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Juan Carlos Pinzón

Se va Juan Carlos Pinzón con la fama de haber sido un formidable ministro de Defensa. No lo fue. Pero así son las cosas en Colombia. Le dio gusto a Uribe y al uribismo. Les dio gusto a los generales. Le dio gusto a Santos cuando los medios destaparon los grandes escándalos al interior de las Fuerzas Armadas. Les habló duro a las FARC y las desafió de palabra cada semana y eso es muy popular en el país. De todo esto deriva su reconocimiento.

Pero esas cosas eran fáciles. Lo difícil, lo realmente difícil, era impedir que las FARC se reorganizaran como lo hicieron y evitar que las bandas criminales volvieran a tener el poder que hoy tienen. No permitir que sectores de las Fuerzas Militares actuaran soterradamente contra el proceso de paz y filtraran información para Uribe. Atacar los fenómenos de corrupción en las filas. Acompañar a los reclamantes de tierra y no dejarlos matar. Facilitar que los labriegos del Catatumbo accedieran a la zona de reserva campesina y se apartaran de la guerrilla y le cogieran cariño al Estado. Contribuir a que la opinión pública le apostara a la reconciliación del país. Esas sí eran tareas titánicas que Pinzón no cumplió ni como viceministro ni como ministro.

También hace muchos años el general Harold Bedoya Pizarro salió en hombros de la conducción de las Fuerzas Militares por vociferar día y noche contra las guerrillas e impedir cualquier acercamiento con ellas. Mientras hacía eso las FARC les propinaban a las tropas 17 grandes golpes consecutivos y ponían al Ejército al borde de la derrota. No ha habido en la historia nacional un general más bocón y más inepto.

La verdad es que las FARC sufrieron sus más grandes derrotas entre 2002 y 2008 en un ciclo que iniciaron los generales Tapias y Mora. En ese tiempo perdieron todas las ventajas estratégicas. Pero a partir de allí cambiaron radicalmente la operatividad y transformaron su estructura. En los años 2011, 2012 y 2013, mediante el despliegue de pequeñas unidades a lo largo y ancho del territorio nacional y le ejecución de operaciones menores, lograron remontar a un promedio de 180 acciones por mes y producirles a la fuerza pública bajas similares a las que lograban en 2002.

Esas cifras son inapelables y están bien documentadas. El nuevo ascenso de la guerrilla había empezado claramente en los tiempos de Uribe. El Ejército insistía en la persecución de objetivos de alto valor y lograba victorias impactantes como las muertes del Mono Jojoy y Cano, pero en el diario acontecer las FARC habían renacido. Ni Pinzón ni los altos mandos lograron descifrar con rapidez los cambios en la guerrilla y no entendieron la urgencia de volver a la infantería pura y dura.

No fue muy distinta la historia con los grupos del crimen organizado. Uribe le vendió al país un desmantelamiento pleno de los paramilitares. La verdad fue una desmovilización parcial. Quedó el 80 por ciento de los mandos medios, como bien lo dijo alias Ernesto Báez. Ellos organizaron las llamadas bacrim. Ahora entre grandes y pequeñas suman 97 que han diversificado su portafolio de negocios criminales y controlan parte de la minería del oro, el contrabando de gasolina, la extorsión, la trata de personas, los juegos de azar, el narcotráfico y el microtráfico.

No era difícil agradar a los uribistas con las diatri