Las mujeres Emberá tejen su vida en el fogón

Por: Erika María Montaño Rojas

Investigadora

Línea Jóvenes en Riesgo y Participación Juvenil


Ubaldina, una de las mayoras de la comunidad Emberá de Pueblo Rico Risaralda, vive hace más de veinte años en Pereira y teje su vida alrededor del fogón. Mientras cocina no deja de contar historias, manteniéndolas más viva que nunca. A lo largo de su vida ha asistido muchos partos en su comunidad. Es tejedora de saberes, en sus manos trae el fuego, la montaña, teje en sus collares los colores de la madre tierra.


Las tradiciones de su vida se fundamentan en el fogón. Nos convoca a reunirnos en círculo para escucharle. Ella, que poco sabe hablar en capunia (así llaman a las personas no indígenas), se expresa con el corazón, con su mirada profunda y tranquila. Mantiene en sus manos varios de los alimentos que luego irán al comedor para ser degustados.


Sol Nacavera cocinando. Foto: Santiago Ramírez Marín


Las demás mujeres traducen a Ubaldina. Ella recuerda cada paso y en su hablar, los ingredientes, la preparación de platos ancestrales típicos de los Emberá. Con sus nietas e hijas van hacia la huerta para recolectar las hojas que tiene la planta de cidra, con su manos ajadas y oscuras, ya por los años, nos enseña que este ingrediente es delicioso en platos como sopas.


Niñas, jóvenes y adolescentes escuchan y recuerdan en círculos de palabra los platos que les ‘arrebataron’ de sus territorios; platos con ingredientes que ellas mismas cultivaban y que la madre tierra les proveía. Pescado, cerdo, chontaduro, maíz…entre otros. Los Emberá, sin embargo, cuentan con sabedores y sabedoras que pueden contar y recordar su tradición. De no contar sus historias, estas se perderían en el tiempo. Muchos se han ido a las ciudades o se han apartado de sus territorios, otras culturas y otras prácticas se han incorporado a su forma de vida.


En Pereira hay mujeres emberá lideresas de sus comunidades que están abiertas a recuperar y apoyar procesos sociales y culturales. De los 200 mil indígenas que se estiman en toda Colombia, un poco más de 5 mil habitan en zonas urbanas. Gladis Nacavera es artesana, madre y líder de su comunidad. Se apasiona traduciendo las respuestas de Ubaldina y las preguntas de nuestro equipo, su poder ha sido el de alzar su voz y sobre todo vivir como si estuviera en la zona de donde la expulsaron. Nos cuenta que en su comunidad poco las dejan participar en política, aun así, continúa con la lucha de género, pues el hombre emberá está acostumbrado a ver a la mujer como proveedora y cuidadora de sus hijos. Gladis se apasiona con los temas de recuperación y conservación de saberes. Trae su etnia en el alma con una mirada de mujer líder y gestora de procesos sociales que involucren a la mujer Emberá.


Ubaldina, mayora de la comunidad. Foto: Santiago Ramírez Marín


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Fundación Paz & Reconciliación (Pares): Ubaldina, ¿cuál es el plato que más recuerda?

Ubaldina: recuerdo el plato de ortiga, y la sopa de maíz.


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Las comunidades de origen tienen en sus platos una variedad de alimentos saludables, que al llegar a la ciudad se van perdiendo. Recuperar once platos, llevarlos a un recetario con la participación y la entrega de 21 mujeres y niñas es gratificante. Poder construir desde los círculos de palabra. Desde la historia alrededor del fuego. Juntas construyen soberanía.


Si bien es cierto que las mujeres emberá cuentan con muy poca participación como lideresas, en los últimos tiempos ellas se han empezado a educar, terminar sus estudios de primaria y bachillerato, y se han motivado a profesionalizarse. Cuidan de sus familias, aportan económicamente desde las labores que ejercen como artesanas. Habitan una ciudad de concreto donde su identidad es señalada por la mayoría de los capunias, las etiquetan como las ‘indias’ de manera despectiva.


La educación en Colombia no centra líneas estratégicas, pedagógicas o con enfoque diferencial. Niños y niñas prefieren desertar de sus estudios para dedicarse a quehaceres del hogar, en donde deben cuidar de sus hermanos menores mientras sus madres están fuera de casa.


Sin embargo, Katherine, de 14 años. hija del sol y del Gobernador Nelson Nacavera, piensa convertirse en profesional en medicina cuando termine sus estudios de bachiller. Katherine escucha atenta a sus mayoras sobre los platos. Ella no ha comido, en lo que lleva viviendo en la ciudad, algunos de estos platos.


Los niños, niñas y adolescentes poco construyen desde sus saberes, ellos ya se empiezan a occidentalizar y a veces se avergüenzan de sus costumbres. Incluir en la educación un sistema con enfoque diferencial es fundamental para la conservación y recuperación de saberes. El arte, la cultura y la pedagogía son fundamentales, es necesario hacer que la participación y la colectividad sean ejes centrales de la propuesta. Serían caminos de cambios positivos para los pueblos de origen.

Concluir con un compartir, cerrar la investigación alrededor de la mesa deleitándonos con estos platos con el grupo de mujeres...hicimos entre todas un instante sublime.


Por un momento estábamos hablando de los sabores que estábamos sintiendo. De pronto, Ubaldina empezó a cantar, sus ojos estaban cubiertos de lágrimas, su tonada era cada vez más alta, con su lengua ella logró cautivarnos a todos, con su voz fuerte y dulce a la vez. Terminó con una gran sonrisa, sus ojos brillan y su carcajada nos encantó. Preguntamos qué traducían sus palabras, había acabado de cantar y nos dijeron que agradecía por los alimentos presentes ese día. Además, Ubaldina rompió un código de su cultura, no tenía permitido cantar con los capunias. Ese día Ubaldina se abrió a compartirnos sus cantos, demostrando que alrededor del fogón se gesta hermandad, confianza. Gratitud. Soberanía.


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Adenda: el recetario Wera Urukubú, que traduce ‘mujer fuego’, fue ganador de la Convocatoria de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Pereira.


Gracias a esta experiencia gastronómica por permitirnos recuperar estas maravillosas técnicas ancestrales alrededor de fogón. Gracias a la mujeres, niñas y adolescentes del cabildo Kurmado.


Fotografías: Santiago Ramírez Marín