Margarita llega veinte minutos más temprano de lo pactado. Contrario a cualquier lógica, el tráfico ese miércoles en Bogotá está menos difícil de lo normal. Por eso llegó antes. En el momento en el que la veo, las redes tienen de tendencia La Odisea adaptada por Cristopher Nolan. Por eso, el pensamiento que se me vino a la cabeza apenas la vi es que así tendría que lucir Helena de Troya. Margarita es nerviosa, insegura. Tiene varios tics. Ha sido muchas personas y de todas ellas ha salido viva: fue reina, presentadora, actriz, infuencer y hasta fue vital para la creación de un partido político que llegó a ser el más importante del país. Gustavo Bolívar, su amigo, fue quien la convenció de que asistiera a una reunión virtual en pleno estallido social. Era un programa de los Gustavos. Lo hacía junto con el entonces senador Gustavo Petro. En ese momento, Margarita había probado otra de sus cualidades, la de la escritura. El primero que la impulsó a escribir fue Daniel Samper Ospina, en la época en la que era director de Soho. Se cogió confianza. Luego vino una posibilidad de hacerlo cada semana en El Tiempo. Para su columna tuvo dos maestros de excepción, Ricardo Silva Romero y Juan Esteban Constaín.
La columna de Margarita Rosa era una de las pocas razones que se tenía para comprar El Tiempo. Algún día decidió hacer un ejercicio de introspección y escribió una columna llamada Dilema ético. En ella cuestionaba el papel del magnate dueño del periódico por ser un tiburón empresarial. Su postura, valiente y aplaudida, le costó el despido del diario. Ahora Margarita tendría todo su poder en su Twitter. Y la gente le copió y fue una de las voces más escuchadas y persistentes durante el estallido social.
De Petro le atrajo la consecuencia que tuvo a la hora de enfrentar a la parapolítica, enquistada en el congreso durante el primer periodo de Álvaro Uribe Vélez. También lo siguió y conoció durante su Alcaldía de Bogotá y que siguió en carne viva, como todos los colombianos, cuando el entonces procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, uno de los funcionarios más retardatarios que recuerde el país, intentó cruzársele en su administración.
Con Petro y Bolívar pusieron, casi, la piedra fundacional del Pacto Histórico. Con Margarita hablamos cinco años después de estos hechos, unos días antes que se posesionara en la presidencia Gustavo Petro. Su interés era uno solo: pedirle perdón a su hermana Adriana, quien ofició como cónsul de Colombia en Miami y tuvo que soportar la arremetida de las furiosas huestes antipetristas. Además, le hice una entrevista para un canal de televisión en donde ella reconoce que Petro cometió errores, descuidos e indelicadeces, como lo que pasó con las hermanas Guerrero, con Gabriela Muñoz, los casos de Olmedo López y demás escándalos de corrupción. Margarita lanzó una frase maravillosa: “No puedo confiar en un hombre que no sabe gobernarse a sí mismo”.
Con la misma valentía que encaró a la derecha radical afirmó que su tiempo como activista petrista había terminado. Con la cabeza en alto, como Helena esperando a Ulises, salió a la cámara a decir que no se podía confiar en las personas sino en las ideas. Margarita, a sus 60 años, logró lo que pocas han conseguido, haber sido todo, haberse enfrentado a todo y haber salido indemne. Ahora regresará a Holanda donde está su esposo, su familia. Se irá físicamente porque espiritualmente siempre estará en su país.



