¿Hacerse violar?

Por: María Victoria Ramírez


La desafortunada frase de Ingrid Betancourt “las mujeres se hacen violar” durante un debate de precandidatos presidenciales sirve de telón de fondo para hablar de un flagelo que en Colombia tiene grandes proporciones. Según el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en 2018 se practicaron 28.491 dictámenes sexuales forenses por delito sexual, 3.720 a hombres y 24.771 a mujeres. Estos son los datos consolidados más recientes.


En todos los documentos de Medicina Legal consultados, se habla del subregistro de estos delitos. La entidad reconoce que las cifras podrían ser mucho más altas, pero no puede asegurarse en qué proporción. “Diferentes factores de tipo sociofamiliar, cultural y psicológico, podrían explican la baja denuncia del delito sexual, especialmente sus condiciones de clandestinidad predominante y el gran desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima, las cuales favorecen la impunidad del agresor y desestimulan a la víctima para revelar su secreto”, dicta uno de los texto del Medicina Legal.


El abuso de poder y control son las armas que el depredador sexual utiliza, con el uso de violencia o sin ella, para reducir a su víctima y obligarla a realizar actividades sexuales o a ser testigo de estas. En mi opinión, en la escala de gravedad del delito sexual, la violación se encuentra en la cima, pero si además, la víctima es menor de edad, los daños podrían ser irreparables o muy difíciles de enmendar puesto que se afecta gravemente su proceso de desarrollo físico y psíquico.


Aclarando que no soy siquiatra forense, me apoyaré en el documento Principios éticos de la práctica pericial psiquiátrica para dar luces sobre el impacto psíquico del delito sexual. Según sus autores, “la agresión sexual es una forma especial de delito violento altamente estresante, que es vivenciado por la víctima con un miedo intenso a sufrir un grave daño físico o incluso la muerte, al que se añaden sensaciones de impotencia y desesperanza en cuanto a su incapacidad para escapar o evitarlo”. Las consecuencias de una violación pueden extenderse a lo largo del tiempo y su prolongación dependerá del nivel de violencia, de la crueldad o sevicia del agresor, como de características preexistentes de la víctima, como por ejemplo, la edad, si tuvo o no historial previo de maltrato, entre otras. El hecho violento deja a la mujer en una situación tal, que afrontar la agresión y superarla requerirá de nuevos recursos sicológicos, pues los utilizados en condiciones normales no le son suficientes.


Hay distintas formas de reacción frente al delito sexual, tanto individual como colectivamente. Un ejemplo es el caso de Uruguay, donde en enero de este año la violación grupal de una mujer de 30 años produjo no solo el repudio de la sociedad que salió a las calles a protestar, sino un pronunciamiento del presidente de la república, Luis Lacalle Pou, además de una acción ágil de la autoridades que llevó a la captura pronta de los agresores.


En 2012 un caso de violación grupal en Nueva Delhi, desató la indignación en la India. Una estudiante de 23 años fue brutalmente violada y torturada en un autobús en marcha por seis hombres, que a continuación la arrojaron a la carretera sin detener el vehículo. Este caso no solo derivó en protestas masivas en ese país, sino que terminó en una reforma judicial que endureció las penas contra este delito. Por primera vez tipificó el delito de acoso sexual; elevó la pena mínima para el delito de violación de 7 a 10 años para las violaciones a mujeres adultas y de 10 a 20 años en los casos de violaciones a menores de 16 años. Además, estableció la pena de muerte para aquellos casos en los que la víctima de la violación resultase muerta o quedase en estado vegetativo. La sentencia de muerte se llevó a cabo el 1 de febrero de 2017 cuando los cuatro hombres que abusaron de la joven y le causaron la muerte fueron ahorcados.


Muchas víctimas callan por vergüenza o por temor, no solo a su agresor, sino al rechazo social. Existen imaginarios que validan las acciones violentas hacia las mujeres, entre ellos la creencia de que las mujeres provocan las violaciones cuando salen solas a las calles, cuando se visten de cierta manera, cuando deciden aceptar una copa en un bar.


La violación se ha utilizado en distintos conflictos armados, incluido el colombiano, para humillar al contendor. En un informe de Amnistía internacional sobre Etiopía en 2021 Agnès Callamard, secretaria general de esa organización asegura que “está claro que la violación y la violencia sexual se han utilizado como arma de guerra para infligir un daño físico y psicológico persistente a las mujeres y las niñas en Tigré. Cientos de ellas han sido sometidas a un trato brutal con el objetivo de degradarlas y deshumanizarlas”.


Pero, en mi opinión, ya sea por razones políticas o individuales, ya sea un agresor o varios los perpetradores, el daño que sufren las víctimas de violencia sexual puede ser irreparable. Las consecuencias van desde sensación de irrealidad, alteraciones a nivel cognitivo, trastornos depresivos y de ansiedad, trastornos de sueño, pérdida de la autoestima, fatigabilidad, disociación, transformación permanente de la personalidad e incluso puede llevar al suicido.


Por tanto, todos los esfuerzos para prevenir el abuso sexual y cuando se presenta tratarlo de forma temprana y adecuada son indispensables. Todo el dispositivo médico y judicial debe centrarse en la víctima, en dignificarla, en protegerla y no en exponerla a lo que los expertos denominan victimización secundaria o revictimización, es decir, a los impactos derivados de la interacción social e institucional luego de la agresión. La correcta y sensible atención multidisciplinar a la víctima desde las diferentes instituciones que resultan implicadas en estos casos de agresión sexual, contribuye de manera decisiva a minimizar la intensidad de estos nuevos impactos, y en consecuencia a un mejor pronóstico del posible daño psíquico consecuente.


Por tanto, a la luz de lo que he desarrollado en este artículo, la frase de Ingrid Betancourt, “las mujeres se hacen violar” podría definirse como parte del dispositivo revictimizante que muchos hombres y mujeres, al parecer, llevamos dentro.