciones a ríos. Si bien la decisión no ha dejado de ser polémica, todo indica que no hay forma de reversarla. Me refiero al reconocimiento de los ríos como sujetos de derecho. La Sentencia T-622 de 2016 fue la primera en hacerlo, otorgándole esta figura al río Atrato.


En 2019 se sumaron el río Cauca, los ríos Combeima, Coello y Cocora en Ibagué, el río Magdalena y el río Quindío. Esta ha sido una medida que le ha permitido a la rama judicial obligar al Estado a conservar, mantener y restaurar los cuerpos de agua.


Hoy, en el día nacional de las víctimas del conflicto armado, se insta al Estado a reconocer al medio ambiente como una víctima sujeta a reparación. Bien sea por los servicios ecosistémicos que provee o por el respeto que el ser humano le debe —ya que hace parte de este—, la actividad humana no puede ir en detrimento permanente de la naturaleza. De ser así, no solo serán las pandemias las que nos hagan quedar en casa.