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  • Guillermo Linero

Los aviones de combate y el poder de la palabra

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


El gobierno de Gustavo Petro anunció la semana pasada la cancelación de la compra de una flotilla de aviones de combate. Se les vino encima la fecha de la pérdida de vigencia presupuestal, al parecer por causa de la misma negociación. Se trataba de cerrar un negocio iniciado en gobiernos anteriores y, según los entendidos, al verse involucrada la seguridad de la nación resultaba una diligencia inaplazable. De hecho, los cazas de fabricación israelí que posee la FAC, los denominados Kfir, han cesado en su utilidad como vigilantes de nuestras fronteras.

Los nuevos aviones, de haberse concluido la negociación, serían tipo Rafale, de fabricación francesa, que son aviones con la virtud esencial de disuadir o destruir enemigos. En tal entendimiento, es fácil aseverar que en manos de los gobiernos uribistas serían empleados para acciones de seguridad externa; pues estos cazas franceses han demostrado efectividad en derribamientos de Sukhoi (los aviones de fabricación rusa que hacen parte del ejército de Venezuela). Tampoco es difícil aseverar que en manos del gobierno de Petro, de haberlos comprado, los usarían para acciones de seguridad interna, bombardeando pistas ilegales e inhabilitando rutas aéreas de grandes narcotraficantes.

Lo cierto es que la opción de tal compra –repito que cancelada– fue criticada por sectores de la oposición, como por miembros del petrismo y del Pacto Histórico. Algunos argumentando que dicha inversión (más de dos mil millones de dólares) saldría de los réditos de la actual reforma tributaria y desplomaría los programas de inversión social. Otros –los más sensatos– argumentando que en la adquisición de esos aviones de combate hay una contradicción con el espíritu del programa de gobierno del presidente Petro. Comprar armas va en contravía de la anhelada Paz Total y riñe con uno de sus más sonados lemas de campaña: “seremos el gobierno de la vida”.

Pero, bueno, si bien las inquietudes de los primeros críticos fueron saldadas –porque en su cuenta de Twitter el presidente ha precisado que “no se gastará un solo peso de la reforma tributaria ni de la inversión social en aviones de combate”– los otros han dejado expuesta y vigente una preocupación real: ¿hay coherencia en un gobierno que promueve la paz y al tiempo se surte de armas letales para la guerra?

La respuesta tal vez la podríamos elaborar en justicia, si consideramos el contexto de nuestros orígenes. La práctica de la guerra y el uso de las armas de fuego, más que un fin o propósito de una persona, obedecen a un instinto o impulso connatural de la especie, a una suerte de finalismo orgánico, tal y como lo entendía el filósofo Henri Bergson; es decir, como la manifestación de una concepción de la realidad (la concepción de la necesidad de las armas para obtener alimentos) dada o condicionada por el futuro (la responsabilidad de permanecer vivos).

De hecho, la lanza, que es la primera herramienta fabricada por el homo faber, tenía en sus principios dos funciones básicas: una como instrumento de caza para la consecución de alimentos (en remplazo de la fuerza física) y otra como arma de disuasión contra los semejantes peligrosos (en reemplazo de las palabras). Cazar para alimentarse y usar esas mismas armas para defenderse, dos actuaciones que buscaban una sola cosa: permanecer vivos.

De aquellas lanzas primitivas se perfeccionarían cuchillos y espadas, armas llamadas blancas porque resplandecían con el sol y no porque su efectividad estuviera limitada por la corta distancia de su objetivo. De las armas blancas podría librarse cualquiera solo corriendo. De ahí la importancia del surgimiento de las armas de fuego, pues su efectividad reside en el alcance de largas distancias, que una cualidad importante de los aviones de combate.

El poder destructivo de las armas de fuego hizo que el sentido común o el instinto de conservación de la especie (la responsabilidad de permanecer vivos) desarrollara también la advertencia de que a ellas solo debe recurrirse cuando para cazar animales no alcanza la fuerza física o cuando para contener la ofensa de un enemigo no alcanzan las palabras.

