Colombia: entre los polos del estoicismo

Por: Guillermo Linero Montes. Columnista Pares.


Luego de repasar en entrevista al doctor en filosofía Massimo Pigliucci1 hablando sobre el estoicismo y su vigencia en el tiempo, me vino a la mente que tal vez a los colombianos nos haga falta un poco, o quizás todo lo que los antiguos filósofos fundadores de dicha escuela de pensamiento (me refiero a Zenón de Citio y a Crisipo, en el siglo III a. C.) consideraban esencial para disfrutar buenamente la vida y hacerlo siguiendo las pautas o el devenir de la naturaleza.


En efecto, la sabiduría era para los estoicos, para sus fundadores y para quienes ampliaron el estoicismo como modelo de aplicación filosófica (primero en el siglo I a.C. con Panecio de Rodas y Posidonio; y después en el siglo I d.C. Séneca y Epícteto) no más que el arte de saber vivir, y para ello apenas había que obedecer a la razón como quien escucha la voz de la naturaleza.


Según estos pensadores, al igual que los planetas –y esto constituye el trasunto del estoicismo- debemos seguir el curso que el azar de la naturaleza nos haya determinado o vaya determinándonos. De su premisa: “dejar que la naturaleza nos hable por intermedio de la razón”, surgiría la percepción equivocada acerca de que los estoicos son desenfadados y dejan que las cosas, negativas o positivas trascurran sin que ellos hagan nada para cambiarlas. Y esto lo concluyen así, siguiendo el estereotipo de que los estoicos al privilegiar la libertad no siguen las reglas y ni siquiera les importan.


Pese a ello, el presupuesto filosófico mayor de los estoicos es la ética, y esta no podría existir sin el denominado sentido de la justicia y sin el deseo o el propósito de alcanzar un orden. No en vano –aunque en el presente entendemos mínimamente cómo funciona el universo conocido- los antiguos veían en el funcionamiento del cosmos la concreción de lo armónico; pues, mientras que las estrellas seguían leyes que las ataban al todo, los planetas, que parecían errantes, eran también partícipes de ese cosmos; algo así como la expresión de las libertades individuales en medio de un todo reglado: las sociedades.

El estoicismo es una filosofía de vida en cuanto posee dos componentes básicos propios de toda idea, religiosa o de pensamiento filosófico: La ética y la metafísica.


La Metafísica, que es el entendimiento de cómo funciona el mundo (si de manera idealista o materialista, si bajo un ideal de izquierda comunista o si uno bajo la extrema derecha nazi, si bajo el capitalismo salvaje o si bajo un modelo de economía solidaria). La ética, por su parte dicta cómo debemos comportarnos en el mundo, o en medio de ese modelo económico político elegido. Por estas razones la metafísica y la ética, en calidad de componentes básicos han de ir de la mano (es decir, debe existir coherencia entre lo que se piensa y cree y aquello que profesamos y hacemos). Los colombianos, que cuando no somos católicos somos cristianos, por ejemplo, desobedecemos a cada tanto los mandamientos o principios de ambas doctrinas, como lo son “no robar y no matar”.


El estoicismo es la manera de orientarnos coherentemente de acuerdo a nuestros principios de vida. Las sociedades que viven en contravía con la coherencia de su filosofía de vida –como Venezuela o Colombia- caen bajo el imperio de la barbarie; y las sociedades que juegan a entrar y salir de esos principios, como la de los Estados Unidos de América, son señaladas de poseer doble moral.


El estoicismo, sin embargo se diferencia de los conceptos de vida de las otras ideologías o religiones corrientes; porque propone, justamente, vivir conforme a la naturaleza; mientras que los otros modelos de vida filosóficos reclaman a sus adeptos vivir conforme a lo establecido en sus estrictos principios y moralidades. Así, los colombianos inclinados hacia el estoicismo negativo, promueven en su doble moral el “No al aborto” como bandera del derecho a la vida y a la vez promueven el “porte de armas” como bandera del derecho a dar muerte.


