Iván Cepeda, un hombre demasiado puro para ser presidente

Fue un lunes festivo después de elecciones que me encontré con Iván Cepeda en su casa. Nos citamos a las 11 a.m. Lo que me llamó la atención fue que a veinte metros de la entrada de su edificio está ubicada la sede principal de la campaña de Abelardo de la Espriella. Justo cuando me bajaba del taxi vi que, de una camioneta, salía el pastor Oswaldo Ortiz, uno de los más cercanos influencers del Tigre. En esa casa esquinera, de muros cuidadosamente cercados con alambres de púas electrificados, algo parecido a lo que será la nueva Colombia, se realizaba una reunión para definir quiénes serían los ministros, toda la burocracia que tendrá la responsabilidad de hacer realidad la promesa de una Patria Milagro.

Toqué el timbre y salió Pilar Rueda, con el pelo recogido y la cara lavada, con una agilidad de venada y un brillo en su mirada. Le conté que los vecinos estaban reunidos. “Tocará no salir hoy”, murmuró mientras me señalaba el pasillo y al fondo la puerta. La escena se ha repetido varias veces en mi vida. Primero la gran bulla de dos perras negras de pelo frondoso e impulsivas, que ladran hasta que te huelen y luego el silencio absoluto. Iván detrás de un vidrio, revisando su celular, en el patio del amplio apartamento, sale y me da la mano. Nos sentamos. El fin de semana que está pasando no hubo tregua, como tantos otros fines de semana para él. Desde el sábado estuvo en Chocó, donde incluso vio el partido de Colombia contra Portugal. Con la inocencia de un niño, me mostró las fotos de su celular. Se veía sonriente, al lado de la gente. Con la misión de consolidar el liderazgo de la oposición, Iván Cepeda ha emprendido una gira por los territorios donde su votación fue más fuerte. Los 12.500.000 votos que consolidan al progresismo como una fuerza equivalente a los Defensores de la Patria, deben cuidarse.

Pilar nos sirve un café. Es increíble que sea Pilar Rueda, la gran feminista, responsable de llevar a la mesa de negociación de La Habana que sostuvieron los gobiernos de Juan Manuel Santos y el secretariado de las FARC, uno de los soportes que ha tenido la JEP en su encomiable labor de emitir un juicio histórico sobre el conflicto colombiano. Con Iván no puedo evadir la pregunta, “¿Qué pasó en la campaña? ¿Por qué la derrota?”. Iván deja de mirarme, pone los codos sobre sus muslos y se agarra la cabeza. “Porque no soy un producto, no soy una marca que deba venderse, no concibo así la política”. Luego me habla sobre la deshumanización del neoliberalismo y observo su apartamento. Cepeda es senador desde hace 16 años y, sin embargo, no existe ningún vestigio de opulencia. Amante de los libros, su biblioteca está sostenida en cuatro muebles normales, demasiado parecidos a los que se pueden conseguir en Ikea o Homecenter. Tiene un equipo de sonido noventero, rodeado por discos de Serrat y de salsa. Le quería preguntar por la música, tiene fama de ser salsero, de haber sido un gozador de la vida, de un humor negro implacable -Steven Dudley me lo confirmó- pero no, Iván Cepeda está en otro modo.

Tenía los ojos grandes, abiertos, como si estuviera atento a todo lo que sucediera, su serenidad se había disipado al menos por mi entrevista. Semanas atrás había realizado una serie de críticas a su campaña después de los resultados de la primera vuelta. Cepeda, como buen capitán, asumió todas las culpas. Hubo una reacción durante la segunda vuelta y la brecha, que había sido de 700.000 votos en primera, se redujo a 250.000 en la última, un margen que llevó al presidente Petro a desconocer los resultados. En los primeros minutos, después de asumir los resultados, Cepeda se montó en ese barco, pero después se bajó y emprendió el camino con el que tiene que respaldar a sus votantes: hacer oposición.

En Cepeda no hay odio ni rencor. Alguna vez le dejó tendida la mano a Salvatore Mancuso, pero ahora es capaz de apretarla. Lo mismo haría con Abelardo, siempre y cuando cumpla con lo que prometió: gobernar para todos los colombianos. A Cepeda le preocupa lo que después Cecilia Orozco le pondría nombre en su columna Beto Coral, el primer preso político de Abelardo de la Espriella. Cuando tocamos el tema, Iván Cepeda deja en claro que, detrás de esta detención abusiva, está la mano del presidente electo, quien no tolerará la crítica. Sí, en Colombia han existido gobiernos represivos, claro que él lo sabe. A los 3 años huyó con su familia a Praga porque su papá, Manuel Cepeda Vargas, criticó la acción del gobierno conservador de Guillermo Valencia bombardeando Marquetalia, lugar donde se habían ubicado cincuenta familias guerrilleras que habían pactado la paz con el general Rojas Pinilla. Luego de la errancia en los países de la cortina de hierro, los Cepeda regresaron a Colombia y, en agosto de 1994, mientras era senador, a su papá, en una alianza con militares, paras y políticos de extrema derecha, lo asesinaron. Así que Iván, claro que sabe sobre persecución, sobre represión. “Pero -como me dice Cepeda- nunca había pasado que un gobierno represivo en Colombia coincidiera con el nivel de ferocidad que se respira en la Casa Blanca. La injerencia de Estados Unidos será absoluta. Y lo peor es que el señor presidente es ciudadano norteamericano”. En otras entrevistas le escuché a Cepeda afirmar que a De la Espriella le preocupaba más “la visa que la cédula”.

El líder de la oposición saldrá del nicho bogotano y se irá a las regiones donde es querido y necesitado. Una de las falencias de la campaña, al menos las que hice públicas, fue precisamente esa, la de no romper el nicho de Chapinero, el Park Way, La Macarena, los lugares de clase media donde los bogotanos han sido, en su mayoría, progresistas. Por el temple de Iván es difícil que reconozca públicamente un error, pero, parafraseando a un gran compositor mexicano “lo que se ve no se pregunta”. Pasé una hora con Iván, lo volví a sentir cercano, afectuoso, como si el peso de la presión se hubiera ido, como si ya no tuviera esa necesidad absurda de la política contemporánea de estar mirando el celular para ver qué nueva calumnia han hecho sus rivales a punta de IA. No, este fue un Iván distendido, muy comprometido con la causa, decidido a defender a los que votaron por él, dispuesto a llamar a la desobediencia civil pacífica las veces que sean necesarias. Un hombre demasiado puro para ser presidente en un país donde el odio lleva rezumando desde hace décadas.

Le di un abrazo, lo noté vigoroso, saludable. Le pregunté si estaba viendo una serie, si había visto una película, sonrió casi que con tristeza: “Manito, no puedo, mucho trabajo. De vez en cuando me veo un partido del mundial” y prometió que vería Brasil-Japón que se jugaría ese día. Iván Cepeda me lleva veinte años y es mucho más ágil que yo. Pilar salió a abrirme la puerta. Era lunes festivo, no había portero. Noté que miró a su izquierda y vio la fiesta de los abelardistas. Me despedí y me vi solo en la calle. Esa mañana no había nadie frente al edificio de Iván Cepeda. Nadie lo cuidaba, nadie. Un hombre amenazado a merced de sus enemigos. En campaña vivió momentos de acoso por culpa de ellos. No llamó a medios, no se puso “histérico” como afirman los que dicen que la izquierda “sobredimensiona” los peligros de vivir en un país donde exterminaron a cinco mil miembros de un partido de izquierda. Iba a pedir un taxi y decidí caminar. Entonces, empezó a llover.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.