El asesinato de Yuliana, fermento del resentimiento social



Ojo! Actitudes como las que vivimos en la violación, la tortura y el asesinato de la niña Yuliana Samboní son el fermento de críticas incontrolables a las elites y de graves confrontaciones sociales. Son también un pésimo ejemplo para toda la sociedad. Un hombre de apellidos sonoros, educado en los principales centros educativos del país, perteneciente a un exclusivo círculo de Bogotá, a plena luz del día comete un crimen horrendo y desata una insospechada ola de indignación.

Como lo demostraron las primeras investigaciones, las acciones de Rafael Uribe Noguera no fueron locuras del momento, arrebatos, impulsos incontrolables en medio de un delirio, fueron actos calculados. Tampoco tuvieron este signo las labores de encubrimiento realizadas por su familia y el silencio sobre el nombre del agresor que en principio guardaron algunos importantes medios de comunicación.

La gente vio en no menos de tres oportunidades a Uribe en el barrio intentando raptar a Yuliana, y ahora se sabe que la dosis de cocaína y la ingesta de licor fueron después de la vejación y muerte de la menor, para prefigurar una enajenación que atenuara su atroz comportamiento. Buscaba una niña pobre, marginal, indefensa, sin voz, con la esperanza de que nadie reclamara por ella, con la seguridad de que podía perpetrar el crimen y nadie se atrevería a tocarlo, quizás, amparado en experiencias anteriores donde sus actos quedaron en la oscuridad.

Los hermanos del homicida engañaron a la Policía y por largas horas ocultaron el sitio donde se habían dado los hechos. Durante ese tiempo intentaron con una frialdad estremecedora tapa