Si los colombianos reparáramos en lo anterior, diferenciaríamos entre seguir ciegamente preceptos impuestos, que estancan la evolución social (como la explotación minera o el detrimento del salario mínimo) o si mejor le son fieles a la naturaleza, siguiendo las advertencias y sugerencias de la comunidad científica especializada en la conservación del medio ambiente y a la simbiosis hombre-naturaleza, que refiere la inclusión, la protección del medio ambiente, la defensa de los derechos civiles, y la participación ciudadana, entre otros.

El profesor y filósofo Massimo Pigliucci, lo describe muy bien: “Todos los seres vivos intentan vivir conforme a su naturaleza: si eres una planta intentas que te dé el sol, porque es tu naturaleza como planta. Si eres un león te comportas de cierta manera, porque es la naturaleza de un león. De acuerdo con los estoicos la naturaleza de los seres humanos es, fundamentalmente, que somos seres sociales y que tenemos la capacidad de razonar. Somos sociales, es decir, podemos sobrevivir por nuestra cuenta si es necesario; pero solo progresamos en sociedad, y razonamos, aunque no siempre lo hagamos bien”.

De modo que los colombianos, de seguir los preceptos del estoicismo, sabríamos que la vía expedita para mejorar nuestra sociedad es razonar. Razonar para mejorar la vida en comunidad. Para el estoicismo, una vida humana que vale la pena es aquella en la cual usamos la razón, para ayudarnos a nosotros mismos, pero siempre sobre la base de ayudar a los demás; porque para los estoicos no hay sino un solo ser conformado por cada quien y por la sociedad. Por eso las sociedades que realmente progresan, son aquellas donde progresa también cada asociado.


Y pienso en el estoicismo en relación con Colombia, porque precisamente los colombianos no hemos determinado cuál es nuestra filosofía de vida, y en consecuencia nos debatimos sin criterio en medio de dos categorías o conductas: las negativas (que refieren un amplio abanico que va desde la inequidad social hasta la violencia) y las positivas (que implican la paz y la equidad social).


Los colombianos que alimentan lo negativo, tienen como herramienta política la rabia y aunque haya suficientes motivos para despertarla con verdad (como la carga de impuestos o el asesinato de líderes sociales) la usan también desde las fake news, creando angustias y monstruos donde no los hay (Petro guerrillero o el castrochavismo). Quiénes alimentan lo negativo propagan el miedo (inventando por ejemplo que Colombia en manos de un gobierno de izquierda quedaría igual o peor que la Venezuela de Maduro). Quienes alimentan lo negativo propagan el odio, no el de los pueblos cansados de masacres, que sería fundado, sino el infundado contra opositores a quienes no pueden llevar a los estrados judiciales exitosamente.


Los colombianos que alimentan lo positivo, tienen como herramientas políticas la alegría y aunque pareciera no haber suficientes motivos para despertarla con verdad, la convocan con sus modos y maneras (“socialbacanería” le llaman los pacatos). Quiénes alimentan lo positivo propagan el amor (invitando a practicar al menos el ejercicio universal de respetar a los otros, empezando por el respeto a los DDHH). Quienes alimentan lo positivo propagan el sentido de justicia, no permiten los carteles de la toga, y en sus modelos de moral ciudadana no prosperan los jueces cobardes ni los vendidos.


No obstante, y pese a que estas dos ambivalentes categorías importan a los estoicos como objeto de estudio, el estoicismo existe es para alentar las acciones positivas y para espantar las negativas. Y su propuesta de solución a ello, es tan elemental como de Perogrullo: alejarnos de lo negativo y acercarnos a lo positivo.


Igual de elemental es comprender que debemos cancelar aquello cuanto nos impide disfrutar de la vida, por ejemplo, elegir mal a nuestros gobernantes o promover la guerra. En tal sentido, tampoco debemos enfadarnos todo el tiempo, sino buscar remedios como alentar los acuerdos de paz y, lo que resulta muy importante, debemos eliminar los miedos (el miedo a la denuncia o a la delación de…) y no odiar a todo el mundo (a Uribe, por ejemplo, hay que encarcelarlo con argumentos legales y buenos modales y a Petro, de acusarlo de algo, que sea con verdades demostradas plenamente). A la luz del estoicismo todas las conductas negativas nos impiden disfrutar de la vida; de manera que en oposición, sentir amor, alegría y tener un buen sentido de la justicia, mejoraría nuestras vidas.