León Valencia, un lector

Borges estaba obsesionado con los libros. Una vez escribió un cuento que giraba en torno a una biblioteca que contenía todos los conocimientos del mundo. Cuando los libreros morían no los enterraban, sino que los dejaban caer desde las alturas de ese edificio que era un abismo insondable y duraban toda la eternidad cayendo. En eventos como la FILBO, donde los lectores de un país lejano como Colombia podemos acceder a títulos que no se encuentran usualmente en el circuito comercial, podemos aspirar a ver lo que sería una república de libros. Pabellón tras pabellón estamos cerca a contemplar lo que sería una eternidad de libros. A veces me quedo, después del trabajo, hablando con León Valencia sobre libros. Tiene una biblioteca descomunal que inevitablemente se ha quedado corta ante el constante flujo de compra que hace. Así que se va desordenando poco a poco y ya las montañas de libros empiezan a surcar su sala, como los hongos después de la lluvia.

Hace unos años, cuando Harari, uno de sus autores jóvenes favoritos, lanzó Nexus, su gran ensayo sobre IA, se obsesionó sobre la Inteligencia Artificial. Como es un optimista inveterado cree que la interacción constante con las máquinas no va a causar el Armagedón, sino que nos va a convertir en mejores personas.

Los oficios técnicos algún día estarán relegados a las máquinas y nosotros nos ocuparemos de pensar, de reflexionar, de escribir. A pesar de la confianza que tiene en la IA a veces queda muy preocupado cuando descubre que muchos de los artículos que son publicados en el mercado actual del libro, tienen una ayuda superior al 50% de la Inteligencia Artificial. No me lo pregunta, pero al verlo dudar creo que está pensando “¿Esto no es un fraude?” O de pronto pensará en Borges. Borges siempre fue un sofisticado, un adelantado, el bibliotecario por excelencia. Y también fue un incomprendido. Umberto Eco, quien era otro colosal comprador de libros, hizo una novela para desprestigiarlo. El villano de El nombre de la rosa era un celoso guardián de libros de una abadía inglesa del siglo XV, que quería impedir la difusión de un ensayo de Aristóteles, uno de los referentes cristianos, en donde se afirmaba que la diferencia del hombre con los otros animales era la risa. El nombre no podía ser más obvio: Jorge de Burgos.

Solamente por esta ingenuidad hay que desconfiar de Umberto Eco. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta del humor malévolo, sardónico, negro de Borges? ¿Se quedó solo con el cliché que dan las malas lecturas? Es probable que en el juicio de la historia Eco sea condenado con el olvido. Borges se quedó, en cambio, tatuado en los hombres.

Como Borges León Valencia es un lector diverso. A veces se da el gusto de una novela policiaca pero siempre tiene cerca de dos de sus autores favoritos, Kafka y Dostoyevski. Hace poco, sin que él lo supiera, le hice una entrevista y me contó que al novelista ruso lo viene leyendo desde que era un niño en Pueblo Rico Antioquia. Lo leía con sus amigos en la biblioteca municipal. Crimen y Castigo podía ser algo tan duro, que, al leerla en voz alta, podía parecer entrar a un mundo que, de tan oscuro, era prohibido. Y por eso lo gozaron tanto. Además, como ellos, era un católico atormentado por la culpa. No existe mejor placer que el culposo para un creyente. Y de Kafka le impresionan algunas imágenes. El autor de Amérika jamás salió de su Praga y de lo que se conocía como el imperio austrohúngaro, pero se atrevió a escribir sobre Estados Unidos. En la novela referida, que además no alcanzó a completar, describe a la estatua de la libertad no con una antorcha en la mano sino con una espada. A veces los delirios pueden ser más precisos que la verdad.

Por supuesto que su autor de cabecera es Gabriel García Márquez. Ahora quisiera sacar unos días frente al mar para volver a leer Crónica de una muerte anunciada. En los dos últimos años, a raíz de las investigaciones que hizo para encontrar las voces que tiene la más ambiciosa de sus novelas, La vida infausta el negro Apolinar, estudió hasta el cansancio El otoño del patriarca, la más intrincada de las novelas de Gabo. Ahora sólo quiere gozo. Por cierto, no recuerdo haber hablado con él sobre una novela que debe amar, El amor en los tiempos del cólera. Es que cuando él habla sobre Gabo habla precisamente sobre el universo García Marquiano, sobre el conjunto de su obra.

León siempre se compromete a releer las obras que ama, porque uno siempre vuelve a donde fue feliz, pero su curiosidad de niño de 70 años se lo impide y siempre aparece un nuevo autor, complejo o fácil, que lo absorbe. Y además están las actividades académicas, su rigor con ellas, que convirtieron a su fundación en una de las tres más importantes de los últimos 15 años.

Un lector escribe, y no para de escribir y eso es lo que está haciendo León en estos últimos años. Por eso en esta Feria del Libro tiene dos libros para presentar, un ensayo sobre Iván Cepeda y La infausta vida del negro Apolinar. Y ahora se encuentra en plena preproducción de lo que será su nueva novela, una tormentosa historia de amor que ocurrirá en medio de la salvaje hostilidad de la guerra esmeraldera.

Esto apenas empieza.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.