La ilusión del cambio

Por: Walter Aldana Político social alternativo

Es cierto que todo estímulo genera una reacción. Quizás ante un gobierno “legal” como el de Duque por su resultado en las urnas, pero ilegítimo por sus énfasis en el bienestar (razón final del contrato social), es que se levantó, desde el 21N, un sector importante de la población en la exigibilidad de sus derechos.

A la indignación de personas mayores por la desfachatez de los gobernantes (quienes presentaron una reforma tributaria que gravaba el ingreso de los pobres y la clase media, antes que a los capitales) y a las palabras de los voceros del modelo neoliberal en el afán de convencer sobre las «bondades» de su política, se sumó la construcción de propuestas y visibilización de las mismas por parte de las y los jóvenes, quienes se han tomado en sus manos y con sus pasos, en la movilización, la responsabilidad de construir su futuro.

En una sociedad decente las personas de la ciudadanía se expresan libremente. Me refiero al derecho a la protesta, aquello que se reconoce como legítimo por nuestra Constitución política. El espacio público se disfruta y se defiende su existencia, es escenario de cantos, consignas, es teatro de construcción de ciudadanías a partir del relacionamiento comunitario.

El papel de las instituciones señaladas por la ley como garantes de esos derechos en la relación con la comunidad (titular de los mismos) se ha ido perdiendo. Ante la transformación, cada día más evidente, del Estado social de derecho al estado de opinión, en más de veinte años de hegemonía uribista, nuestra democracia se ha venido debilitando, al punto de tener un sinnúmero de hechos signados por la corrupción y la ilegalidad en las altas esferas de la política y la administración que los diarios y noticieros de televisión no pueden esconder.

A la generación presente de jóvenes le enseñaron sus maestros que Colombia era una democracia con tres ramas del poder público: Ejecutivo,