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La guerra sucia del uribismo que no arrodilló a Carlos Gaviria

Por: Iván Gallo


Foto tomada de: Semana


Los ídolos intelectuales de Carlos Gaviria nunca fueron Marx o Lenin. Eran Borges y Kant. Nunca fue un sectario. Era un muchacho de 78 años cuando murió. Recuerdo que fue un jueves santo. Nadie se lo esperaba: fue una complicación después de una operación que le hicieron para resolver un desorden intestinal. Carlos Gaviria fue un pionero en su visión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, la despenalización de la dosis mínima y el aborto.


En las elecciones presidenciales del 2006 el amo y señor de las encuestas era Álvaro Uribe. Pudo reformar la constitución para reelegirse. Todo el aparataje de prensa, de medios, estaba con él. A la gente poco o nada le importaba que el uribismo ya estuviera podrido por dentro. Escándalos como el de la parapolítica o los falsos positivos dentro de las Fuerzas Armadas pasaban de ser un rumor a la realidad. Pero a la gente no le importó. Uribe ganó esa reelección presidencial en primera vuelta con 7.397.835 votos. Fue aplastante, obtuvo el 62.35%. La sorpresa fue que el segundo lugar lo obtuvo Gaviria con una votación histórica para un candidato de izquierda: 2.613.157 votos. El Polo Democrático, la fuerza que él había ayudado a crear, era el segundo partido político del país. Un premio a una carrera en donde siempre bordeó el peligro.


En 1987 este antioqueño nacido en Sopetrán en 1937, vio morir a uno de sus mejores amigos. Mientras iba al velorio de uno de los compañeros de lucha el médico Hector Abad Gómez, reconocido defensor de Derechos Humanos, fue abaleado por sicarios en las calles del centro de Medellín. Gaviria, acosado por las amenazas, no tuvo más remedio que exiliarse en Argentina. Regresó en 1989 a ser el subdirector de la Universidad de Antioquia. Ya sabemos lo que era en Medellín, a finales de los noventa, aceptar un cargo de importancia.

Inmediatamente estabas en la mira del Cartel y de la lógica de su capo, Pablo Escobar: Plata o Plomo. Pero a Gaviria ni lo mataron ni lo sobornaron. Él, simplemente, siguió adelante.


La Universidad la dejó en 1993 sólo para ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Amaba la academia y entre sus alumnos tuvo a uno que, con el tiempo, sería su máximo contendor político: Álvaro Uribe Vélez. En la Corte dio muestras de su progresismo a prueba de cualquier tipo de mojigaterías en un país tan conservador como Colombia. Despenalizar la dosis mínima en 1996, durante el gobierno de Ernesto Samper, era un desafío a los carteles de la droga. Al despenalizar inmediatamente el precio se baja y los que pierden son los que trafican. Y eso fue Carlos Gaviria toda su vida, un enemigo de la violencia y de la corrupción. El otro gran logro fue lograr que se aprobara la eutanasia.


En el año 2002 Gaviria sería elegido senador con una votación realmente impresionante: 115 mil votos. Hasta la derecha más recalcitrante veía en este abogado, con maestría de la Universidad de Harvard, a un hombre honorable. Mientras el país era descuartizado por la avanzada paramilitar Carlos Gaviria se convirtió en una muralla contra los excesos del uribismo, que se instaló en la Casa de Nariño desde el 2002. Un año después convence a la disgregada izquierda colombiana a unirse en el Polo Democrático en donde logró poner de acuerdo a personalidades tan fuertes como Gustavo Petro.


Entonces empezó la calumnia desde el mismo gobierno. Se le inventó que recibía cada vez millones de pesos en una pensión desmedida que había conseguido a punta de politiquería. Le bastó un puñado de sesiones en el senado para comprobar que todo se trataba de un ardid contra él. La narrativa uribista lo presentó como un extremista y un amigo de las FARC.


Aunque cuando Carlos Gaviria partió, el 31 de marzo del 2015, Alvaro Uribe le dedicó varios trinos a la memoria de su maestro, no se puede olvidar los señalamientos terribles que hizo durante la campaña presidencial del 2006. En un país en donde la vida vale tan poco es extremadamente peligroso que Uribe, con sus niveles de popularidad, haya dicho que Gaviria tenía “un sesgo guerrillero”. A los señalamientos de Uribe se sumaban las opiniones del entonces vicepresidente, Francisco Santos, quien afirmó, sin pruebas que Gaviria le había aconsejado al ELN no negociar con el gobierno de Álvaro Uribe. ¿Cuándo un demócrata como él pudo tener contacto con grupos alzados en armas?


Las balas de la infamia no sólo vinieron desde Uribe y sus subalternos sino que también fue objeto de críticas desmedidas por parte de columnistas como Mauricio Vargas quien lo calificó de “viejo mamerto”. Gaviria tuvo sus roces con Gustavo Petro y también con Lucho Garzón. Era un hombre de extrema vitalidad y su muerte, hace nueve años, nos sigue pesando. ¿Qué posición tendría ante el temple que ha demostrado Petro como presidente? Hombres como Carlos Gaviria no deberían irse jamás.

 

 

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