La paz legal es la de la barbarie

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


Las ocurrencias políticas del presidente Duque son tan surrealistas como las de Ubú Rey, el dictadorzuelo de la obra de Alfred Jarry. Digo esto, tras darle vueltas –no más de dos porque es algo muy elemental- a su aseveración acerca de que hay una paz legal y otra ilegal. De hecho, ni siquiera hay que verificar si en la realidad de lo razonable, de lo lógico y de lo sensato, podría existir esa doble acepción en un término como la paz, tan compacto en su mensaje que hasta un niño entiende su ejercicio igual a una expresión natural del ser. Del ser que se expresa en todos los actos de la conducta humana con fidelidad al bien.


Partiendo de ese entendimiento primario, el dilema sobre la ilegalidad o legalidad de la paz se desdibuja. No obstante, otorgándole a Duque el beneficio de la buena fe y reconociendo su afectación política, podemos interpretar que él hace referencia a una paz sin instituciones que aseguren su práctica, una paz sin respaldo de derecho o sin acuerdo legal. Una postura, la del presidente, desconocedora de la verdadera paz, que surge espontáneamente de la armonía entre quienes ocupan, sin rivalizarlo, un espacio vital.


Lo natural, lo obvio y –permítanme decirlo de manera frívola- lo bonito, es que la paz ocurra sin necesidad de que dos personas o bandos, firmen un acuerdo, y de tal modo haya que promoverla. Esa sería la verdadera paz, la de los pacifistas. Cuando los que para conseguirla necesitan reunirse y firmar documentos, por lo general es por su médula de guerreristas, y la mayoría de las veces ambos firmantes son ajenos a la esencia de la paz, que es la comunión. De hecho, esta no es una ocurrencia gratuita, basta preguntarse: ¿Quiénes han firmado la paz en la historia de nuestro país?, o mejor, ¿qué presidentes han firmado acuerdos de paz en Colombia?


Entre otros, los más relevantes de nuestra historia reciente son: Belisario Betancur, que firmó el llamado “Acuerdo de la Uribe” con las entonces Farc-Ep, con la Autodefensa Obrera, con el EPL, con el Movimiento Armado Quintín Lame y con el M-19; pero, tras la toma del palacio de justicia guardó hasta su muerte un silencio cómplice con los militares que hicieron de las suyas en dicha toma. Virgilio Barco firmó acuerdos de paz con el EPL, con el MAQL y con el M-19; pero se le acusa de haber participado en el exterminio de la Unión Patriótica. Juan Manuel Santos, obtuvo el premio nobel de la paz, por haber firmado el acuerdo de paz con la Farc –sin duda el acto más relevante de la historia política reciente de Colombia- después de ser, en calidad de ministro de defensa, un enterado de los falsos positivos (más de 5.000 jóvenes fueron asesinados por el ejército en una feria de bonificaciones) si acaso no fue engañado por sus propios generales o por su único jefe.


De tal suerte, una paz adscrita al rigor y exigencias de una ley, es una paz maculada. Es una paz menos cierta que ficticia. En el presente, la paz es más el concepto que se tiene de ella después de los tantos acuerdos que suscitaron las atrocidades de la primera y la segunda guerras mundiales; es decir, una paz cuya ocurrencia se concentró estrictamente en el plano de los derechos humanos (la opción pacifista) y no en el de las estrategias militares (la opción guerrerista).


Si partimos de cómo la paz puede existir sin necesidad de ser llevada a la normatividad; entonces solo habría que ejercerla, y hacerlo desde lo más elemental; escuchando a los demás y dándoles espacio a quienes piensan distinto a nosotros. La paz de los acuerdos, por el contrario, es la de la barbarie; por eso, desafortunadamente, nos corresponde como modelo, máxime bajo gobiernos donde son asesinados a granel los líderes sociales y quienes le apuestan a la paz. La paz de los acuerdos no les gusta a todos; pero debemos aceptarla con estoicismo, precisamente para ejercer un día la paz verdadera, la que fluye cuando quienes la ejercen son seres humanos evolucionados. La paz sin condiciones; fundada en nuestro comportamiento benévolo e independiente de cómo se comporten los otros.


Los estudiosos ya han precisado dos maneras en que se comprende política e ideológicamente el concepto de paz; precisando la existencia de una “paz positiva” y su opuesta “paz negativa”. El politólogo noruego e investigador de conflictos sociales, Johan Galtung, las define así: “Es importante distinguir entre la ‘paz negativa’ y la ‘paz positiva’. La ‘paz negativa’ es la ausencia de un enfrentamiento violento y el mecanismo para alcanzar esa meta es la solución de los conflictos existentes. La ‘paz positiva’ es otra cosa, es la generación de una relación armoniosa y ella se consigue cuando dos o más entidades en conflicto emprenden proyectos juntos y los beneficios que genera ese proyecto son repartidos equitativamente. No iguales matemáticamente, pero es importante que no haya desigualdades flagrantes entre las partes”.


Si reparamos nuestro escenario político a la luz de esta reflexión de Galtung, encontraremos cómo a la denominada “paz negativa” correspondería a la promovida por el expresidente Santos, frente a lo cual y en consecuencia con la lógica del investigador noruego, corresponde implementar programas de paz y reconciliación, que nos conduzcan a la “paz positiva”. A esta “paz positiva” ningún presidente se ha atrevido a impulsarla; tal vez, porque implica desmontar la inequidad; es decir, el gran surtidor de riquezas de los políticos y de los gobernantes.

Quienes entienden la paz solo como la ausencia de la guerra, o como la tregua entre oponentes –la paz negativa- y no como la armonía solidaria –la paz positiva- son aquellos que no han podido desprenderse de la tradición de odios y venganzas que nos caracteriza como nación o quienes, independiente de esto, piensan que el mundo es suyo, y suponen por ello que pueden explotar laboralmente, amedrentar y hasta quitarles la vida a sus empleados, a sus vecinos o a quienes cuestionen sus modos e inequidades.

Si eso lo entendiera Duque, por ejemplo, sabría que el mismo sistema de derecho -igual que la paz legal- es una muleta que desecháremos cuando aprendamos a ser justos, sin que existan restricciones, ni presiones legales que nos lo exijan. Cuando nuestros gobernantes entiendan esto, la paz fluirá sin que nos demos cuenta, y lo hará de una manera natural, sin marcos legales.