En las últimas semanas el actual ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, reveló un secreto que lo atormentaba desde hacía 38 años: su hermano, Juan Antonio, había sido fusilado por el ELN y su cuerpo jamás fue encontrado. La razón que dio el grupo fue un señalamiento de infiltración: “Su hermano era cabo del ejército”, le comentaron a quemarropa a Sanguino. A partir de entonces, su desilusión con cualquier tipo de lucha armada fue absoluta, y terminó creyendo en la democracia y en la paz, hasta el punto de que hoy en día es uno de los ministros estrella en este final del gobierno.
Por esta revelación de Sanguino, el tema de los fusilamientos dentro de las organizaciones armadas volvió a estar en el ojo público.
Los fusilamientos en el ELN fueron múltiples y es un tema que se debe estudiar. Pero fue en las FARC donde ocurrió uno de los peores crímenes que recuerden las selvas colombianas.
Ocurrió en Toribío, Cauca, una región que históricamente ha sido acosada por la violencia y que fue protagonista en todo este 2026 de atentados, de las tenazas de la guerra. Los protagonistas fueron Hernando Pizarro Leongómez, hermano del comandante del M-19 y José Fedor Rey Álvarez, mejor conocido como Javier Delgado. En las declaraciones posteriores que se conocieron, pudimos ver sus ojos vidriosos que sugerían alguna alteración de los sentidos. En 1982, las FARC tuvieron una disidencia en uno de sus frentes, se llamó la Ricardo Franco Frente Sur. Por su cercanía con el M-19, Hernando empezó a hacer operaciones conjuntas con ese grupo. Así se tomaron varios municipios del Valle y del Cauca, como Miranda, Florida y Pradera.
La toma a Miranda fue cruenta, hubo mucha resistencia del ejército y según lo que dijo en sus delirios Javier Delgado, esto se debía a que había infiltraciones en las informaciones. Por eso empezó la paranoia. Hay un libro fundamental para entender esto: es la novela de Laura Restrepo, Historia de un entusiasmo, en la que se habla precisamente de las afecciones que empezaron a cubrir a la Ricardo Franco. El grupo no soportaba a Javier Delgado, les parecía grandilocuente, altivo. Algo malo tenía por dentro. Cuando supo de estos rumores procedió a actuar. Mandó a fusilar y después a torturar a los estudiantes universitarios, campesinos e indígenas que recién habían ingresado a esas filas. Fue una purga tremenda, devastadora. La manera como torturaron a esos muchachos no da para una novela, sino para una película de terror. Las autoridades encontraron enterrados vivos a jóvenes a los que les abrieron el pecho para sacarles el corazón. Tres mujeres que ajusticiaron estaban embarazadas. Cuando encontraron los cuerpos se dieron cuenta de que les habían abierto el estómago para sacarles a los fetos. Fueron 164 las víctimas. Los dos comandantes, cuando fueron interpelados por estos hechos, se mantuvieron incólumes con su versión: eran espías, agentes del ejército y la CIA, ellos habían hecho lo correcto.
Es muy probable que el ejército tuviera a un solo infiltrado en esas filas. Nadie sabe por qué actuaron con ese nivel de salvajismo. La paranoia es algo muy poderoso. Un demonio bravo. El 13 de octubre de 1985, por denuncias de la comunidad, fue descubierto el horror. De Javier Delgado y de Hernando Pizarro Leóngómez nunca más se supo nada, desaparecieron por unos años.
El periodista Raúl Beniot alcanzó a llegar al lugar de los hechos e incluso entrevistó a uno de los sobrevivientes. Se llamaba Manuel Manrique y vio en vivo y en directo cómo la locura consumió a Javier Delgado:
Delgado empezó a cambiar. No dormía, se la pasaba caminando de día y de noche, se mantenía aislado. Creo que fumaba mucha marihuana. Hernando, que era hermano de Carlos Pizarro, también metía mucha droga. Él y Miguel, un costeño alto y delgado el hijuepuerca, eran los que más torturaban…
Es increíble, pero por este crimen tan atroz ambos comandantes estuvieron a punto de pasar impunes. En 1994, en Bogotá, fue asesinado Hernando. Algún tiempo después, en 1995, Javier Delgado fue capturado en un operativo contra el Cartel de Cali. En 2002 un comando de las FARC se infiltró en la cárcel de Palmira, se metió en su celda y lo ahorcó.
La masacre de Tacueyó marcó a una generación de guerrilleros y puso sobre la mesa el peligro que se corría en esas filas por culpa de la paranoia llevada al extremo. Había hipótesis que decían que estos dos personajes habían sido dos infiltrados del ejército. Eso es mentira. Las purgas dentro de las guerrillas fueron uno de sus más infaustos capítulos. El único grupo que no hizo esta práctica fue el M-19, esto jamás lo habrían permitido comandantes como Jaime Bateman o el propio Pizarro.
Esto es un hecho que no debe volver a ocurrir, pero tampoco se debe olvidar.



