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Izquierda pujante, Clientelismo inercial

Por: Ricardo García Duarte

Fotos tomada de Semana

Las elecciones parlamentarias, que en Colombia acaban de pasar, han dejado el trazo de un mapa político nuevo, gracias al ostensible crecimiento de la izquierda; fenómeno este que tuvo lugar particularmente en el Senado. El salto ha sido tanto más vistoso cuanto que nunca antes una lista con una composición ideológica de esa índole, habitualmente marginal, había conquistado las 16 curules, ahora en manos del Pacto Histórico; por cierto, apenas una banca más de las que le habíamos pronosticado en la víspera o en la previa, como lo dicen los locutores de fútbol argentinos.

El suceso resulta de veras espectacular. La mini-bancada de 2018 orientada por Gustavo Petro disponía solo de tres senadores. El avance ha tenido los ribetes de una hazaña olímpica: poco menos de 500% en el aumento sobre el capital que poseía. Se trata de un crecimiento que pone al petrismo a la cabeza de los grupos parlamentarios que hacen parte del Senado.


Y, sin embargo, constituye tan solo una mayoría relativa; a mucha distancia, la verdad sea dicha, de la mayoría simple, la del 51 %, esa barra definitiva que marca las proporciones claves en el mundo de las decisiones.


Claramente la izquierda consiguió un resonante triunfo, pero está lejos de quebrar el porcentaje mayoritario del que gozan las bancadas de la derecha; las que, de todos modos – así algunas vean disminuir sus efectivos –, se instalan muchos metros adelante; una ventaja lo suficientemente importante, como para alcanzar la mayoría simple; eso sí, de un modo apretado.


Si sumamos las curules del Partido Conservador, del Centro Democrático, de Cambio Radical, de la U y de los grupos religiosos, tenemos 55 senadores, sobre 107; esto es, el tope de una mayoría simple, capaz de controlar el Senado.


Al contrario, si agrupamos las del Pacto Histórico, las del Verde Centro Esperanza, y además a los Comunes, logramos el resultado de 35 senadores, base de un posible bloque de Centro-izquierda, al que podríamos añadir dos unidades más, provenientes de los indígenas, para un total de 37; ciertamente, lejos de los 53 necesarios para configurar la mayoría simple parlamentaria.

Ahora bien, el liberalismo, un actor que dado el caso pudiera jugar el papel de un partido- bisagra, ganó 15 curules. Si se uniera a los partidos, digamos, pertenecientes al establishment, el bloque de centro-derecha alcanzaría los 70 senadores. Pero si se aliara con los de centro-izquierda, ayudaría a formar un conjunto de apenas 50 senadores, totalidad insuficiente; o máximo de 52; no equiparable con los 55 del centro-derecha.


Un escenario probable en la carrera final hacia la presidencia es el de una competencia entre Gustavo Petro y Fico Gutiérrez; pues no podemos descartar la posibilidad de que el exalcalde de Medellín reciba el apoyo efectivo de los electores uribistas.


Entonces, si Petro llegara a la Presidencia, tendría en frente una oposición de un poder holgado en el Congreso, mucho mayor si consideramos Senado y Cámara, pues en ésta es mucho más grande la cantidad de curules que los partidos de derecha controlan. En tales condiciones, la gobernabilidad no sería nada fácil, dado el tamaño de la oposición, aunque el gobierno disfrute de ventajas especiales, en vista de que estamos en un régimen presidencialista, en el que el jefe de Estado dispone de facultades para los procesos de decisión en muchos campos; al contrario de lo que sucede con el parlamentarismo, régimen en el que el jefe de gobierno depende estrechamente de las mayorías en el Parlamento. Claro: aun siendo presidencialista, el gobierno debe articular su trabajo con el Congreso para hacer aprobar las leyes y los actos legislativos requeridos para el adelantamiento de su agenda.


En tal eventualidad, Petro escogería entre varios escenarios: Uno. Conseguiría construir una coalición mayoritaria con la participación de los liberales, la U y Cambio Radical, hipótesis esta en la que quizá más confía; pero eso sí, estaría forzado a gobernar con dichos partidos, una necesidad a la que tendrían que acostumbrarse sus seguidores, en especial los situados más a la izquierda. Dos. Gobernaría solo con el apoyo de los Verde-Esperanza (no necesariamente con el concurso de todos sus miembros) y con los liberales; pero carecería de unas mayorías claras en el Congreso, por lo que su acción gubernamental arrastraría con una inestabilidad llena de incertidumbres. Tres. Encararía desde la Presidencia una oposición mayoritaria, mientras el Partido Liberal se declararía independiente; caso en el cual desarrollaría una táctica y desplegaría un discurso, encaminados a posicionar la idea de una Constituyente, para encontrar los vientos propicios, en función de reformas claves en las instituciones, aparte de una renovación del personal político y de la representación, no atada en adelante a los vicios más aberrantes de la política.


Naturalmente, en esta última hipótesis, estaría obligado a domesticar los demonios de una intensa polarización, una exigencia de alcance histórico, que es curiosamente el aliento del que quiere acompañar su destino como gobernante.


El paisaje de la representación política ahora mismo exhibe una presencia creciente de la izquierda y de los votantes nuevos de opinión. Sin embargo, la invasiva inercia de los partidos tradicionales y de las empresas electorales, o aparatos clientelistas, conserva sus amplios márgenes de dominio en la escena parlamentaria.


Una izquierda, minoritaria pero en ascenso; y una derecha dominante pero fraccionada, obligada a organizarse en coaliciones: he ahí la realidad con la que deberá entenderse el próximo gobierno, sin importar su signo doctrinario, para asumir los desafíos que imponen el desarrollo económico, la equidad y el cambio climático.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.

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