Cuba: otro desacierto de una derecha hostil y regresiva

Por: Guillermo Segovia Mora. Columnista Pares.

Muchas cosas hacen que Cuba esté en nuestros sentimientos y placeres. Sin distingo gozamos de su literatura (Lezama, Carpentier, Cabrera Infante, entre tantos, y ahora Padura y su estremecedora novela del desahucio “Como polvo en el viento”), su música diversa, encantadora, vital (del Septeto Habanero y Matamoros, de Silvio y Pablo, de Revé y Van Van, de Buena Vista y Afro Cuban All Stars y la actual fascinación de Akokán), su turismo mágico en la embrujadora Habana y en todos los rincones de esa pedazo de tierra emergida del Caribe como un gran caimán.


La amabilidad, sabrosura y temple de los cubanos y su revolución que, quiérase o no, fue un revolcón para una Latinoamérica y un Caribe gobernado por la injusticia y así como desató una férrea agresión liderada por Estados Unidos, también obligó a promover aperturas y reformas que habrían tardado años. La solidaridad que desde sus carencias ha ofrecido a pueblos en dificultades Por todo eso, la vuelta al pasado de aspereza y la ingratitud por parte del gobierno colombiano concita rechazo.


Las relaciones de Colombia y Cuba son históricas. La lucha por la Independencia de España liderada por Simón Bolívar contó con activa simpatía de círculos solidarios en la isla y para El Libertador la expedición de apoyo a la emancipación cubana y puertorriqueña fue un propósito inconcluso. La gesta de Maceo y Martí contó con la solidaridad del liberalismo colombiano y un caucano, el general Avelino Rosas, ofrendó la vida en ese empeño.


Tras el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro en 1959, el gobierno liberal pro estadounidense de Alberto Lleras se plegó al mandato de Washington de aislar a Cuba una vez esta optó por el socialismo, decantando su proceso interno y como respuesta a las presiones estadounidenses –pretensiones derrotadas con el abatido intento de invasión mercenaria en Bahía Cochinos en 1961.


La Revolución Cubana se convirtió en referente para las luchas sociales del continente y algunas organizaciones políticas de izquierda optaron por la vía armada para buscar acceder al poder en un escenario de dictaduras y oligarquías insaciables acosta de pueblos paupérrimos. Bien como estrategia para disipar la presión en su contra o como resultado del convencimiento de su dirigencia (los Castro y “Che” Guevara) de su papel de vanguardia, La Habana ofreció respaldo político y práctico a los intentos insurgentes.


En el caso colombiano, miembros del disidente Movimiento Revolucionario Liberal y estudiantes que crearían el Ejército de Liberación Nacional fueron apoyados en el propósito beligerante, lo que tensó aún más las relaciones entre los dos países, en bandos opuestos en la “guerra fría”. En la novela “Las reglas del fuego”, Lisandro Duque recrea muchos pasajes de esa historia. A finales de los años 60, secuestrar aviones para desviarlos a la isla fue prueba de heroísmo y provocación.


En una demostración de apertura política, en 1974, el exdirigente del MRL, Alfonso López Michelsen, como presidente, restableció las relaciones diplomáticas, situación que revirtió el gobierno siguiente de Julio César Turbay, también del Partido Liberal, fiel servidor de la Casa Blanca y ejecutor de la “Doctrina de Seguridad Nacional”, cuya hostilidad hacia Cuba fue manifiesta en el alineamiento con EE.UU. en el objetivo de aplastar la isla insumisa.


Se desconoce si como reacción a la enemistad de Turbay o en un error inducido por los equívocos análisis estratégicos de la dirigencia del Movimiento 19 de Abril, o la combinación de factores, en Cuba se dio entrenamiento a contingentes guerrilleros, descubiertos y neutralizados en su internamiento al país. Con apoyo cubano había triunfado en Nicaragua el FSLN en 1979 y crecido la guerrilla salvadoreña, Así se sirvió así en bandeja el motivo para un estruendoso rompimiento.


En un ambiente de reformas y diálogos con las distintas agrupaciones insurgentes y el progresivo derrumbe del socialismo soviético, el liberal César Gaviria volvió a abrir embajada en La Habana en 1991, sin condicionamientos, mantuvo relaciones fluidas y se recuerda su caminata por las playas cartageneras con Fidel Castro, cercanía que fue de utilidad para impulsar acuerdos con varios grupos y para que el enigmático JEGA dejara en libertad al hermano del presidente secuestrado, cuando se presagiaba lo peor.


En la oleada democratizadora de finales de siglo XX en América Latina, el líder cubano apreció las posibilidades de que fuerzas progresistas pudieran hacerse al gobierno por la vía electoral –la única experiencia fue sepultada en sangre por el golpe de estado contra Salvador Allende en Chile en 1973- y en un pronunciamiento enfático desestimó el camino de las armas, sin renunciar a la solidaridad con el movimiento revolucionario. A la vez, esa actitud abrió un espacio de colaboración en Latinoamérica cuando la isla comenzó a sentir los rigores de la implosión del campo socialista en su economía.


