Duque sin Trump

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


En la actualidad, la probidad de quienes ejercen la diplomacia está fundada en su preparación y agudeza para aplicar las relaciones internacionales a la luz de los principios del presente. Es decir, los funcionarios con cargos diplomáticos –que no lo son de carrera- han de saber discriminar entre los temas dominantes del pasado (digamos, las relaciones basadas en la división política y en el solo hecho económico) y los temas del presente (digamos, los basados en los derechos humanos y el medio ambiente); y han de mirar hacia los intereses universales ligados a la protección de la especie, más que a la aldea geopolítica, anclada a los lineamientos ideológicos de los países vecinos o de sus socios comerciales.


En el contexto de la reciente campaña por la presidencia de los Estados Unidos, fue muy evidente el desconocimiento que tienen, de esos principios de la actualidad, los diplomáticos de Duque en Washington. No otra cosa puede concluirse luego de la expresa preferencia, precisamente, por el candidato de las formas del pasado, por quien en su gobierno descontó las preocupaciones acerca del medio ambiente y vio en la defensa de los derechos humanos un atentado a la propiedad privada.

La avanzada diplomática de Duque en Washington, se equivocó, por ejemplo, con respecto al principio de los derechos humanos, al aferrarse al trumpismo -que ya no a Trump- cuyos principios cívicos y morales provienen de la primera mitad del siglo diecinueve y del movimiento supremacista cuyos miembros, igual a los nazis, creían ser de una raza superior, caracterizada por el desprecio a quienes ellos, y solo ellos, consideraban por debajo de su nivel social y/o racial, especialmente a negros y ahora también a migrantes.


Se equivocaron con el principio de la protección al medio ambiente, por el mismo trumpismo, si consideramos que su líder natural niega el cambio climático; aunque Duque no se queda atrás, porque si en algo ha insistido con ahínco en su presidencia, es en la legitimación del fracking para la explotación minera. Un método dañino de la naturaleza y de la vida, por cuanto sus consecuencias son la sequía y la acumulación de gases tóxicos.


Se equivocaron con respecto al principio de la libre determinación de los pueblos (el derecho que tiene una población a escoger libremente sus gobernantes y su forma de gobierno) cuando de manera manifiesta, el mismo embajador de Colombia ante los Estados Unidos, estuvo acompañando actos políticos trumpistas en Miami, que empezaron a usar calumnias de creatividad y producción exclusivamente colombianas, como el castrochavismo.


Y finalmente, para cerrar con broche de oro, el gobierno de Duque cometió una última equivocación, bastante ingenua: en vez de acompañar las propuestas de Biden, que tienen que ver directamente con nuestro país, ha hecho eco de uno de los últimos errores de Donald Trump: acusar de terrorista al gobierno cubano, en un tiempo en que el mundo entero sabe quiénes son los terroristas y quiénes los responsables de las muertes e inequidades del planeta; y máxime cuando los colombianos les debemos tanto a Cuba por su incondicional ayuda a la paz.


Por todo lo anterior, es muy difícil disimular que Colombia ya no mantiene el tradicional compromiso diplomático de las relaciones bipartidistas con los Estados Unidos, y para cambiar esa incómoda posición, Duque tendría que dar la vuelta del gato y caer de pie. Son muchos los colombianos que ven mal –y burlescamente- que Biden no lo haya invitado a la posesión (así no tuviera porqué hacerlo) o que no le hubiera respondido al teléfono (que sí debía hacerlo).


Y aunque es verdad que en la tradición de la toma de posesión de los presidentes norteamericanos, no es de rigor invitar a otros jefes de estado, y por el contrario lo usual es invitar a las delegaciones diplomáticas; también es verdad que los presidentes elegidos reciben numerosas llamadas de felicitaciones. Llamadas realizadas por homólogos del mundo entero y, especialmente, por aquellos presidentes que representan a estados con los cuales los Estados Unidos guardan alianzas económicas y de seguridad, como es el caso de Colombia, su principal aliado en América del Sur.


Por eso ha llamado la atención que Biden no le hubiera contestado el teléfono a Duque -si es verdad que Duque lo estuvo llamando- como si lo hizo cuando lo llamaron, entre otros, los presidentes de México, Argentina, Chile y Costa Rica, que exceptuando a México, mantienen con los Estados Unidos una dinámica comercial y estratégica menor que la nuestra. No obstante, tal displicencia no es conveniente agigantarla; porque ello haría notorio un ambiente de rarezas y desconfianzas, entre quienes deberán trabajar conjuntamente y tendrán que seguir haciéndolo, en proyectos muy serios como el control al narcotráfico y el respaldo a la paz.


Con todo, parece muy claro que las relaciones con los Estados Unidos, a partir de la posesión de Biden, no van a ser cómodas, y no por causa de la burda diplomacia de este gobierno, que ha puesto en riesgo la tradición de unas relaciones bipartidistas, sino por las netas contradicciones entre un gobierno realmente demócrata y otro que aparenta serlo.