La ilusión de la verdad en la política

Por: Guillermo Linero Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda  


Buena parte de los nacionales que han viajado o viajan al exterior han manifestado que, a cuanto sitio llegan, les asocian con la delincuencia; especialmente con el narcotráfico. Igual se sabe que eso les ocurre tanto en Bolivia como en la China, y que eso es consecuencia de informaciones que le llegan al mundo repetidas veces. Informaciones donde se nos describe como narcotraficantes y, aunque no se tengan datos precisos que involucren a cada persona de ciudadanía colombiana en ese delito, lo corriente es que el mundo entero piense que eso es cierto.

La repetición de esa falsedad (en series, películas y noticias sobre el tema, en las que el centro espacial y cultural es Colombia) la hace aparecer como una irrefutable verdad, pese a que las colombianas y los colombianos no somos todos traquetos. Se trata de un efecto sicológico que determina nuestra visión del mundo sobre la base de que aquellas informaciones, a las que nos exponemos repetidamente, las percibimos como más verdaderas.

Esto es así porque una suerte de pereza o comodidad mental –muy connatural al comportamiento animal– nos dispone a elegir siempre los mecanismos de facilidad cognitiva (“los caminos del lobo”, les digo yo). La facilidad cognitiva –que es un término acuñado por los sicoanalistas posmodernos– da cuenta de cuánto está trabajando tu cerebro, y si lo hace desde lo más elemental (como cuando estás viendo ballenas) o si desde lo más complejo (como cuando estás pensando en soluciones para los problemas de tu país).

Las cosas irrefutablemente verídicas, como observar ballenas, suelen generar facilidad cognitiva y todos podemos dar fe de ello, como cuando alguien dice que “el agua moja”, que “la tierra es redonda” o que “las ballenas son gigantes”. Esas verdades axiomáticas no solo las percibimos como verdaderas, sino además las sentimos familiares. Las receptamos sin ningún esfuerzo y las consideramos muy bien dichas. Pero ello no sería ningún problema, de no ser porque la facilidad cognitiva puede fabricarse artificialmente –como suelen hacerlo los políticos– y, si te repiten el estímulo contrario a esas verdades, puedes propagar como un hecho verídico que “el agua reseca”, que “la tierra es plana” y que “las ballenas son diminutas”.

En la universidad de Michigan realizaron uno de esos experimentos que, por basarse en estadísticas y encuestas, suelen parecernos fríos y aburridos, pero que a la final nos resultan eficientes herramientas cuando se trata de sustentar tesis acerca del comportamiento humano y su espíritu cambiante. Sin advertirles a sus lectores, publicaron en la revista del campus universitario una serie de palabras carentes de significados. La mitad de ellas fueron publicadas varias veces y las otras muy pocas veces. En otra sede de la misma universidad hicieron lo propio con las mismas palabras, pero allí imprimieron con mayor frecuencia las que en la otra sede habían relegado.

Al cabo de unos días, se les pidió a los lectores que calificaran el significado oculto de aquellas palabras sin sentido, y que lo hicieran en una escala de valores de lo bueno a lo malo. Sin sorpresa, en ambas sedes los resultados fueron los esperados: mientras más frecuentemente había aparecido una palabra, más personas creyeron que significaba algo bueno. Así que, con la suficiente repetición, incluso una palabra sin sentido puede sentirse familiar y, en consecuencia, puede incentivar la facilidad cognitiva y acentuar la sensación de que algo es bueno.

En una estrategia muy cercana a la de los sofistas –cuyo razonamiento tiene como objetivo la eficacia persuasiva y no la verdad–. Las personalidades políticas de hoy han comprendido eso y han aprendido a usarlo maquiavélicamente. De hecho, sabiendo que los experimentos muestran que las palabras se perciben mejor luego de verlas y/o escucharlas varias veces, los políticos han construido, en reemplazo de sus discursos retóricos, los llamados eslóganes: frases cortas que en un instante visual resumen sus programas o sus intenciones que, las más de las veces, son engañosas. Recordemos el eslogan de Uribe, quien, teniendo el corazón pequeño y mineralizado, rezaba: “Mano firme y corazón grande”. O el eslogan de Duque: “Economía, innovación social, desarrollo y cultura”, cuando no ha hecho sino maniatar la economía, innovar las formas de reprimir a los jóvenes que reclaman por sus derechos, estancar el desarrollo y ofrecer como cultura la medianía artística de Juanes y Maluma.

