El ELN y la cruz del secuestro



Al momento de escribir esta columna el ELN no ha aceptado que tiene en sus manos a Salud Hernández-Mora y a los periodistas Diego D’Pablos y Carlos Melo de RCN Televisión. Pero las miradas del gobierno y de la Iglesia se dirigen a esta guerrilla que ostenta una gran presencia en la zona donde desapareció Hernández-Mora.

Han pasado cinco días desde cuando la veterana periodista fue vista por última vez en Filogringo, un paraje del municipio de El Tarra en Norte de Santander.

En estos días he sentido miedo, mucho miedo, a que algo malo le pase a Salud, a Diego o a Carlos. Por ellos, especialmente, pero también por el futuro de las negociaciones de paz con el ELN. La prolongación del secuestro o, algo aún más grave, un incidente que lleve a un desenlace fatal de esta situación, pondría en grave riesgo la continuidad de estas negociaciones.

Así ocurrió hace muchos años cuando, en medio de unas negociaciones de paz que adelantaba el gobierno nacional con varias organizaciones guerrilleras, en Tlaxcala, México, se produjo la muerte en cautiverio de Argelino Durán Quintero, un exministro y líder político liberal. Así volvió a ocurrir en las negociaciones de paz del Caguán cuando las Farc se llevaron al parlamentario Jorge Eduardo Géchem Turbay después de haber secuestrado el avión en que viajaba. Las conversaciones se vinieron al suelo.

La muerte de Durán Quintero es un augurio atroz. Se produjo en la misma zona de El Tarra, en el Catatumbo, donde se encontraba Hernández-Mora el día de su desaparición, y ocurrió en mayo, precisamente en mayo, de 1992.

Sueno muy trágico. Estoy invocando demonios, quizás al momento de aparecer esta columna ya se haya resuelto de manera favorable la situación, lo cual me produciría una gran alegría. Pero tengo la obligación de advertir los riesgos que conllevan estas acciones.