La trágica muerte del escritor que contó por primera vez el terror que produce un terremoto

Se llamaba Heinrich von Kleist, tenía 30 años y un futuro enorme. Pertenecía al romanticismo alemán, cuyos escritores creían en las voces de la luna, en bosques encantados, en amantes que regresaban de sus tumbas. Un cuento suyo inauguró un género que aún hoy nos perturba, el de los cuentos de fantasmas. ¿Cómo olvidar la precisión de la Mendiga de Locarno?

Kleist vivió entre 1777 y 1811. A los treinta años, poseído por el espíritu del romanticismo, decidió quitarse la vida. Lo acompañó una mujer, Henriette Vogel. Hay que decir que entre ellos dos no existió una pasión fulgurante. Ella se encontraba muy enferma, tenía cáncer de útero y no quería seguir padeciendo una suma de dolores. Así que ambos se van a una posada a las afueras de Berlín. Se quedan una noche, toman una botella de vino y también ron, y se van en la mañana del 2 de diciembre a tomar el té en lo que la hostelera llamaba la isla de los pavos reales. Todo a los hosteleros les pareció muy raro. ¿Quién quería pasar una mañana de invierno en un lugar tan frío? Entonces escucharon los disparos. Él le había pegado un tiro en el pecho a la señora Vogel y luego se había dado uno en la boca. Ambos estaban muertos.

Empezó así la leyenda de Kleist, un autor poco conocido en Hispanoamérica debido a que se ha demorado mucho la traducción de sus obras. Algunas de ellas, como La marquesa de O, empezaron a ser famosas mundialmente debido a sus adaptaciones al cine, como fue el caso preciso de este cuento a manos del eminente director de cine Eric Rohmer.

Kleist dejó obras de teatro notables como Sobre el teatro de las marionetas, pero hay un cuento que tiene particular vigencia, se trata de El terremoto de Chile. El autor alemán quedó realmente aterrado cuando supo de la dimensión de esta tragedia. Se estima que más de mil personas murieron, lo que constituía el 10 % de la población total. Las construcciones coloniales quedaron arrasadas y lo que vino en los días posteriores fue pillaje y asesinatos. Esto era una constante de hace unos siglos. El horror venía después del cataclismo. Lo que me parece impresionante del cuento de Kleist es la capacidad de mostrarnos cómo se mueve un sismo. La acción es que la tierra se hunde así que, literalmente, no hay asidero dónde esconderse porque los pies quedan en el aire. Esto también aparece en otro relato de un testigo sobreviviente de un terremoto, el del cucuteño Febres-Cordero, quien lo cuenta en su Terremoto de Cúcuta, todo lo que pasó en el cataclismo de 1875 y en donde murieron más de cinco mil personas.

La obra de Kleist se puede conseguir en una edición muy bella del 2008, de la editorial española Atalanta. Vale la pena leerlo.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.