Antes de jugar la final del mundial de 1938, el plantel italiano recibió un telegrama. Era una sola frase, escueta, poderosa “Vencer o morir”. Eran los años en los que Benito Mussolini les había metido en la cabeza a los italianos regresar al esplendor que alguna vez tuvo el imperio romano. Para eso, la azzurra tenía que ganar sí o sí el mundial. Hay que recordar que ese fue el tercer campeonato orbital, el primero fue en 1950 y lo obtuvo Uruguay, Italia venía en curva ascendente y ya había logrado levantar el trofeo en 1934. Pero el Duce quería más y sería una humillación absoluta perder en su tierra.
Era una situación parecida a la que vivió Hitler dos años atrás. En 1936, Berlín fue la sede de las Olimpiadas, una ocasión insuperable para mostrar el poderío de la raza aria. Pero no todo salió como esperaba. El Fuhrer se tuvo que tragar varios sapos. Uno de ellos fue que en la prueba reina del atletismo, los cien metros planos, tuvieran que darle la medalla de oro a Jessie Owens, orgullosamente afroamericano. Luego de que una selección peruana, conformada íntegramente por negros, le ganara en los cuartos de final a la poderosa selección australiana que tenía una ventaja considerable: el árbitro y la afición.
Italia tenía que ser más grande que Alemania. Muchos de los jugadores de esa selección eran argentinos. La semifinal la tenían difícil. Jugaban contra el mejor equipo del torneo: Brasil, comandado por Leonidas, un aguerrido delantero que llamaba la atención en esa Europa racista por el color negro de su piel. Lesionando a buena parte de los jugadores suramericanos Italia pasó. Luego le ganó a la durísima Hungría.
Cuarenta años después, un mundial volvía a realizarse en un país donde no había democracia. Desde 1976, la junta militar, encabezada por el general Videla, derrocó el régimen constitucional e impuso una de las dictaduras más feroces que se recuerden en Sudamérica. Se necesitaba ganar, como diera lugar, levantar el trofeo. Para eso armó una super selección al mando del “Flaco” Menotti, quien además era socialista y tenía entre otras figuras a Ardiles y a Kempes. El camino fue espinoso. El día que debutó Argentina en ese mundial, contra Hungría, Borges, quien ha sido injustamente calificado como un escritor de derecha, hizo la más sutil y contundente oposición al mundial, el mismo día y a la misma hora del debut de la albiceleste, organizó una conferencia sobre la inmortalidad. Argentina no convenció en primera fase, incluso perdió el último partido de esa ronda, 1-0 contra Italia. Luego debía jugar un cuadrangular y tenía que ganarlo para ir a la final. Por una serie de resultados, era necesario ganarle a la poderosa selección peruana 4-0.
En Buenos Aires no había fe. Por eso resultó muy llamativo el resultado final: 6-0. Después se habló del hombre del maletín, que presuntamente habría comprado a varios jugadores de esa selección. Después, Argentina ganó de manera contundente a Holanda. Siempre habrá sospecha con ese partido. Además, a medida que avanzaba el torneo, se veía el terror, la represión que se esparcía por todo el país. Y aun así la FIFA no hizo nada.



