El gen egoísta y la aporofobia en el gobierno de Gustavo Petro

Por: Guillermo Linero

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


Finalizado el gobierno Duque muchos colombianos tienen por cierto que ha quedado atrás el reinado del mal –la Colombia violenta– y también tienen por cierto que con el gobierno Petro se abrirá el camino hacia una Colombia mejor, la Colombia humana.


No es incoherente que los colombianos y colombianas esperen esto, pues antes del mandato de Petro –hoy apenas en su etapa promisoria– todos los gobiernos estuvieron fundados en políticas de inequidad. En efecto, cada vez fueron siendo menos los ricos y, como hasta hoy lo demuestran las cifras demográficas, los pobres traspasaron el mínimo nivel de justicia social y alcanzaron el rasero de las sociedades incivilizadas. En el presente, Colombia es uno de los cinco países más inequitativos del mundo.


En consecuencia, esa realidad compuesta de muchos pobres y de muy pocos ricos, ha hecho de Colombia un país políticamente convulso y por ello mismo cargado de malas conductas sociales. Conductas evidenciadas en la represión del Estado, en la degradación de las fuerzas militares, en la corruptela de los gobernantes y sus funcionarios, en el narcotráfico y sus grupos armados, y en la desobediencia civil o delincuencia común de personas desesperadas, a las cuales se les ha negado la educación y el empleo.


En Colombia, la práctica de la violencia es pareja en todos los estratos económicos: el maltrato a la mujer y la violación a niños y niñas, por ejemplo, son protagonizados por ricos y pobres; pero, valga decirlo, la mayor parte de los gobernantes y de los ricos son exclusivamente los responsables de la falta de oportunidades en la educación pública; y en tal contexto –ni siquiera hay que explicarlo– son además responsables de la inequidad social, de la pobreza, del hambre y de la consecuente barbarie. Un escenario donde la inequidad también es campante en lo cruel, pues, qué paradoja, en términos de violencia en nuestro país son más los victimarios ricos que los victimarios pobres.


Las maneras malévolas del Estado y de las élites –familias, clanes y grupos empresariales– se han fundado en ambiciones y egoísmos, y la mala conducta de los pobres suele estar fundada en la falta de educación y de oportunidades laborales. De ambas conductas negativas –la de los ambiciosos egoístas como la de los desescolarizados sin empleo– surgen eventualmente las conductas salvajes.


No en vano, filósofos y científicos de las causas sociales han determinado cómo el concepto del “mal” es una expresión de insatisfacciones y cómo su contrario es una expresión de confort o de estabilidad con respecto a la supervivencia. Pienso ahora en Thomás Hobbes (1588-1679) para quien lo bueno era lo deseado y alcanzado (el tener), y lo malo aquello no deseado o cuanto causa aversión (el no tener).


Así las cosas, no es difícil concluir que el entendimiento del filósofo materialista inglés del siglo XVII, más la posterior definición del concepto del “bien” dada por Friedrich Nietzsche (1844-1900) para quien el bien es un valor y su envés todo lo desprovisto de precio, dieron pie a la inculta tradición de creer que los individuos carentes de bienes y propiedades son potenciales sujetos del mal y, quienes poseen algo de valor, no importando si a sus actuaciones las mueve una perversidad, son incuestionables sujetos del bien.


No obstante, tanto el filósofo inglés –autor del “Leviathan”– como el pensador alemán –autor de “Más allá del mal y del bien”– entendían el concepto del bien como un valor, pero, única y estrictamente en el campo de su acepción subjetiva: el valor de la conducta humana (que comprende esencialmente la moral y la ética) y no en su acepción objetiva que comprende el precio (las unidades monetarias) de los bienes y las cosas.


Entre esas dos aguas se ha desenvuelto la especie humana en su evolución: entre quienes se creen gente de bien por ser dueños de algo y entre quienes, por ser dueños de nada, son considerados de menor valía social, los llamados y llamadas “nadie”, gente a punto de delinquir (los sujetos activos del “estallido social”).


En efecto, siendo la inequidad y sus consecuencias salvajes una anomalía generalizada y no exclusivamente de los colombianos, los científicos del mundo han formulado la teoría del Gen Egoísta –socializada en 1976 por el zoólogo Richard Dawkins– en la cual se asevera cómo nuestro ADN nos predispone un mundo de salvaje competencia (entre los que tienen bienes y poder, y los que no los tienen), un mundo de tiranía (tangible en el abuso de poder), un mundo de explotación ilegal (cuyo mejor ejemplo es el empleo esclavista) y un mundo de trampas biológicas (¿quién se atreve a decir que la desnutrición no es la más efectivas de las trampas biológicas?). En fin, un mundo donde lo único importante y la única finalidad es prevalecer.


Desde entonces, los académicos y los autodidactas comenzaron a preguntarse ¿por qué razón –si el gen egoísta solo está basado en el impulso natural de tener bienes y cosas, y con ello obtener poder de reconocimiento social– existe también el rechazo a los “diferentes”? ¿Por qué son rechazados los negros en Europa, en Norteamérica, en Suramérica y en nuestro país? ¿Por qué son rechazados los indígenas? ¿Por qué se rechaza a los inmigrantes, si estos son de todas las razas y regiones?


Para estos casos citados parecía no haber explicación bajo la teoría del gen egoísta, hasta cuando la española Adela Cortina, hacia 2006 aclaró –no importa si por una vía distinta a la de Dawkins– que el gen egoísta es también la causa por la que rechazamos a los negros, a los indígenas, a los inmigrantes y a quienes huyen de un pueblo en guerra. Y es así única y estrictamente porque estas poblaciones mentadas no poseen nada, porque son rechazables.


A esta nueva interpretación de las razones que explican la inequidad y que reafirman la teoría de Dawkins, Adela Cortina la denominó “aporofobia”, que no es otra cosa que el rechazo a los pobres. Una conducta social que en Colombia pareció ser el sentimiento dominante de los gobiernos anteriores a este que comienza, y también el sentimiento dominante de las élites sociales que, con sus maneras de gobernar –en el caso de los presidentes– o con sus modos de ejercer la cultura –en el caso de las élites– han maltratado a los pobres por muchos años.


Todo esto nos lleva a concluir que el pueblo colombiano eligió a Gustavo Petro como su presidente solo porque el trasunto y concreciones de su programa de gobierno están basados en la creencia de que las observaciones sobre la injusticia y la inequidad social –advertidas por filósofos, por juristas y por quienes, desde sus distintas áreas de conocimiento ejercen la sensatez– deben ser de una vez por todas reivindicadas.


Con el gobierno de Petro se avizora el fin de la aporofobia en Colombia, porque si se trata de un problema de inequidad, por mala distribución de las riquezas, basta solo tener la decisión de volver a barajar el juego y repartirlo debidamente, no importa con qué tipo de criterio, pero siempre basado en los dictados de la justicia.


 

*Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido su autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.