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El acoso del colegio Gimnasio Castilla que llevaron a quitarse la vida a Sergio Urrego

Por: Redacción Pares


Foto tomada del: El Tiempo


Alba Lucía Reyes el 4 de agosto del 2014 tenía que viajar a Cali. Lo hacía por negocios. Pero no quería viajar. Su hijo, Sergio Urrego, pasaba por un momento complicado. Tenía 16 años y un futuro prominente. Sergio era una rara avis. Había leído por lo menos 250 libros, había escrito kilómetros de reflexiones, le gustaba el rock y se consideraba ateo, anarquista y gay. Un pecado en un país como Colombia. Las últimas semanas habían sido devastadoras para el joven. Desde siempre fue crítico con el colegio donde estudiaba, el Gimnasio Castillo Campestre.


Cuestionaba sus métodos y la gota que rebasó la copa fue el haber protestado por el precio impuesto a uno de sus uniformes de gala. Los profesores lo tenían en la mira. Sergio se había enamorado de uno de sus compañeros de pupitre, Danilo Pinzón. Una vez una amiga los retó a que se dieran un beso. Lo hicieron, ella les tomó la foto. Un profesor la descubrió, armó un escándalo, los citó a donde la sicóloga, Ivon Andrea Cheque Acosta, quien le exigió a Sergio y a Danilo salir del closet a la brava, hablar con sus papás, hacer público la relación que fue catalogado por el colegio como un “gesto obsceno”.


Esto fue a comienzos de julio del 2014. Alba Lucía Reyes y Roger Urrego escucharon a su hijo. Siempre se sintieron orgullosos de él. Los papás de Danilo fueron citados al colegio. La rectora, Amanda Azuzena Castillo, los arrinconó. Tendrían que denunciar a Sergio como un abusador. Si no lo enlodaban era posible que Danilo no se graduara. El Gimnasio Castillo Campestre quería darle una lección a un joven que sabía demasiado, que conocía sus derechos y que no se dejaba quebrar con nada. Y lo quebraron.


Las conversaciones entre Sergio y su mamá se intensificaron. Sergio empezó a sufrir una migraña constante. Quería graduarte a como diera lugar. Tenía 16 años y los ojos puestos en un futuro fuera de un país que él no acababa de entender. Quería irse a Australia, a estudiar ingeniería ambiental. Un intercambio de un año. Pero estaba esa preocupación constante transformada en una migraña que le taladraba la cabeza. El 13 de agosto del 2014 Sergio decide presentar el ICFES. En ese momento ya el acoso en el colegio era insostenible. Al matoneo de buena parte de los seiscientos alumnos del Gimnasio Castilla estaba la decisión de una rectora de impedir que un joven bueno se graduara. En julio Alba Lucía y su hijo pusieron una queja en la secretaría de educación pero las ruedas de la máquina del Estado siempre se mueven con lentitud.


El 14 en la mañana Alba Lucía viajó a Cali. En la noche se devolvía. A las 7:15 p.m, mientras esperaba en el aeropuerto Bonilla Aragón su regreso, Alba Lucía habló con su hijo. La última frase que le dijo él fue que necesitaba descansar, que el dolor de cabeza era intenso. Ella apagó el celular. Cuando lo encendió ya el avión había aterrizado en Bogotá. Tenía varios mensajes. Uno de ellos de una amiga de Sergio. El joven estaba en la Shaio, cuando Alba Lucía llegó vio la policía, el CTI, y supo la noticia, Sergio, su hijo, el enfebrecido lector de cuentos de Edgar Allan Poe tomó la decisión de lanzarse desde la plazoleta del Centro Comercial Titan.


El mundo se abrió para ella. A los pocos días llegaron los resultados del ICFES. El de Sergio venía acompañado de este mensaje “Felicitaciones, usted acaba de ser admitido en el programa de Ser Pilo Paga”. Era el mejor puntaje del colegio que tanto lo despreció y el 10 mejor del país.

 La frustración se sumaba al dolor de haberlo perdido porque ella quería que todos supieran la actitud del colegio con Sergio, la falta de humanidad de unas directivas que le cerraron todos los caminos a un espíritu libre, ya sabio a tan corta edad. Fue a tribunales, a juzgados a denunciar y la mayoría de veces se burlaban de ella. Les parecía exótico que Sergio tuviera esa orientación sexual. Ella buscaba algo histórico, que por primera vez en Latinoamérica se emitiera una condena por un caso de discriminación ante una orientación sexual diversa.


Con argumentos fue demostrando, durante siete años, que su hijo había sido víctima de la homofobia de las directivas del colegio. Un testimonio ayudó a que se hiciera justicia. El martes 20 de abril del 2021 Danilo Rendón se presentó junto a sus padres y contó, ante el juzgado 43 de conocimiento de Bogotá, su verdad: “Jamás les dije a mis padres que fui víctima de acoso sexual, por parte de Sergio Urrego o alguien más y jamás presenté alguna prueba sobre esos hechos. Las palabras de acoso sexual vinieron a entrar al panorama, tiempo después en un derecho de petición que fue entregado por la rectora a mis padres para que ellos, radicaran y poder continuar con mi proceso de escolarización”.


El 20 de mayo del 2021 el tribunal de Bogotá confirmó la condena de ocho años y ocho meses a Amanda Azucena Castillo, rectora del Gimnasio Castillo Campestre por actos de discriminación, una condena única en Colombia y en el continente.


La Organización Mundial de la Salud estima que más de 700.000 personas mueren por suicidio cada año, lo que corresponde a una muerte cada 40 segundos y que casi el 77% de todos los suicidios mundiales ocurren en países de ingresos bajos y medianos. Desde que la OMS declaró al COVID-19 como una pandemia en marzo de 2020, más individuos experimentan pérdida, sufrimiento y estrés.


En Colombia el suicidio es la segunda causa de muerte para los jóvenes. Entre enero y julio del 2023 se quitaron la vida 1.810 personas. Para Sebastián Solano, coordinador del área de jóvenes de la fundación Paz y Reconicliación el suicidio de jóvenes podría tener 3 causas: Acoso y violencia de diferentes tipos de entornos, escolares, laborales y familiares, problemas relacionados con la salud mental, la influencia de las redes y medios de comunicación.

Alba Lucía Reyes ha intentado seguir adelante a pesar de lo difícil que puede ser continuar. Creo una fundación que lleva el nombre de su hijo y se ha convertido en un símbolo de la defensa de los derechos de los jóvenes acosados por su condición sexual. El espíritu de Sergio Urrego, al menos por esta causa, sigue vivo.

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