El desespero de Uribe



El expresidente Uribe se está jugando los restos. Puede recuperarse, puede sobreaguar, es un político demasiado hábil, muy conectado con la idiosincracia colombiana, pero cada vez le resulta más difícil acertar. Se juega contra la paz el recurso que le queda: la opinión, la aceptación que aún tiene en las encuestas, esa conexión con el sentir de una parte de Colombia que vive ensimismada, atada al siglo XX, ahogada en sus rencores.

Se lanzó a la calle con sus seguidores el 2 de abril, ahora convoca a la resistencia civil y tiene en la mira el plebiscito, cree que allí puede frenar el proceso de paz, cree que allí le puede dar una estocada mortal a Santos. Es un acto desesperado que se le ocurrió ante la inminencia de la firma de la paz. Así presentó la estrategia en la entrevista al canal Caracol, llamó a la resistencia civil para dar una respuesta al pronto anuncio de acuerdos en La Habana.

Tiene a su favor la baja popularidad de Santos, las broncas de muchos colombianos con las guerrillas, los dolores, las venganzas y las frustraciones acumuladas en esta larga guerra y en varios intentos de negociación. Pero su desafuero, su intemperancia, su radicalidad lo han aislado, lo han puesto en una condición penosamente minoritaria en el Congreso de la República y en una cruda soledad en la comunidad internacional.

Ya nadie se acuerda, pero Uribe creó en sus dos mandatos un partido, el de La U, que ha ostentado mayorías electorales en los últimos años y ese partido lo abandonó. Ya nadie se acuerda, pero Uribe gobernó con una alianza de ocho partidos y todos esos grupos lo abandonaron y lo obligaron a constituir un pequeño partido nuevo, una fracción de áulicos, con la que aspira a ganar el plebiscito. Ya nadie se acuerda, pero su círculo más cercano está preso o prófugo.

Uribe tuvo la anuencia de los Estados Unidos en los tiempos de Bush, y aún, en los primeros tiempos de Obama, para intentar un triunfo definitivo sobre las guerrillas, pero no pudo. Ahora esa realidad cambió, ahora los gringos le están apostando a la paz. A Uribe no le paran bolas en Washington, y desata respuestas negativas y hasta desagradables de los diplomáticos norteamericanos cada vez que ataca la actitud de Estados Unidos y de su enviado especial Bernie Aronson a la mesa de negociaciones.

Uribe no encaja en la memoria la imagen de Ob