Establecidos y recién llegados



Para mí también fue triste, fue conmovedor, recibir la noticia de que los ingleses habían votado a favor de la separación de la Unión Europea. No fue la primera impresión con los titulares de los periódicos. Hasta ahí el acontecimiento me parecía indescifrable y lejano. Pero después vi a una mujer llorando por el hecho en algún canal de televisión y sentí su desolación y empecé a pensar en los motivos de la decisión.

No hay un gran secreto en este evento. La mayoría de los ingleses no quieren compartir su casa. Claro, se privan también de que sus vecinos europeos compartan su hogar con ellos y eso decían las lágrimas de la mujer que alcancé a ver en medio de una muchedumbre que en los días que siguieron a las elecciones salió a las calles a protestar por los resultados.

Es otra cresta de la ola contra las migraciones que crece y crece en un mundo otra vez desconcertado por los ataques terroristas; por la pérdida inexorable de puestos de trabajo; por el flujo inmenso de personas que saltan las fronteras buscando alivio a los dolores de la guerra o la punzada infame del hambre; por la ansiedad humana, aún latente, aún tímida, de abrazar otras razas, de acariciar las diferencias.

El problema apareció ante mis ojos hace muchos años en un ensayo de Norbert Elias que en algunas traducciones figuraba con el mismo título de esta columna. Allí el sociólogo alemán habla de una comunidad suburbana en la que residían personas con un viejo arraigo y personas que recién llegaban. El estudio explora las actitudes de unos y otros, ve la superioridad manifiesta de los primeros, la condición inferior, villana, que le atribuyen a los nuevos, la marginalidad a que los someten.