Innovación social universitaria

Por: Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


A las universidades –desde su nacimiento, hace casi mil años– se les concibió como espacios, por excelencia, para que el conocimiento crezca y se desarrolle. Se pensaron y construyeron como centros de pensamiento donde debían prevalecer los discursos críticos, los argumentos sólidos y la búsqueda incansable de la verdad, cuyo principal compromiso estaría siempre con el cultivo de la razón, la información y la ciencia.


Sin embargo, con el pasar de los siglos, debido a su naturaleza universal, a las universidades se les permitió ampliar sus responsabilidades. Además del compromiso con la formación académica y la producción de saber científico, se les ha dicho que también deberían ocuparse, con igual intensidad, por mejorar el bienestar social, las condiciones de vida de la población y la transformación del mundo real.


Se les dijo que no basta con conocer el átomo, saber qué es la política o maximizar la ganancia del productor a través de fórmulas matemáticas; sino que se requería, además, que adapten ese conjunto de conocimientos a la realidad y necesidades sociales; que busquen de manera continua proporcionar nuevas y mejores herramientas para que la sociedad solucione sus problemas. En breve, que fueran centros de pensamiento comprometidos con el bienestar social.


Esta petición fue reafirmada a comienzos del siglo XX por Joseph Schumpeter y Max Weber, quienes incorporaron el concepto de emprendimiento e innovación social y lo ligaron, de forma inseparable, al trabajo de las universidades. A partir de ese momento, a estas se les concibió como las organizaciones que tienen entre sus tareas atender los desafíos sociales y mejorar el bienestar de las poblaciones, en cualquiera de los ámbitos de la vida individual y colectiva –familiar, grupal o comunitaria–.


Así, desde aquel tiempo, las universidades han intentado convertirse en espacios de emprendimiento, donde los diversos actores que las ocupan –docentes, estudiantes, investigadores, personal administrativo, empleados, contratistas– piensen, trabajen y cooperen en la búsqueda del bienestar colectivo, a través de proyectos de innovación social con los cuales intentan dotar a territorios y sus comunidades de conocimientos, capacidades y habilidades para que gestionen sus propias ideas de vida buena y para que, en ese sentido, mejoren su calidad de vida.


Así, la labor de la universidad va más allá de un espacio físico, de un campus –hoy un poco deshabitado a causa de la pandemia–; busca con su recurso humano integrarse en los territorios para trabajar coordinadamente con la población en el mejoramiento de la calidad de vida y propone trabajar junto a otros en la atender sus necesidades específicas en temas como empleo, educación o salud, buscando la construcción de soluciones que les permitan desarrollar sus capacidades en libertad política y económica.


Se trata de unas comunidades educativas que intentan poner sus capacidades organizativas al servicio de las demandas sentidas de las comunidades. Van a los territorios y, de manera concertada y participativa, ayudan a co-construir soluciones a sus problemáticas. Así, logran enseñar, asesorar y construir nuevas formas de organización y gestión de sus proyectos económicos, políticos y culturales. Innovaciones sociales que, finalmente, les den confianza a las comunidades y les permitan generar las capacidades para fortalecer su entorno y atender sus realidades y dinámicas sociales.


Y es que, a las universidades, compuestas por seres sentipensantes, les queda imposible no darse cuenta de las dolencias sociales en que están sus territorios. Para el caso de Colombia, resulta alarmante, por ejemplo, el incremento acelerado de la pobreza y el desempleo, la manera en que se expande la delincuencia en las ciudades, la forma en que llegan miles de personas desplazadas por el conflicto y la violencia sistemática contra líderes y lideresas sociales en el campo.

Por eso es tan necesario y urgente que se siga trabajando desde las universidades en formar profesionales conocedores de la realidad y ciudadanos comprometidos con la igualdad de oportunidades en los variados proyectos de vida. Profesionales que logren formarse con una visión compleja que les permita darse cuenta de los problemas estructurales e iniciar la búsqueda de cómo atenderlos. Innovadores sociales que ataquen la inequidad, las injusticias y la manera inhumana como se comportan con la ciudadanía.


De allí que sea conveniente incentivar la participación de la comunidad universitaria y de la comunidad en general en la Semana de la Innovación UdeA 2021, que se realizará del 16 al 19 de noviembre. Este es un espacio académico en el que se buscará promover el fortalecimiento de capacidades y competencias alrededor de la innovación y el emprendimiento como una apuesta al desarrollo de los territorios. Es una semana en la que, nuevamente, se propone a la universidad como un laboratorio social donde se presentan distintos proyectos para mejorar el bienestar de las personas.


Un evento que tendrá un especial interés en estudiar y proponer los desarrollos tecnológicos de la industria 4.0 para la transformación de los territorios. Un tema desafiante para la docencia universitaria –por el desarrollo creciente de plataformas online de aprendizaje y que debe llevarse a los territorios–, pero, al mismo tiempo, un horizonte de transformación que se abre por las oportunidades que ofrece para la innovación social en términos de conocimientos, comunicación, gestión y organización social para poblaciones apartadas y marginadas.


Eventos como este –que buscan formas nuevas de organización y gestión de las tecnologías– permitirán el encuentro para que la comunidad universitaria trabaje articuladamente con otros actores –autoridades municipales, profesionales, organizaciones comunitarias, entre otras– para mejorar los procesos productivos, sociales, culturales, comunitarios, y generen mayor bienestar social y calidad de vida. Innovaciones sociales que no tienen que ser grandes propuestas de transformación de una región o del país, sino que pueden ser pequeñas modificaciones en la organización social de las comunidades que podrían ayudar a resolver los problemas cotidianos.


En definitiva, las universidades se están convirtiendo en espacios que trabajan para un mundo nuevo y mejor, donde a través de personas emprendedoras e innovadoras sociales se intenta atender a los grupos sociales más desprotegidos y marginados, aquellos que no son atendidos muchas veces por el Estado ni el mercado; donde se invita a los múltiples actores que las habitan para que trabajen en conciliar la ciencia, la verdad y la excelencia académica con una propuesta de sociedad más justa, solidaria, equitativa, sostenible y defensora de la vida.