Calidad de la educación y pobreza en los hogares

Por: Germán Valencia

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia


Desde 2016, el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (ICFES), muestra cómo los resultados en las Pruebas Saber 11 presentan una caída constante. De un puntaje inicial promedio nacional de 264 sobre 500, en la última evaluación (en 2021) cayó a 250 puntos (ver gráfico). Lo que significa que los bachilleres colombianos salen cada año con menores competencias para pensar, comunicarse y convivir; con menos conocimientos en matemáticas, comprensión lectora y ciencias básicas, entre otros saberes.

Fuente: Icfes, elaborado por https://diariocriterio.com/pruebas-saber-11-y-las-brechas-en-la-educacion/

Esta caída en los aprendizajes de los bachilleres se ha leído como un daño en la calidad de la educación; como un  deterioro en los aprendizajes socialmente deseados para los jóvenes que finalizan la educación secundaria. Deterioro que incide negativamente en todo el sistema social, tanto en el desempeño que tendrán como estudiantes en la formación del nivel superior –para los afortunados que continúan en la educación terciaria–, como para los que ingresan de inmediato a trabajar en el mercado laboral.

Dado que la educación está en la lista de los bienes preferentes o meritorios, es decir, entre aquellos bienes y servicios que son valorados positivamente por la sociedad, pues, además de beneficiar a quien se le entrega el bien o lo consume, también tiene efectos positivos en otros actores sociales como los familiares, amigos, vecinos y colegas, la sociedad le ha puesto históricamente un especial interés a todos los componentes que se relacionan con ella, desde temas de cobertura y equidad, hasta asuntos de financiamiento y calidad.

En las últimas décadas, debido al mal desempeño de los estudiantes en las diversas pruebas que se les realizan –Timms, Saber, Saber Pro–, la calidad se ha convertido en uno de los asuntos más importantes en la agenda de política educativa. Académico, hacedores de política y personal administrativo se preguntan por los factores que inciden en los negativos y preocupantes resultados que periódicamente se presentan.

La mayoría de estudios sobre calidad de la educación se han centrado en asignarle una gran responsabilidad a los docentes y personal administrativo. De allí que les exijan a los docentes: mayor formación profesional, más experiencia educativa y mejores resultados en la evaluación periódica; y a los colegios, mejores dotaciones en laboratorios, zonas de estudio y deporte, y contar con una estructura administrativa adecuada –rector, consejo de padres, personero, etc.–. Además, mejorar otros componentes como las metodologías de enseñanza y los contenidos curriculares.

Sin embargo, los estudios más recientes sobre eficacia escolar, que consideran el conjunto de aspectos que inciden en el buen desempeño de los estudiantes,vienen insistiendo en la importancia de poner la mirada en otros factores tradicionales pero abandonados de la educación, como las condiciones cognitivas, afectivas y nutricional de los estudiantes, así como las características socioeconómicas de los miembros de las familias y las dotaciones de los hogares. Advierten que, aunque se cuente con docentes bien preparados, personal administrativo idóneo y colegios bien dotados, los resultados en la educación pueden ser deficientes.

Esa mirada holística insiste en que las condiciones en las que viven los estudiantes determinan el rendimiento escolar. Apunta que sería muy conveniente tener padres de familia educados, condiciones socioeconómicas del hogar favorables, buen trato en la casa y un entorno barrial pacífico. Resaltan lo problemático que resulta para el buen rendimiento que un estudiante reciba clases o haga tareas con lazos afectivos deteriorados, en un entorno familiar con peleas constantes, maltrato y violencia recurrente.

Insisten en que los resultados escolares son deficientes cuando los educandos viven en hogares donde los recursos económicos no son suficientes para tener la alimentación necesaria para el desarrollo cognitivo y físico. En breve, que las carencias de afectos, en alimentos y de salud mental impacta mucho el desempeño de los estudiantes. Y que, en muchos casos, estos factores resultan más importantes que los tradicionales –de docente e institución educativa– en la calidad.

Propuestas de análisis que nos llevan, necesariamente, a pensar, primero, en las consecuencias que ha tenido y tendrá la pandemia por Covid-19 en la reducción de la calidad de la educación. Pues esta situación desnudó la precaria situación en las que viven millones de estudiantes en sus hogares, siendo el no acceso a la educación por vía remota –no tener conectividad– un indicador de la situación. Al igual que el alarmante incremento de denuncias por violencia intrafamiliar.

Por otra parte, se insta a pensar en la lógica que viene imponiéndose en el país frente al comportamiento de la pobreza, pues son innumerables los estudios que evidencian cómo el país está viviendo un incremento de la pobreza monetaria extrema generalizada; y con ella, el empoderamiento del hambre como plaga, que pone al país en la mira de los estados con riesgo de hambre aguda, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

De allí que sea conveniente recordarles a las autoridades nacionales, departamentales y municipales estudiar con mayor detenimiento los factores que inciden en la calidad educativa. Es necesario reconocer la importancia de las características familiares y sociales de los estudiantes en el rendimiento escolar. Y en ese sentido, elaborar políticas públicas multisectoriales, encaminadas a mejorar las condiciones de vida de las familias como estrategia para impactar positivamente la calidad educativa.

No basta con pensar todo en términos de volver al colegio y allí exigirle a profesores y personal administrativo que diseñen estrategias para aumentar el rendimiento escolar. Es urgente en el país pensar en el diseño o fortalecimiento de programas y acciones públicas encaminadas a acompañar a las familias en temas económicos y psico-afectivos. Continuar con los apoyos monetarios para los tiquetes estudiantiles –para la movilidad de los jóvenes desde sus viviendas a lugares de estudio–, con comidas o vasos de leche en los restaurantes escolares –para entregar un complemento alimentario– y con diagnósticos y mejoramientos en salud mental de los jóvenes.

Pensar solo en evaluar periódicamente a las instituciones educativas y a los profesores, en solicitar revisiones,cambios permanentes en los currículos y en dotar cada vez con mayores tecnologías a los colegios, es un error. Con ello se estaría ignorando las recomendaciones que hacen los estudios sobre eficacia escolar de ponerle cuidado al primer y más importante eslabón de la cadena de la educación: la pobreza en los hogares, y en este entorno las condiciones cognitivas, afectivas y nutricionales de los estudiantes.