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La mujer que fue feliz viviendo al lado del mayor campo de exterminio nazi

Por: Iván Gallo


Seleccionando a los prisioneras y prisioneras a la llegada al campo de concentración de Auschwitz. Fotografía: AP 1944



A Hedwig Hensel le gustaba la ropa que sus sirvientes le traían de los barracones de Auschwitz. En sus tardes de ocio se probaba frente al espejo los abrigos de piel que se acumulaban sobre su cama. A veces le preocupaba que su cuerpo grueso no encajara en algún vestido. Sabía de dónde venían esos trajes. Sabía a quién se los arrancaban. En sus diez años de matrimonio Hedwig nunca había sido más feliz. Tenía lo que quería. Una casa de tres plantas, dos sirvientes, un jardín esplendoroso, cuidado con escrúpulo marcial por dos hombres vestidos con trajes a rallas, una piscina y, a diferencia de la mayoría de familias alemanas durante la II Guerra Mundial, comidas y bebidas sin restricciones. La felicidad era tan grande que los gritos de horror, la fumarola perpetua, los disparos que pudieran surgir detrás del muro del patio no la perturbaban.


Estaba orgulloso de su esposo. Su esposo se llamaba Rudolf Hoss. La historia lo reconocería con un sobrenombre poco amable “El animal de Auschwitz”. Amaba su trabajo. Fue el hombre que se inventó las cámaras de gas para aniquilar judíos. A veces, cuando lo invitaban a los fastuosos bailes que hacía en su nube de opio el Tercer Reich, podría imaginarse cuanto veneno necesitaría para aniquilar a todos los danzarines que sonreían en la sala. Era el supremo comandante de Auschwitz. Para hacer más eficiente su trabajo el Fuhrer ordenó que viviera en una casa al lado del campo. A muchas familias de comandantes SS les molestaba encontrar, en el río contiguo a las casas, maxilares, costillares, cráneos humanos. No podían vivir con la tos que generaban los hornos crematorios donde se incineraron millones de cuerpos. Les aterraba tener que escupir, entre la ceniza, vértebras humanas que se les habían colado en ese aire viciado. Ni Rudolf ni Hedwig padecían resquemor alguno. Tenían la consciencia tranquila.


Todos los días apagaban las luces de su casa como si nada pasaba. Cerraban la ventana y las cortinas para no escuchar el llano, las súplicas, el crepitar de las llamas. A Hedwig lo único que le daba miedo es que, después de la guerra, en donde Alemania sería el único e incontrastable imperio, los reubicaran en una casa más modesta. Amaba su hogar. En julio de 1944, cuando todo el mundo sabía que la guerra estaba perdida para el Reich, cuando incluso unos oficiales valientes quisieron asesinar en su propio búnker a Hitler con una bomba que sólo le causó rasguños al monstruos, Rudolf y Hedwig vivían su propio delirio. En ese mes se ordenó el traslado de 300 mil húngaros al campo de concentración de Auschwitz. La orden era aniquilarlos. Hoss nunca estuvo tan ocupado.


A Auschwitz llegaban trenes todos los días. Trenes cargados de prisioneros que no sabían su destino. Aunque en el viaje lo podían intuir. Eran viajes que duraban dos, tres semanas. Los vagones atestados de gente. Era tal el hacinamiento que muchos morían de pie. Los cuerpos ni si quiera caían al suelo. Se pasaba hambre, sed, frío o calor. A veces los trenes se detenían durante horas, a la vera del camino. El viaje era el primer filtro para determinar quien moría y quien seguía. Las mujeres, los niños y los viejos que llegaban al campo de concentración eran puestos en una fila diferente. La banda que los esperaba en la estación del tren, tocando marchas militares y el letrero de la entrada El trabajo los hará libre, no era más que un poco de humor negro alemán. Para muchos de los judíos que llegaban era una razón para creer que no todo estaría mal, que no era un infierno, que sobrevivirían, que si a los niños, a las mujeres y a los viejos se los llevaban era para reubicarlos en lugares más cómodos. Trato diferencial. Sólo hasta el final, cuando los rusos los liberaron, se enteraron de la verdad.


En enero del 2015 Auschwitz fue liberado. Los rusos no podían creer lo que vieron. Montañas de cadáveres, una infraestructura creada para destruir vidas.


Cuando todo estaba perdido Hoss intentó escapar de la justicia vestido de jardinero. La propia Hedwig, su esposa, lo denunció. Fue juzgado en Nuremberg en donde intentó escapar de su destino tomándose una pastilla de cianuro. No murió. Durante el juicio le recordaron los elogios que le hizo Hitler al ser el gran arquitecto del asesinato en masa, según el Fuhrer él era un "verdadero pionero en esta área debido a sus nuevas ideas y métodos educativos".


Su cinismo durante el juicio llegó al momento cumbre cuando el juez lo acusó de haber matado a tres millones de personas. Él lo corrigió diciéndole lo siguiente: “Solo fueron dos millones y medio, los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad".


Rudolf Hoss fue condenado a muerte. En 1947 el tribunal de Nuremberg se lo entregó a los polacos quienes decidieron ahorcarlo en el campo de Auschwitz. Su esposa Hedwig escapó a Canadá donde vivió hasta 1989. Esta pareja, que resume la banalidad del mal, es la protagonista de la película Zona de interés, una de las mejores del año y que competirá próximamente por el premio Oscar.







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