Es un lugar común achacarle a la falta de educación la violencia que azota a Colombia desde la década del cuarenta. La nación más cultivada del mundo en 1933 era Alemania. Llevaban 150 años marcando el pensamiento de Occidente. Desde Kant hasta Nietzsche, pasando por Schopenhauer o el mismo Heidegger. La filosofía moderna es alemana. Norbert Elías, en su ensayo, Los alemanes, afirma que existieron siempre, en lo más profundo de sus corazones, un ánima enferma de poder y expansión, de antisemitismo y egoísmo. Se necesitaba una pequeña chispa para que explotara y esta no fue mínima, fue la Gran Guerra. Después del tratado de Versalles, donde Francia dejó en los huesos a Alemania, se empezaron a buscar culpables. Los nazis, que nacieron en cervecerías de Munich y que tuvieron, en sus comienzos, a artistas frustrados como su cabeza más visible, Adolf Hitler, deslizaron la teoría de la “puñalada por la espalda”.
Un mito de conspiración impulsado por militares alemanes tras la Primera Guerra Mundial. Culpaba a políticos, socialistas y judíos de la derrota, argumentando que el ejército era invencible y fue traicionado en el frente interno. Este mito fue clave para rechazar el Tratado de Versalles de 1919 y allanó el camino para el ascenso del nazismo. En ese tratado Alemania perdió el 30 % de su territorio, además de quedar completamente devastado su ejército. El marco alemán se redujo a su mínima proporción. El historiador Eric Hobsbawn afirma que su abuelo sacó, en 1920, la totalidad de sus ahorros de vida y con ellos “se compró una cerveza y una salchicha”.
Aunque intentaron hacer un golpe de Estado desde Munich en 1922, cuando fue detenido el cabo Adolf, en Alemania quedó instalado un sentimiento de desazón que ni siquiera fue tapado por la falsa prosperidad que se vivió durante los años veinte. Por cierto, la novela más vendida en esos años locos se llamó Bruder y cuenta el desenfreno orgiástico y cocainómano que se vivió en la Berlín de los años veinte, algo que también está en la novela de Aldred Doblin, Berlin Alexanderplatz. En 1928, después de la caída de la bolsa de Nueva York, la burbuja alemana explota y queda en evidencia la devastación económica que significó el tratado de Versalles. En esa crisis aparecieron los nazis.
Dotado de un sentido de la oportunidad único y de un verbo encendido, Adolf Hitler salió de la cárcel con el aura de haber sido un mártir y, también, con un libro mediocremente escrito en el que contaba las afugias que vivió en la Viena de antes de la guerra. En Mi lucha está clara la intención de achacarle a los judíos la frustración de no haber sido un artista. Contra todo pronóstico, este cabito de poca monta se convirtió en el hombre más poderoso de Alemania. No se le conocía esposa porque afirmaba que él estaba casado con “Alemania”. Eso sí, era muy cercano a su sobrina, quien extrañamente se suicidó en 1934.
Hitler llegó al poder prometiendo una reivindicación para Alemania. Los germanos fueron uno de los pocos pueblos que resistió al Imperio romano. Los germanos eran anglos y sajones, y ambos llegaron a la isla de Britania y fueron conquistando toda la Europa central y del norte. Esa era la obsesión hitleriana con su Reich, volver a convertir a Europa en un protectorado germano. Debajo se escondía su odio racial, su xenofobia, su desprecio a la diferencia. Era un autoritario que ganó, también, por la prepotencia de sus enemigos directos, los comunistas, los socialcristianos, la Iglesia, que siempre lo subestimaron. Los colores rojos, las películas que hizo su cineasta de cabecera, Leni Riefensthal, sirvieron para captar a unos votantes que se sentían desamparados y que compraron el cuento de la puñalada trapera.
Lo que iba a venir para Alemania y Europa flotaba en el ambiente. Por eso, Thomas Mann en su Montaña mágica, lo vislumbra, al igual que los pintores, algunos cineastas como Murnau o Fritz Lang. Era solo tener empatía, abrir los sentidos y oler. Es realmente desolador, preocupante, que la historia vuelve a demostrar que, si fuera un ser vivo, sería una serpiente que se muerde la cola.