Incluso, también está demostrado que muchos electores decidieron apoyar a determinados políticos –sin importarles si en verdad son personas dignas de elegir– solo por encontrarlos más agradables después de ver repetidas veces su retrato. Igual pasa con los llamados youtubers o influenciadores que son famosos por nada –o solo son famosos por ser famosos–, pero, querámoslo o no, realmente estas personas tienen fama por la misma razón que cualquier medallista olímpico la tiene: porque hemos escuchado sus nombres y hemos visto sus rostros una y otra vez, y eso nos conduce a procesarlos con facilidad cognitiva, lo cual se siente bueno.

No en vano, la facilidad cognitiva está en la base de la publicidad. Si mostramos repetidamente la imagen de un rostro desagradable, más temprano que tarde resultará atrayente. Es una respuesta de nuestros cerebros que evolucionaron para identificar amenazas, y todo lo novedoso es una amenaza potencial. Por tal razón, buena parte de la población colombiana le teme al cambio político y prefiere al malo conocido y no al bueno por conocer.

No obstante, la repetición no es la única forma de crear facilidad cognitiva en política. En otro estudio con imágenes, a quienes se les proyectó solo el contorno de la silueta, antes que el rostro en sí, comenzaron a sonreír y a relajarse. De igual forma, las imágenes con mayor contraste fueron percibidas con más facilidad cognitiva, pues el contraste permite que se sienta a gusto el sentido de la visión. De ahí la eficacia, por ejemplo, del afiche usado por Álvaro Uribe Vélez en sus campañas, que descontaba su rostro limitándolo a sus contornos, y sus colores primarios no mezclados acentuaban el contraste.

Con la misma efectividad que la repetición, y aprovechándose de esta, suelen también usarse las asociaciones. A Gustavo Petro, por ejemplo, sus enemigos políticos con astucia malsana lo asocian al castrochavismo y al neocomunismo; y a Uribe, con argumentos fundados, se le asocia con las muertes extrajudiciales de más de 6.402 jóvenes inocentes. Una prueba fehaciente de la efectividad de las asociaciones es pedirles a los ciudadanos y a las ciudadanas que digan, por ejemplo, en una sola palabra, el resultado de asociar tres palabras. En efecto, si les enunciamos las palabras “presidente”, “paraco” y “paramilitar”, probablemente responderán que Uribe. Y si les pedimos lo mismo con estas otras tres palabras: “paz”, “pacto” y “progreso”, es posible que digan que Petro.

No todas las palabras tienen asociaciones sencillas como las expuestas, pero lo asombroso es que los experimentos muestran que las personas pueden determinar si hay una asociación en pocos segundos, mucho antes de notar cuál es la conexión; es decir, sin comprobar si hay o no verdad en su respuesta. Esto ocurre gracias a la sensación de facilidad cognitiva y gracias a que, en algún lugar del cerebro, estas asociaciones generan una chispa de reconocimiento que es placentera.

La facilidad cognitiva es útil para ser creativo e intuitivo, pero también te hace más crédulo. Por eso, en el ejercicio de la democracia, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, no hay que ser tan intuitivos, pues ello nos llevaría fácilmente a concepciones erróneas. La facilidad cognitiva es placentera, no toma esfuerzos, y es familiar; pero también puede engañarte, puede hacer que algo te parezca verdad y no lo sea, y puede hacerte sentir que estás aprendiendo cuando no es así. Por otro lado, ser escéptico y analítico (por ejemplo, no conformarse con las frases publicitarias de los candidatos políticos y leer sus programas) requiere más trabajo mental, es más confuso y no se siente tan bien, pero es la mejor manera de separar los hechos reales de los fake news.

Con todo, vale decir que, en el presente político de nuestro país, gracias a las y los jóvenes, estamos rompiendo definitivamente la facilidad cognitiva. Ante el auge comunicativo de compartir y repetir ideas más fácilmente que nunca, creo que las juventudes han desarrollado su escepticismo y hoy podemos decir, sin temor a equivocarnos, que son capaces de diferenciar entre lo que realmente es verdad y lo que solo han escuchado repetir muchas veces.

Nota: Este texto es una paráfrasis –no una parodia ni una repetición– de un capítulo de Versatium: “La ilusión de la verdad” del físico teórico Derek Muller. En: https://www.youtube.com/watch?v=w4NWes4xF6Q

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