El cambio es el 19

Por: Guillermo Linero Montes

Escritor, pintor, escultor y abogado de la Universidad Sergio Arboleda


A lo largo de estos meses, y durante la campaña para las elecciones presidenciales en Colombia, se ha hablado tanto del cambio que –ya muy próximos a la fecha final– vale la pena repasar cómo el cambio, en términos generales o básicos, significa la forma del ser, la forma de todos los objetos y fenómenos sujetos a transformaciones e interacciones; porque –como habría querido Heráclito que lo interpretáramos– ni los seres ni las cosas se bañan cada vez en el mismo río, aunque los colombianos –permítanme decirlo a lo Tarantino– por no saber elegir a los gobernantes, llevamos muchos años bañándonos en un mismo río de sangre.

Naturalmente, el cambio abarca todos los eventos, desde los más comprensibles, como pasar de la noche al día, hasta los más complejos, como pasar de un modelo de gobierno a otro completamente distinto. Y esto es así, pues el cambio refiere a todas las interacciones de lo existente. Pese a ello, los filósofos, que tienden a paralizarlo todo para su cavilación, al definir el cambio siempre le contraponen la llamada “relativa estabilidad de las propiedades”. Desde luego, esto lo hacen sin negar que una piedra informe permanece informe hasta cuando llega alguien y la transforma en una perfecta esfera pulida, como lo hicieron los antiguos costarricenses del Diquís con muchas de sus piedras.

Una cosa muy distinta es el cambio social, que no refiere a la modificación matemática de la naturaleza –que impone que al día le sobrevenga la noche– sino la modificación azarosa de la estructura de un sistema social. Modificación de sus valores, de los modelos de comportamiento y de las pautas culturales que a veces parecieran, por encima de la continuidad y orden característicos del cambio, determinadas por el libre albedrío, unas veces de manera ordenada, otras veces de manera caótica.

De cualquier forma, podríamos decir que el cambio social solo en muy pocas ocasiones es evolutivo, ordenado y continuo. Si de cuando en cuando no fuera caótico y convulsivo, ya habríamos superado las guerras, ya habríamos corregido los defectos del comportamiento humano y habríamos evolucionado hacia la equidad social, hacia el respeto por todos, tal y como si cada quien fuéramos nosotros mismos.

En ese tipo de cambio social, fundado en el respeto, no habrían alteraciones ni rupturas como las revoluciones, que son cambios sociales políticos tajantes y, las más de las veces, son cambios liderados por la fuerza bruta (las turbamultas y los levantamientos populares). No obstante, los cambios sociales llamados revolucionarios, son cambios a los cuales les teme el establecimiento y las clases sociales privilegiadas; porque estos cambios permiten que de una forma de gobierno se pase a otra, descontando la continuidad y el orden, descontando la aparente armonía social de lo que existía para implantar una nueva.

Las revoluciones, tal y como se entienden de corriente, conducen al cambio de una manera abrupta: borrón y cuenta nueva. Una opción dramática que a la luz de estas elecciones no es previsible en Colombia, lo cual es algo muy distinto a como algunos sectores de ultraderecha pregonan que ocurrirá. Y no es previsible una revolución dramática en nuestro país; porque, de ganar el candidato de la derecha y centro derecha, lo visualizable es que nada cambiará. Continuarán las políticas del empobrecimiento –“los pobres son el mejor negocio del mundo”– y se ampliarán las licencias del enriquecimiento ilícito –reinarán la economía y la cultura de los traquetos– para favorecer a la clase media arribista, la autodenominada ‘gente de bien’.

De ganar el candidato de la izquierda, regirá la búsqueda de la equidad social, continuarán las libertades de culto y creencia –que es algo tan íntimo que sólo deberíamos debatir con nuestra conciencia– y se animarán las tradiciones, no porque estas sean connaturales a la inercia de los pueblos, sino porque las han suplantado con popularismos vacíos. De modo que un cambio revolucionario tajante no se visualiza en Colombia; pero de ganar la izquierda, habrá un cambio que, sin continuidad –aunque de manera ordenada y respetuosa–, virará el país hacia otra dirección moral y económica y se acabará la tradición perversa de la cultura política en Colombia, o mejor, se acabará la incultura política, que significa robo al Estado e incremento de los niveles de pobreza.

De ganar el candidato de la derecha, en contravía de la lógica de Heráclito, continuaría el río de sangre; y las mujeres caerán en la inercia del patriarcado en la que se les condena al reducido espacio de una casa: la sobrestimada cárcel doméstica con platos para que frieguen y refrieguen. Si votamos bien este 19 de junio, con seguridad, el cambio será contra el continuismo; pero será armónico y ordenado.

 

* Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.