El conservador Andrés Pastrana, en la pretensión por sellar un acuerdo con las Farc, buscó el respaldo político de Castro, fue recibido con honores de jefe de Estado y amigo en visita oficial. En conferencia en la Universidad de La Habana elogió los logros sociales del país anfitrión y saludó la amistad de los dos pueblos. El dirigente cubano se distanció del manejo táctico que esa guerrilla le dio a las negociaciones y que conducirían a su fracaso. Lo documentó en el libro “La Paz de Colombia”.


Así se niegue ahora, la decisión de Álvaro Uribe de priorizar la derrota militar de la insurgencia como parte de su política de “seguridad democrática”, no cerró la opción de diálogos de paz, mantuvo los nexos con la dirigencia cubana, solicitó su apoyo y acogida a acercamientos con el ELN. Brindó con Fidel Castro y elogió al líder cubano, quien recordaba llamadas en la madrugada del presidente colombiano para inquirir su opinión en diversos asuntos.


En el gobierno de Juan Manuel Santos, la isla se convirtió, por consenso de las partes, en sede ideal para las negociaciones con las Farc, dadas las posibilidades de confidencialidad, el significado y la confianza de Cuba para la guerrilla y la experiencia de ese país en los asuntos diplomáticos. Sin duda, fue importante en el éxito de los diálogos y el arreglo en gratitud denominado “Acuerdo de La Habana”. Por el lado del ELN el intento quedó trunco, no obstante la voluntad de cooperación del país anfitrión.


Sin embargo, la radicalización derechista de sectores del Centro Democrático, liderados por Uribe Vélez, halló en el supuesto de una imposición “castrochavista” y “amenaza socialista” la manera de intentar demeritar el acuerdo con las Farc y a sus adversarios políticos y la izquierda, tratando de cerrarles la posibilidad de llegar al gobierno. Ni en el programa de la Colombia Humana que disputó la presidencia con la candidatura de Petro, ni en los de partidos y movimientos de izquierda, incluidas las desmovilizadas Farc, aparecen como objetivos los de un régimen de propiedad estatal de medios de producción y partido único.


Un atentado sangriento del ELN, a comienzos del gobierno Duque, le sirvió de excusa para intentar poner en aprietos a la isla con la solicitud de que le sean entregados mandos de esa agrupación cobijados por la protección de protocolos, salvaguardias y salvoconductos convenidos con la administración anterior, de consuno con la experiencia internacional y obligantes para el Estado. Y en esa artimaña se ha mantenido.


El Centro Democrático y el gobierno Duque, a la cola de la regresión de las relaciones EE.UU.-Cuba impuestas por el estrambótico gobierno Trump, buscando un rédito militar presionó la inapropiada petición de que los negociadores del ELN sean extraditados, en conocimiento de que La Habana, por honor y fidelidad con lo acordado no accedería, buscando una justificación para una eventual ruptura que traería aplausos de la ultraderecha internacional.


En ese propósito incidieron para que, de salida, Trump metiera sin asidero a Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo que sumada al endurecimiento del bloqueo estadounidense convergen en un agravamiento de la situación socioeconómica, afectada ahora por el hundimiento de la economía venezolana, que había servido como soporte en la provisión de combustible y acuerdos económicos ventajosos.


Obnubilados con la posibilidad de un segundo mandato de Trump, desde el gobierno, la Fiscalía y el CD, fabricaron un embuchado “informe confidencial” sobre un supuesto espionaje e injerencia cubana en el país, filtrado a la revista Semana, ahora vocera de esos intereses, para dar munición a la agresión gringa y justificar el rompimiento con Cuba, de manera tardía pues salió a la luz cuando el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, retoma el rumbo iniciado por Barak Obama que llevó al restablecimiento de relaciones con La Habana tras medio siglo de enfrentamientos.


Corresponde a los organismos de seguridad y al gobierno demostrar que los grupos de solidaridad con Cuba van más allá de las colectas de apoyo ante desastres naturales, el tradicional almuerzo de puerco con gallopinto y ron Habana de los primeros de mayo y la celebración del natalicio y conmemoración de la muerte de Martí y Fidel.


Que las charlas de la embajada sobre la realidad del socialismo cubano, la unificación de la moneda y la ampliación de posibilidades a ofertas de servicios privados y otras medidas recientes son adoctrinamiento. Y si más de un millar de cubanos que se desempeñan como médicos, restauranteros, músicos y entrenadores deportivos andan en una conjura aparte de hacerse la vida.

Al parecer ese intento de venganza ideológica le salió mal a la derecha. Es un acto inamistoso, desleal en la interpretación y cumplimiento de mecanismos de actuación acordados que demandan seriedad de los Estados y torpe en la visión diplomática y geopolítica. Estados Unidos retorna a la política de relaciones entre naciones de signo político diverso, sin renunciar a presionar por cambios en la isla desde su postura, lo que puede también puede llamarse injerencia, pero no a los cañonazos.


El gobierno Duque se quedó sin a quien reportarle el mandado y otra vez haciendo de Caín. Ojalá, dado el nuevo contexto, recapacite, aproveche el respaldo cubano y reinicie negociaciones con el ELN. No sería de poca monta que una organización inspirada en la revolución cubana, con auspicio de ella lograra un acuerdo que alivie un poco más la violencia y de paso otorgue un mayor nivel de legitimidad a la democracia colombiana. A pesar de la ingratitud Cuba sigue dispuesta