Cuando anunciaron en Rusia que el mundial en 2026 se haría en tres países: Estados Unidos, Canadá y México, y que, además, los cupos mundialistas se ampliarían a 48 países, los puristas del fútbol gritamos. Siempre llevaremos en nuestro ADN, así no lo hayamos visto, que el mejor campeonato fue el de 1970, cuando tan solo 16 equipos disputaron el trofeo, llamado en ese momento Jules Rimet. Pelé y sus muchachos lo ganaron goleando a Italia, creando una imagen de fútbol-arte que jamás ha podido ser igualado. A partir de allí el trofeo cambió: Brasil, al ganarlo tres veces, se quedó con él, y entonces llamaron al escultor italiano Silvio Gazzaniga para crear la copa que se entrega hasta hoy en día al ganador. Al frente de la FIFA, desde 1974, estaba un viejo zorro de los negocios, el exdeportista olímpico y nadador Joao Avelange. Priorizando el dinero decidió, en 1982, ampliar el cupo de países a 24. El formato se volvería a cambiar en 1998, cuando los cupos llegaron a 32. Claro que hubo críticas, pero nada comparado con lo que se anunció en 2018, en pleno mundial de Rusia.
El siempre punzante Diego Armando Maradona, enemigo declarado de la FIFA hasta su muerte, vislumbró lo que sucedería: los gringos intentarían implementar sus cuatro tiempos, todo para vender más publicidad. Y efectivamente esto surgió con las famosas pautas de hidratación, algo que no se implementará en las competiciones europeas de clubes.
Así que llegamos a este mundial con todas las dudas. Las sombras del ICE atemorizaron a más de un latinoamericano. Selecciones como la uruguaya vivieron en sus primeros días los rigores del gobierno Trump en materia de políticas migratorias. Ni hablar de lo que le hicieron a Irán, que tuvo que sufrir, además de arbitrariedades, decisiones arbitrales que afectaron su supervivencia en el torneo.
Pero, hay que admitirlo, el mundial ha tenido más momentos brillantes que oscuros. En lo económico ha sido un éxito absoluto para la FIFA: partidos tan improbables como Austria-Jordania tuvieron un estadio a tope, con 60.000 espectadores. En lo futbolístico, al menos hasta la instancia de octavos de final, ha entregado encuentros que se han convertido en clásicos absolutos: Argentina ganando de manera agónica contra Cabo Verde, la sorpresa del torneo, Inglaterra y Croacia matándose a goles, Bélgica remontando de forma espectacular a Senegal y Colombia desgastando a punta de toque a Cristiano Ronaldo y su corte. Al final Colombia saldría derrotado por Suiza
En lo político, la narrativa de Trump se ha mantenido, incluso llegó a lo inadmisible al interferir en la FIFA para que le quitara una tarjeta roja a uno de los jugadores de la selección de Estados Unidos. Interesado en que los periodistas del mundo se lleven la mejor impresión posible de su país, ha sabido guardar sus perros de presa. Eso sí, nadie está a salvo, hay que recordar lo que sucedió con Beto Coral, activista colombiano de izquierda, días antes de comenzar el torneo. Sé que es exagerado, pero, cuando regímenes totalitarios organizaron torneos mundiales, como las olimpiadas de Berlín en 1936, cuando Hitler era el Fuhrer del Reich y la Junta Militar llevó a cabo el mundial de 1978, todo brilló, al menos de dientes para afuera.
No sabemos aún el desgaste físico de los continuos y eternos viajes, pero, hasta el momento, este mundial ha ofrecido espectáculo, buen juego y goles. Estamos anestesiados y ni siquiera nos preocupa la eterna sonrisa del siempre cuestionable Infantino.



