La paz legal es la de la barbarie

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


Las ocurrencias políticas del presidente Duque son tan surrealistas como las de Ubú Rey, el dictadorzuelo de la obra de Alfred Jarry. Digo esto, tras darle vueltas –no más de dos porque es algo muy elemental- a su aseveración acerca de que hay una paz legal y otra ilegal. De hecho, ni siquiera hay que verificar si en la realidad de lo razonable, de lo lógico y de lo sensato, podría existir esa doble acepción en un término como la paz, tan compacto en su mensaje que hasta un niño entiende su ejercicio igual a una expresión natural del ser. Del ser que se expresa en todos los actos de la conducta humana con fidelidad al bien.


Partiendo de ese entendimiento primario, el dilema sobre la ilegalidad o legalidad de la paz se desdibuja. No obstante, otorgándole a Duque el beneficio de la buena fe y reconociendo su afectación política, podemos interpretar que él hace referencia a una paz sin instituciones que aseguren su práctica, una paz sin respaldo de derecho o sin acuerdo legal. Una postura, la del presidente, desconocedora de la verdadera paz, que surge espontáneamente de la armonía entre quienes ocupan, sin rivalizarlo, un espacio vital.


Lo natural, lo obvio y –permítanme decirlo de manera frívola- lo bonito, es que la paz ocurra sin necesidad de que dos personas o bandos, firmen un acuerdo, y de tal modo haya que promoverla. Esa sería la verdadera paz, la de los pacifistas. Cuando los que para conseguirla necesitan reunirse y firmar documentos,