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  • Guillermo Linero

La Gran Colombia: un ave fénix

Por: Guillermo Linero

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


De todos los miedos que la derecha construyó para poner a los electores en contra del candidato del Pacto Histórico, el más fuerte y falaz fue la amenaza de que Colombia se convertiría en una Venezuela, visualizando que el tradicional modelo de gobierno existente en Colombia –fortín atroz de liberales y conservadores–, de llegar Gustavo Petro al poder, sería cambiado, tal y como ocurrió en Venezuela con la llegada al poder de Hugo Chávez y Nicolás Maduro; desarraigándose de las fuerzas políticas tradicionales.


En esa tarea de oposición política inescrupulosa, los contrarios al Pacto Histórico, al margen de las ya restablecidas relaciones económicas y sociales con nuestros hermanos vecinos, han seguido refiriéndose a la república bolivariana semejándola a un infierno social y tildando a su actual modelo de gobierno de fracasado y déspota; pero lo hacen sin explicar las verdaderas razones de esas dos aseveraciones, o mejor, lo hacen prendidos al corriente vicio humano de “mirar la paja en el ojo ajeno, antes que la viga en los propios”.


En efecto, los contradictores del gobierno Petro no han demostrado que la degradación social en Venezuela sea peor que la de nuestro país. En cuanto al número de exiliados –que mide la hostilidad de un gobierno contra su propia población– los cientos de miles de venezolanos que se han marchado de su país para no padecer hambre y falta de libertades, son pocos comparados con los colombianos forzados al exilio y son menos que el número de quienes han sido asesinados por sus ideas y propósitos políticos en favor de los pobres.


Tampoco tienen pruebas fehacientes para aseverar que los programas políticos de los gobiernos colombianos hayan sido mejores que los programas políticos de los venezolanos. Si comparamos los gobiernos de Chávez y Maduro con algunos gobiernos de Colombia, digamos con los correspondientes al llamado Frente Nacional y con los que siguieron hasta llegar al gobierno Duque, encontraremos que, si bien en Venezuela le han agostado seriamente los derechos políticos a la oposición, ésta todavía cuenta con el derecho a la participación en las elecciones. Cosa distinta ocurrió en nuestro país durante la dictadura bipartidista del Frente Nacional, que duró 16 años prohibiéndole la participación electoral a los partidos de oposición.


Si comparamos el gobierno de Turbay Ayala con los de Chávez y Maduro, el resultado es bastante semejante. En Venezuela, por ejemplo, les quitaron el control de las elecciones sindicales a los sindicalistas, como venían teniéndolo con razonabilidad, y se lo entregaron al CNE que, por estar bajo el control del gobierno, le restó efectividad y lo minimizó en sus funciones, que son básicas para la democracia. Por nuestra parte, durante el mandato del presidente Julio César Turbay Ayala, fue creado un mecanismo legal para reprimir, no a las elecciones de los sindicatos, sino directamente a los mismos sindicalistas. Los registros de prensa y las denuncias penales dan cuenta de los múltiples allanamientos, de las detenciones arbitrarias y de las torturas a miembros de sindicatos tanto como a opositores ideológicos del gobierno.


Si pensamos en Belisario Betancourt, tampoco cambia la balanza. Recordemos su silencio desleal con el país al negarse hasta el día de su muerte –por pura sumisión a los altos mandos militares– a decir la verdad de lo ocurrido durante la toma del Palacio de Justicia. En contraste, Chávez y Maduro, siendo responsables directos de la crisis de Venezuela, no se mostraron débiles ante los militares; no lo hizo Chávez cuando gobernó, ni ahora lo está haciendo Maduro.


En cuanto a una comparación con el presidente Pastrana, quizás valga una sola: ni en el gobierno de Chávez, ni ahora en el de Maduro, se ha perdido un solo metro de territorio; mientras que “gracias a la mala actuación de Pastrana –así lo dijo Horacio Serpa en una entrevista para El Espectador– los colombianos terminamos perdiendo 75 mil kilómetros de mar territorial".


Al régimen de Chávez y Maduro se le acusa de haber asesinado a más de 8.000 oponentes políticos durante sus cuatro gobiernos; pero en Colombia –descontando a los numerosos oponentes políticos asesinados– en un solo gobierno, con financiación, logística y armas del Estado, asesinaron a 6.402 jóvenes ajenos al conflicto armado y ajenos a la actividad política, y para colmo pretenden hacernos creer que de eso no se enteraron ni el expresidente Uribe ni sus ministros de Defensa.


De manera que si aplicamos a nuestra reflexión el simple examen de la comparación, que precisa semejanzas y diferencias sin emitir o sugerir juicios, encontraremos para sorpresa de quienes no hayan vivido o estudiado los hechos a contrastar, que es mejor –como lo señala el principio de la autodeterminación de los pueblos– no meter las narices en los asuntos de otros países y dedicarnos mejor a resolver los propios.


Lo cierto es que, pese a los recientes rompimientos de las relaciones gubernamentales entre los dos países, y si entendemos los conflictos en su acepción filosófica como contradicciones en los principios y las actitudes, comprobaremos entonces que sus pueblos nunca los han tenido, porque los venezolanos y los colombianos compartimos ambos valores.


De hecho, ellos al igual que nosotros se orientan humanamente con principios universales reglas y normas como el esencial respeto a la vida; y ante las situaciones de jolgorio o pesadumbre, nos distingue por parejo una actitud positiva, propia del ser caribe. No en vano reconocemos nuestra hermandad, que además está soportada sobre el hecho de compartir una historia común: fuimos un solo pueblo bajo el yugo español y, alcanzada nuestra independencia, nos convertimos en una sola nación la Gran Colombia siguiendo los principios libertarios de un mismo guía, Simón Bolívar.


En tal suerte, y bajo la expectativa de las nuevas relaciones materializadas con la apertura de las fronteras el pasado lunes 26 de septiembre, es inevitable pensar en esta certeza de Simón Bolívar: juntos seremos una potente nación. Una certeza del Libertador, justificada por el continuo acoso de los imperios –padecido todavía por Venezuela y sustentada sobre la privilegiada posición geográfica de ambas regiones con el Mar caribe y los dos océanos–, pero, especialmente, fundada en el espíritu de ambos pueblos, hermanados por lo que precisamente ha impedido e impide que entremos en conflictos: compartir los mismos principios y las mismas virtudes.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.

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