El país ha empezado a cambiarse de ropa

Por: Hernán Darío Correa. Especial para Pares.


El paro nacional y las jornadas de protesta son la cara social y política más profunda de los recientes resultados electorales, que desbordaron a los partidos como tales y al uribismo como corriente política. Y ello es así, porque el movimiento de estos días ha empezado a superar en sus motivos y aspiraciones las falsas polaridades entre paz y seguridad, entre políticas económicas y sociales, y entre el país regional y rural que votó por el sí a la paz, y el urbano de las grandes ciudades que votó por el no.


Una característica de dichas jornadas es la aceleración de los tiempos de la política, en el sentido de la fugaz apertura y agotamiento de las iniciativas gubernamentales, y de las prometedoras dinámicas de expresión ciudadana y social. Ello tal vez se pueda explicar si se mira quiénes convocaron y cómo maduró dicha convocatoria.


Convocaron inicialmente los sindicatos y el movimiento estudiantil, y luego se fueron sumando organizaciones sociales de diverso tipo (indígenas, campesinas, ciudadanas, de derechos humanos, gremiales populares, sectores políticos, redes ciudadanas, entre otros.), hasta madurar superando el pulso que el uribismo y el gobierno le propusieron al país sobre la deslegitimación del paro, la estigmatización de los convocantes y la siembra del miedo como instrumento político para impedir la protesta.


Un paro que estremece los cimientos