Las tres agendas del uribismo

Por: León Valencia, director – Pares


Escribo esta columna con el temor de que resulte confusa o poco creíble. Quiero demostrar que, a escasos dos meses del retorno del uribismo al poder, se pueden ver tres agendas, no necesariamente antagónicas o contradictorias, entre las fuerzas del nuevo gobierno: la de los parlamentarios, la de Uribe y la de Duque.

Ernesto Macías, escogido por el Centro Democrático para liderar el Senado, marcó en su discurso de posesión la agenda de los parlamentarios de este partido. Es un discurso especialmente crítico del anterior gobierno, que agita permanentemente el fantasma del castro-chavismo, Macías insiste en negar o reformar los acuerdos de paz con las FARC y en llevar a cabo algunas de las propuestas más polémicas de la campaña electoral; en la reforma a la justicia con la idea de una sola corte; en las propuestas de hacer una jurisdicción especial para los militares en la justicia transicional o en arrebatarle a la JEP la competencia para los delitos sexuales en medio del conflicto; en la oposición a la Consulta Anticorrupción o en su crítica a algunas de las iniciativas que ha presentado el gobierno en acuerdo con todos los partidos para hacer realidad los puntos claves de esta consulta; y en su discurso para impulsar una intervención militar en Venezuela.

El expresidente Uribe se mueve en estas ideas, pero tiene su agenda propia obligada por sus graves líos judiciales y también, y muy especialmente, por la urgencia de mantener su propia ascendencia en la opinión pública, acudiendo al rentable papel de víctima de persecución política y explotando al máximo las redes sociales donde tiene millones de seguidores. Hubo un momento tenso donde copó el debate público con su amenaza de renuncia el Congreso, la recusación a los magistrados que tenían en sus manos el proceso por obstrucción a la justicia y fraude procesal y el desafio a la justicia. Después vendría su propuesta de alza especial del salario mínimo o la negativa a gravar con IVA la canasta familiar. Consciente de que estas propuestas le dan un nuevo matiz a su perfil populista en momentos en que la confrontación con las FARC va perdiendo su arrastre en la opinión.

Al presidente Duque se le ve navegando en un mar que conoce muy poco, tratando de mantener las apuestas de campaña y los compromisos con el uribismo, pero buscando con afán una adaptación realista al momento político y a un gobierno con mayorías precarias en el Congreso; enfrentado además a una oposición nada desdeñable por los votos y la bancada parlamentaria que conquistó en una campaña excepcional en la vida colombiana. Escogió con sumo cuidado temas que resultaban taquilleros en la opinión pública, aunque bastante problemáticos a la hora de su implementación: se montó en la consulta anticorrupción contrariando a su propio partido; aprovechó el escandaloso aumento de los cultivos ilícitos para retornar a la vieja estrategia de fumigaciones, persecución a los campesinos cocaleros y a los consumidores y alineamiento incondicional con el gobierno de los Estados Unidos; y se fue lanza en ristre contra Nicolás Maduro y el régimen venezolano, agitando los sentimientos que producen la dolorosa ola de migraciones y la escalada del hambre y desamparo en el vecino país.

Para sacar adelante los compromisos contra la corrupción tendrá que superar las mañas de la variada gama de parlamentarios que han alimentado su carrera política pegados al erario público de manera ilegal o indebida, ya empezaron a sonar las voces contra la reducción de salarios o la abolición verdadera y real de los cupos indicativos o la distribución milimétrica de puestos y canonjías. El camino escogido para la lucha contra el narcotráfico lo enfrentará a los campesinos cocaleros, a los consumidores y las cortes; y en su disputa verbal con Maduro se puede estar metiendo en el lodazal de una confrontación militar que la mayoría del país va a rechazar sin duda alguna.

Escogió temas que le podían dar réditos inmediatos en la opinión, pero no pudo obviar un chicharrón que siempre genera grandes controversias e inconformidades: la reforma tributaria. Con el agravante de que, en este caso, está en manos de un ministro, Alberto Carrasquilla, que no ha mostrado habilidades especiales para comunicar sus propuestas y tiene sobre sus hombros graves cuestionamientos por su participación en la gestión de los llamados bonos agua o bonos Carrasquilla.

La pregunta que circula en los mentideros políticos y en la opinión pública es si estas agendas podrán desarrollarse en forma paralela sin afectar la unidad de la coalición de gobierno o si en algún momento entrarán en contradicción y producirán rupturas como las que se produjeron con el gobierno Santos. Por lo pronto los protagonistas insisten en que estamos ante una manera distinta de hacer política en la que las diferencias entre el Centro Democrático y sus alfiles en el Congreso con el Gobierno de Duque son normales en medio de una unidad estratégica indestructible.