Inventadas en el siglo XIII por los chinos, fueron los estadounidenses quienes perfeccionaron las armas de fuego en su tecnología y eficacia modernas, y fueron ellos quienes las empezaron a producir industrialmente. Los estadounidenses también serían los primeros en poner en boga entre los ejércitos del mundo la idea de la carrera armamentística.

Sea como fuere, la mayor tara de la humanidad son las armas y con ella las guerras. Contrario a lo históricamente explicado por los filósofos (pienso en Heráclito, en Kant, en Marx y Engels), ninguna guerra es justa. Estos filósofos solo veían el daño que les producían las armas a los seres humanos que se enfrentaban con ellas en franca lid. Hoy, la repulsa a la guerra está fundada en razones más poderosas, pues las armas de fuego, como las usadas por los Rafale, no solo les quitan la vida a personas indiscriminadamente, sino además afectan el medio ambiente: envilecen los suelos, contaminan las aguas, devastan los bosques, destruyen las especies, agostan la biodiversidad y desequilibran la cadena alimenticia.

Pese a ello, con la excusa de que la acción guerrerista no implica la ofensa, sino la defensa, la humanidad no ha podido reprimir su parte moral inclinada a validar lo bélico. Si plegados al pensamiento de Bergson, aceptamos que el estímulo de las guerras es el instinto –que por acto reflejo centra su poder en las armas–, entonces también vale reconocer que frente a esa tendencia negativa de la especie, existe el opuesto positivo, el poder de la palabra. Las palabras nos permiten cavilar y reflexionar acerca de cómo la humanidad podría desmontar sus vicios morales y sus esquizofrenias que implican la agresión a sí mismos y al planeta.

En el presente podemos decir que ese cambio –que descuenta el poder de las armas y privilegia el poder de la palabra– ya está en curso, aunque tímidamente. El sueño de desmontar las guerras se ha hecho realidad en procesos de desmilitarización llevados a cabo por estados nacionales geopolíticamente muy cercanos a Colombia, como Costa Rica y Granada, y en países lejanos como Irlanda y Andorra.

Naciones que, entre otras pocas, se ufanan de no tener ejércitos. No obstante, tanto Costa Rica como Granada, por ejemplo, hacen parte del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, tratado que implica la protección en asuntos de defensa militar. También, en virtud de sendos acuerdos, Andorra es protegida por España y Francia, e Irlanda ha blindado su seguridad nacional al integrar la Otan, que es un brazo armado de la Europa de hoy. De cualquier modo, la actitud política de estos pocos países es un buen comienzo para que los gobernantes tengan por principio ético que su país no es o no debe ser un cuartel, sino un centro de actividades científicas, artísticas y culturales, un centro de actividades para que ocurra la vida.

En semejante contexto, por muy serio y verdadero que sea un discurso de paz o la voluntad de un gobierno para acabar con la guerra, tendrá que argumentarse sobre la base de este entendimiento: la defensa militar es necesaria incluso en aquellos países que se han desmilitarizado. Y así será hasta cuando al poder de las armas lo desmonte el poder de la palabra. El poder de la palabra es el discurso que protege a la especie, partiendo de que ella, siendo consciente de su propio valor, no debe ni puede auto agredirse.

Cuando un presidente como Gustavo Petro advierte la necesidad de proteger el planeta, la necesidad de asistir alimentariamente a la población, la necesidad de crear procesos de educación y trabajo para que el progreso ocurra, estamos frente a un típico mandatario cuya letalidad no está fundada en el poder de las armas. Con todo, ello no le da autoridad para que descuente el principio de seguridad nacional que en un mundo donde todavía el hombre es lobo de sí mismo, es un asunto de urgente necesidad. Esa es la presente realidad universal: el país que no cuente con un ejército propio o con uno ajeno que lo proteja, es inmediatamente absorbido por aquellos que sí los tienen.

 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.

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