Una noche, el pintor Alejandro Obregón estaba tan borracho que aprovechó el descuido de un circo que acampaba en Barranquilla y se robó una joven elefanta. La leyenda cuenta que con habilidad de hindú dominó a la bestia y la condujo hasta La Cueva, lugar donde hombres inquietos y salvajes realizaban las más delirantes tertulias. Allá llegó destruyendo la entrada del bar. Las huellas de la elefanta aún permanecen allí. La Cueva fue la guarida de uno de los movimientos literarios y artísticos más legendarios del país: el Grupo de Barranquilla. Allí estaba Gabriel García Márquez, el único de los que frecuentaba el lugar que no venía de una familia de alta alcurnia. De resto, era “gente prestante”.
En otra oportunidad hablaremos con holgura de sus integrantes, ahora solo me quiero enfocar en tres de ellos: Gabo, Álvaro Cepeda Samudio y Julio Mario Santo Domingo. El segundo era un hombre nacido en Ciénaga, Magdalena, que, desde niño, sufrió atroces enfermedades. Incluso, cuando tenía 30 años, le diagnosticaron tuberculosis. La tos la apagó con grandes dosis de ron. Su obra máxima fue La casa grande, una novela que abordaba uno de los temas recurrentes en el Grupo de Barranquilla: La masacre de las bananeras.
Pero todo giraba en torno a la literatura, a las novelas norteamericanas que en ese momento explotaban en el mundo. Uno de esos autores era Faulkner, el otro era Hemingway. Cepeda Samudio y Santo Domingo viajaban constantemente a Nueva York y de ahí llegaban con las maletas cargadas de libros. El papá de Santo Domingo había creado una fortuna gracias a la cerveza Águila, empresa de su propiedad, y otras iniciativas como Avianca. Pero, a los 20 años, Julio no quería ser solo un magnate. Buscaba consagrarse como uno de los artistas más importantes del país. Ahí han quedado algunos de sus cuentos como Abrigo de piel, en donde se percibe una técnica rigurosa, a veces vanguardista pero que, a decir verdad, no tenía el fuego creador del que hicieron gala sus dos compinches.
Julio Mario igual siguió sintiendo debilidad por los artistas, no solo por los que parrandeaban sin tregua en La Cueva, sino por los que conoció en sus largas estadías en los Estados Unidos. Uno de ellos era un músico que terminó siendo uno de los puntales del sello Atlantic Records en Estados Unidos, Ahmet Ehregun, quien logró sacar en la década de los sesenta a artistas de la talla de Led Zepellin o los Rolling Stones. Julio Mario, astuto para los negocios, implacable con sus enemigos, famoso por haber matado a escupitazos a una serpiente del Amazonas, estuvo a punto de consolidar una obra literaria firme, de poca recordación, pero que habría tenido algún impacto entre cierta élite literaria más pendiente de la forma que del fuego. No lo hizo y, si lo hubiera hecho, seguro tendría el apoyo de su familia para formar un mito.
Lo que hizo fue consolidar la fortuna familiar, crear un imperio inobjetable que aún, 15 años después de su muerte, perdura.



