El historiador inglés Eric Hosbawn hablaba de los periodos de larga y corta duración. En ese sentido, los años noventa en Colombia nacen en 1989. Ese año, el país sufrió el peor acoso por parte del terrorismo. Un precandidato liberal asesinado en la plaza central de Soacha, Luis Carlos Galán Sarmiento; la destrucción del edificio del DAS por parte de un bus bomba; la explosión de un avión de Avianca en el aire y la amenaza constante de estar cercados por el terror. Los presidentes Belisario Betancur, Virgilio Barco y César Gaviria tuvieron que capotear el toro. En ese sentido, hicieron todo lo posible por conjurar un problema de proporciones monstruosas. En 1990 fueron asesinados otros dos candidatos a la presidencia. La llegada de César Gaviria, un líder frío y pragmático, significó primero abrir la ventana a una Constitución en 1991, más de un siglo después de la que promulgara Rafael Núñez. Fue ampliamente cuestionado por las condiciones que le ofreció a Pablo Escobar para su rendición. No cayó bien en la opinión pública nacional e internacional que la cárcel de La Catedral tuviera las condiciones de un resort.
En 1992, Escobar escapó y empezó una cacería que solo terminaría sí o sí con la muerte del capo. Esto sucedería el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños. La forma como el Estado decidió combatir a Escobar fue contraproducente y traería algo devastador para la democracia y el país: la creación y fortalecimiento de grupos paramilitares. El grupo que enfrentaría con mayor tenacidad a Escobar serían los PEPES, conformado por paramilitares como los hermanos Castaño, antiguos socios del Cartel de Medellín, e incluso el chofer de Kiko Galeano, otro de los hombres fuertes del Cartel, que terminó siendo asesinado por Escobar. Tal y como lo confesó el coronel Hugo Aguilar ante la JEP, el Bloque de Búsqueda, el cuerpo élite de la policía, creado para darle caza al líder narco, se unió a los paras y, desde ahí, estos se fortalecieron.
Con la excusa de la batalla contrainsurgente, los paras se apoderaron de buena parte del territorio colombiano. Además, sentaron las bases de lo que sería uno de los mayores atentados a la democracia colombiana: la parapolítica. Pero en los noventa ocurriría un hecho que estuvo a punto de erosionar la institucionalidad, esto fue el episodio de la entrada de cerca de cinco mil millones de la época a la campaña presidencial de Ernesto Samper por parte del Cartel de Cali. Luego de la caída de Pablo Escobar, los hermanos Rodríguez Orejuela fueron la fuerza que quedó mandando en Colombia y, por eso, querían poner un presidente que les permitiera quitar la extradición y les impusiera penas más suaves que podrían pagar sin ningún problema en el país. Esto lo haría público Andrés Pastrana horas después de perder las elecciones en segunda vuelta presidencial.
1994 fue un año muy oscuro para el país. Había mucha ilusión con la participación de la selección Colombia en el mundial. El haber derrotado a Argentina 5-0 en Buenos Aires fue determinante para desatar una ola de triunfalismo, respaldada hasta por el rey Pelé. Pero todo terminó en tragedia, no por la temprana eliminación del mundial, sino por el asesinato de Andrés Escobar, defensa de la selección, víctima de la furia de apostadores.
Las masacres paramilitares arreciaron, los paras empezaron a elaborar y a ejecutar listas negras que hacían sus asesores civiles. Hubo cientos de asesinatos, entre ellos los de Jaime Garzón y Jesús Bejarano, este último dentro de la Universidad Nacional.
Fue una década que acabó con el intento del presidente Andrés Pastrana de hacer la paz con las FARC. Las debilidades del proceso fueron cruciales para que terminara de manera abrupta. Así se diluyó una época en donde creímos que todos íbamos a estar mejor. Pero no fue así.



