Señores y señoras congresistas,
Después de mucho pensar qué enfoque darle a esta columna de opinión, entendí que quería hacerlo dirigiéndome directamente a ustedes. Porque en este momento tienen en sus manos avanzar en una discusión que pone en juego la decisión de si Colombia puede seguir construyendo institucionalidad para las poblaciones históricamente excluidas o si, una vez más, se les dice que ahora no es su momento, como por décadas no lo ha sido.
Y sí, claro que hay críticas legítimas al Ministerio de Igualdad y Equidad. Nadie sensato puede negar que hubo errores en el diseño, problemas de ejecución, disputas internas, improvisaciones y cambios en sus liderazgos que afectaron su ejercicio. También es cierto que crear un ministerio desde cero no era una tarea sencilla, pero ese argumento se agotó cuando el tiempo pasó y las dificultades persistían.
Sin embargo, aun con todas esas fallas, creo que hay una pregunta que nos debemos hacer mientras avanza el debate y es ¿quién está realmente detrás de MinIgualdad? Porque no se trata solamente de funcionarios y funcionarias que hoy viven con una incertidumbre por su futuro laboral. Y sí, claro que importa pensar en ellos y ellas. Pero también, detrás de este ministerio están las miles de personas que históricamente quedaron por fuera de un Estado construido desde lógicas centralistas, racistas, clasistas, patriarcales y profundamente excluyentes.
Detrás de MinIgualdad están las mujeres que durante décadas fueron reducidas a estadísticas de violencia sin respuestas estructurales. Están las juventudes excluidas que crecieron viendo cómo la única oferta estatal en sus barrios era la fuerza pública o la muerte. Están las personas LGBTIQ+ que todavía tienen que sobrevivir en territorios donde su existencia diversa sigue siendo un riesgo. Están las comunidades afro e indígenas que llevan generaciones escuchando promesas de inclusión mientras siguen viviendo las peores cifras de pobreza. Están las personas con discapacidad, habitantes de calle, la población migrante, las personas mayores y las familias condenadas a sobrevivir en territorios marginados.
Y eso es precisamente lo que me preocupa del tono con el que algunos sectores están dando esta discusión. Escuchar a la oposición decir que el Ministerio de Igualdad “no sirvió para nada” es irresponsable en un país que sigue siendo uno de los más desiguales del mundo pero que con el actual gobierno se esfuerza en superar esa realidad. Porque incluso con sus limitaciones, este ministerio puso sobre la mesa una discusión institucional que Colombia llevaba décadas aplazando sobre que la desigualdad no puede seguir tratándose como un asunto secundario.
Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales de América Latina y uno de los peores en movilidad social. Aquí el lugar donde se nace sigue definiendo las posibilidades de vivir dignamente. Y quienes venimos de territorios periféricos lo sabemos perfectamente. No es lo mismo nacer en Bogotá que nacer en Buenaventura o en La Guajira. No es lo mismo crecer con acceso a salud, educación y conectividad, que hacerlo en territorios donde el Estado ha llegado de manera fragmentada y tardía. Por eso la existencia de este ministerio debe entenderse como un paso institucional necesario para enfrentar desigualdades estructurales.
Aquí la discusión no debería reducirse a si Gustavo Petro o Francia Márquez se llevan el crédito político de su creación. Ya sabemos que ellos van de salida. Es necesario recordar quién está detrás de Minigualdad. Pues son las poblaciones excluidas las que requieren esta institucionalidad porque seguirán existiendo cuando este gobierno termine y eso obliga a pensar con mayor responsabilidad.
Porque más allá de las cifras de ejecución o de las disputas ideológicas, hay programas y apuestas que sí salvaron vidas concretas. Hay jóvenes que encontraron oportunidades distintas a la violencia, procesos territoriales que empezaron a sentirse escuchados por primera vez, poblaciones que sintieron que por fin existía una entidad pensada específicamente para ellas.
¿Fue suficiente? No.
¿Hubo errores? Muchos.
¿Hay cosas que corregir? Claro que sí.
Este Congreso todavía está a tiempo de dejar una decisión que trascienda las disputas electorales. Está a tiempo de mirar a la cara a millones de personas excluidas y decirles que, independientemente de quién gobierne, el Estado colombiano reconoce que sus vidas importan y que no están solas. Pero, señores y señoras congresistas, no proteger esta entidad puede profundizar la desigualdad. Y quizás eso es lo que más angustia produce en medio de esta discusión, por la facilidad con la que algunos sectores hablan de cerrar el ministerio sin dimensionar el mensaje político que eso envía.
Por eso, con esta carta no busco romantizar las fallas del ministerio ni negar sus enormes desafíos. Lo que busco es pedirles que estén a la altura de la responsabilidad histórica que implica esta discusión.
Con cariño,
Ghina Castrillón Torres.
Posdata: a propósito de esta discusión, les invito a ver el documental colombiano llamado “El Juego de la Vida” que en este momento está en cines, en donde se evidencia claramente cómo el esfuerzo individual es insuficiente para zafarse de las trampas de la pobreza. MinIgualdad es para esas y muchas otras familias.



